Me(n)sura

guy feet solesAyer cumplí catorce.
Estoy muy alto, crecí mucho hace poco.
Y estoy tranquilo, solo, en el jardín de atrás de casa, cómodo y fresco. Nadie me molesta. Camino tranquilo. Descalzo sobre el pasto. La gramilla me cosquillea. Me mido tranquilo. Me tanteo tranquilo. Más cosquillas.
Desde los doce tengo la costumbre de medirme con los pies.
A la hora que el sol les hace arrojar una sombra perfecta a las macetas del jardín, me paro descalzo en el mosaico del patio, lleno de dibujos, observo el punto en donde recae mi sombra, una flor, una hoja, un firulete, y después mido mi sombra, caminando desde donde estaba parado hasta ese punto donde vi recaer mi sombra.
Hoy me sorprendí, mido seis pies y medio.
Además, estoy calzando cuarenta y cinco.
Ayer en mi fiesta de cumpleaños me bromearon con eso. No sé de qué hablaban. Papá se pasó haciendo un montón de comentarios de mí, con esa cara que pone, sonriendo con el ceño medio fruncido, como diciendo «qué macho es mi hijo». Yo ni le contestaba. Cómo me aburrí en esa fiesta, no había ningún amigo, nadie para hablar de lo que quiero.
Por eso, iba a cada rato a la cocina a ayudar. A llevar platos vacíos y volver a llevarlos llenos a la mesa. Trataba de ir lento, mientras me comía algo, masticando despacio, como sin ganas. Mamá comentó sobre mí: «miren qué comedido». Medido o comedido, tanto da.
En un momento quedé parado con los ojos perdidos en un rincón de la cocina. La mirada nublada. Coti, la doméstica, me tomó del hombro y me preguntó qué me pasaba. Yo torcí la cabeza hacia ella, pero sin levantar mi mirada, que se perdió en su escote. Mis ojos deben de haber quedado abiertos grandes como tazas, porque Coti se rio muy pícara. Yo quedé rojo como un tomate. Me fui corriendo al fregadero de la cocina, a refrescarme con agua.
El resto de la fiesta fue aburridísimo, un plomo. Papá y los hombres que estaban con él no paraban de tomar y charlar riéndose con la socarronería de siempre. Mis abuelas y tías cantaron que los cumpla feliz como a un nene chico. Cuando por fin parecía que todos se iban, todavía se quedaba un tío soltero. Me hizo ir aparte y me propuso llevarme a un lugar que él conocía, allá lejos, donde dijo que íbamos a pasar flor de noche. Yo, ni loco. Muy comedido, le dije que se fuera. Como me insistía, lo dejé hablando solo. Sin despedirme, me encerré en mi cuarto. Final del festejo.
Todo eso pasó ayer. Fue. Por suerte.
Hoy estoy acá, en el fondo de casa. Me paseo, me mido, me palpo, me miro.
Allá adentro de casa está Coti, pero es como si no hubiera nadie, se pasa limpiando, lavando, fregando. Ni se entera de lo que estoy haciendo. No estoy para que nadie me vea.
Tengo sed. Voy a la heladera, tomo la jarra, me sirvo un poco del refresco. Justo aparece Coti, me mira de arriba abajo, se ríe con una sonrisa más pícara que la de ayer.
Miro para abajo. Siento calor.
Ya ni sé lo que estoy haciendo.
Poco y nada comedido.
¿Desmedido?

La Fuga del gato por Domenico Scarlatti (1739). Corretea y juguetea, muy escurridizo…

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