Etiqueta: Jacques Derrida

Identidad y escritura (V)

Written justice

En entregas anteriores se viene reivindicando el derecho a escribir sobre lo que no se conoce, sobre lo que uno no es.

En su obra La farmacia de Platón, Derrida anota que «el sujeto hablante es el padre de su habla […] El logos es un hijo, pues, y que se destruiría sin la presencia, sin la asistencia presente de su padre. De su padre que responde. Por él y de él. Sin su padre no es ya, justamente, más que una escritura». No hay habla sin su anclaje en la persona que habla y su presencia física, pero en la escritura («signo sin aliento») siempre sucede que el autor simplemente no está ahí, incluso si tuviera una cuenta de Twitter activa. La escritura persiste sin su creador; lo que se te presenta es el texto, algo enteramente diferente. Si hablo y digo «yo», entonces ya sabés quién dijo la palabra; pero por el contrario, el «yo» escrito siempre es indeterminado, un enredo de mentiras y fantasías e ironías y pretensiones, es una persona como vos a medio mundo de distancia, la persona que sos vos, una cosa inmortal y cambiante. Si hablás y alguien interpreta lo que dijiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió es un malentendido; pero si escribís y alguien interpreta lo que escribiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió se llama literatura. La demanda de legitimar cualquier texto con la autoidentidad de su autor es la demanda de un texto que se comporte más bien como el habla. Y no cualquier habla. La escritura que responda a esa demanda es escritura «testimonial» o «confesional», y el lugar en el que tienen lugar los testimonios o confesiones es un tribunal. En la sala de un tribunal domina el logocentrismo; la preferencia la tiene una persona hablante, cuya verdad está garantizada por un juramento dicho, quien está presente para hablar y responder por sus propios dichos. Aquí el discurso no es de justicia, en el sentido estricto, sino de ley. Es la ley que, en primer término, exige saber quién es una persona antes de decidir qué hacer con ella. No se trata necesariamente de conceptos opuestos, pero no son lo mismo. La ley se puede deconstruir, la justicia no.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

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Identidad y escritura (I)

En sucesivas entregas iré vertiendo conceptos de un interesante artículo, escrito originalmente en inglés por Sam Kriss y publicado en su blog hace casi un año.

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Hay también otros, en número infinito, la generalidad innumerable de los otros, a los que debería ligarme la misma responsabilidad, una responsabilidad general y universal. Yo no puedo responder a la llamada, a la petición, a la obligación, ni siquiera al amor de otro, sin sacrificarle el otro otro, los otros otros… Como resultado, los conceptos de responsabilidad, de decisión o de deber son condenados a priori a la paradoja, al escándalo y la aporía.

Jacques Derrida, Dar la muerte. Barcelona, Paidós, 2000.
(traducción de Cristina Peretti y Paco Vidarte).

Escribir se siente como una violencia. Todos somos mortales, pero el texto puede sobrevivir por mucho tiempo más tras la muerte de su autor. ¿Quién sos vos, cosa carnosa y circunstancial que querés vivir para siempre? Escribir es como manchar papel limpio, como apretar palitos en arcilla lisa; de alguna manera, siempre es como deformar el mundo. Anotar algo es convertir la posibilidad ilimitada de lo que podría ser en la presencia muerta de lo que ya fue. Una línea de Molloy de Beckett a la que siempre vale la pena volver, porque dice lo que no es: «sería preferible, es decir, por lo menos igual de bueno, borrar los textos que emborronar los márgenes, cubrirlos hasta que todo sea blanco y liso y la estupidez revele su verdadero rostro, sin sentido, sin salida».  Escribir oscurece la estupidez de lo que es, que no tiene palabras; teje un liviano velo de presencia alrededor de la eterna nada. Escribir es una carencia, pero una carencia que no es de palabras, sino del mundo que las rodea.


Ver el original aquí.

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