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Feo rostro, gran amigo

Tris_mitad_9989En todos los grupos de amigos de barrio hay uno de pocas pulgas. Que dice las cosas así nomás, como le vienen, sin vueltas. Que no le importa nada hacerse odiar cuando lo que dice suena feo o es desagradable. Porque sabe que es así como lo dice. Si además de eso es feo de cara, poco elegante, se está empezando a quedar pelado antes de los dieciocho, su vida amorosa es una desgracia, entonces estás empezando a conocer a Tristán. Para que no tenga tanto eco de “tristón”, los amigos le dicen Tris.

En la entrega pasada te mostré al personaje más triste, al que todo le falta. Tris es distinto en ese sentido, él sí tiene padre y madre, vive en una casa decorosa, además de dormitorio tiene su propio cuarto para escribir y leer en el sótano de la casa. Tiene una veta de escritor en ciernes, lleva un diario desde que era muy chico, escribe observaciones muy lapidarias.

Y es flor de amigo. De los mejores. Honesto, derecho, incapaz de hacerle una maldad a alguien que quiera. Después, si no te lo aguantás porque te gruñe, es problema tuyo. Porque él es así como lo ves y lo sentís. No le importa que le llamen “el amargo”.

¿Querés conocer al más popular de todos? Para la próxima te lo cuento.

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Los once adoptan rostros y mañas

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Te vengo contando el nacimiento de las primeras criaturas. Primero fue un jovencito de tierras lejanas, después fueron otros dos “de los míos”, pero es el comienzo. Apenas un personaje tiene nombre. Hay mucha distancia entre el observador distante, muy discreto, y los otros dos que viven sus cosas con intensidad. Piden a gritos más personajes. Sí, piden a gritos. Porque esos personajes que ni siquiera tienen rasgos definidos ya están pidiendo un equipo.

Así es como se empiezan a delinear más personajes. De manera muy volátil, son gelatinosos, movedizos, inquietos, escurridizos. Pero además, no quiero distraerme del hilo principal del diálogo que hay entre el ligero y el tranqui, que a su vez retroalimenta los comentarios del observador exterior… Todo lo que ya empecé a escribir se necesita recíprocamente para seguir creciendo. Así que tomo otra hoja de papel, aparte, en vez de lapicera uso un lápiz, y empiezo a escribir características que podrían tener los demás. Y en qué contexto se mueven, por supuesto.

Me viene a la cabeza un cuadro de fútbol de barrio. En mi ciudad ha sido tradicionalmente un integrador social muy poderoso. El fútbol jugado en plena calle, en los terrenos baldíos, en el césped ralo de los parques. Es evidente que, además de diferentes posiciones en la cancha, son distintos físicos, temperamentos, rostros. Demasiado para hacer algo exhaustivo, por eso hay que ir sin apuro, poco a poco, darles permiso para que sigan siendo bastante indefinidos.

Son indefinidos. Son adolescentes. Son inmaduros. ¡Obvio que sí! Por lo tanto, si voy a seguir escribiendo sobre más personajes con estas características, no me voy a complicar mucho. En la hojita de papel, escribiendo con lápiz, empiezan a aparecer apodos provisorios para denominar al petisito que mira todo con cara de incrédulo, al forzudo que hace musculación y te da miedo acercarte, al alfeñique calladito y bandido que se las sabe todas, al pobre infeliz al que todo le salió mal, al flaco macanudo loco por los teléfonos celulares. Con esas definiciones se van enriqueciendo los personajes tan indefinidos, se llenan de gestos y mañas, adoptan actitudes reivindicativas de sus roles y espacios.

¡Queremos existir! Los personajes a la búsqueda de autor piden a gritos: ¡¡¡más!!!

La semana que viene vas a tener más, sin duda.

Nace la primera dupla de “Amigos orientales”

Te contaba en mi anterior entrada de un proceso creativo en una madrugada solitaria. Una reflexión fue tomando forma sola, fue adoptando un inesperado espesor, el de un personaje. Un “raro” que profería juicios de valor muy duros contra una sociedad. Un par de ojos ajenos que nos miraban a “nosotros” desde afuera. Ahora es el turno de mirar desde adentro. Bien adentro. Atención porque lo que vas a leer ahora fue saliendo todo así, casi sin reflexionar, tal cual.

gonza+fredoSiguen brotando las palabras de la lapicera. Siguen apareciendo rasgos faciales difusos. Todavía sin tener nombre ni rostros definidos aparece como insinuado un dúo de amigos muy jovencitos. Trece años, la edad en la que los cambios hormonales aparecen sin vuelta atrás. Como no tienen nombre (y no quiero apurar esa definición), voy a llamarlos “el ligero” (por apurado) y “el tranqui” (por tranquilo). Esos juegos de opuestos que tanto gustan, que tantas veces suceden en la vida. Que tantas veces me pasaron también a mí.

El ligero está muy apurado con las cosas que le pasan. Hace sin preguntar, lo tienen que frenar. Creció muy de golpe, ya mide un metro ochenta (estatura exagerada para ser latino), se da cuenta de que su estatura le permite pasar por grande si se hace el serio, aprovecha, es muy vivo, se hace el vivo. Muy diferente del tranqui, más sobrio, lento, viene despacito, todavía medio niño (aunque la procesión va por dentro). Este juego de contrastes me lleva a expresar las diferencias en un diálogo muy animado.

El propio juego de contrastes me dicta que el tranqui tiene ancestros nórdicos, tal vez un estereotipo de cabeza fría y racionalidad. Listo, la dupla está hecha, funciona, me sirve, es eficiente. Y pide más. Mucho más.

¿Qué pide? ¿Cómo les doy satisfacción al pedido? En la próxima te cuento.

Nace Amir, de “Amigos orientales”

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La semana pasada te traje el recuerdo de un personaje que nació de una madrugada de insomnio. Ahora lo vas a ver más en detalle.

En tu país estás acostumbrado a vivir de determinada manera. También es cierto que existen muchas personas que piensan distinto a vos. Y a la vez, ese «nosotros» colectivo tiende a ver a los de afuera como «otros» muy raros, que no pertenecen a «este» lugar, mío y tuyo. ¿Por qué me estoy poniendo así de reflexivo?

Sucede que en octubre de 2014, además de las noticias del ámbito político (se acercaban las elecciones presidenciales y parlamentarias, lo habitual cada cinco años), una novedad ocupaba un espacio importante en los medios: la llegada de familias sirias en calidad de refugiados de guerra. Toda una novedad para muchos. Porque es raro en Uruguay encontrarse con gente que hable árabe. Seguir leyendo “Nace Amir, de “Amigos orientales””

Nace “Amigos orientales”: la previa

Libros Fabio

Como todo en esta vida, la creación literaria tiene un escenario en el que se desenvuelve. Amigos orientales, ese libro que ahora circula impreso, fue el resultado de un largo proceso que también tuvo su propia escena, su propio trasfondo. Intentaré describirlo de la manera más ilustrativa.

Dicen que detrás de un escritor hay un lector. Respaldo esa afirmación, porque mis letras abrevan en todas esas interminables horas de lectura a lo largo de más de cuatro décadas. Una absorción literaria que, ya antes de leer, comenzó con mis oídos, cuando me narraban cuentos infantiles con gran lujo de detalles. Ese mismo detallismo fue siempre parte inseparable de mi manera de apropiarme de los textos que pasaron por mis ojos. En español y también en otros idiomas que aprendí. En mi vida familiar y social, estudios, trabajo, viajes, sueños. Detalles, muchos detalles.

hotel-carsson-general-2fd80fcCorría octubre de 2014. Terminaba un intenso fin de semana en la hermana ciudad de Buenos Aires. Reencuentro con muchos amigos, adquisición de conocimientos profesionales, comidas elaboradas, compras apuradas, y dos noches de alojamiento en el Hotel Carsson de la calle Viamonte. Esa edificación también significó un reencuentro muy fuerte, porque allá por febrero de 1976 había estado alojado una semana con mis padres y hermana, en nuestro primer viaje fuera de Uruguay. Tenía a flor de piel muchos puntos de comparación, muchos recuerdos remotos que resaltaban con el recorrido por la vida. Todos esos contrastes también invitaban a proyectar escenas de futuro.

Y la soledad de la habitación. Comparando con los amplios espacios en los que alternaba con mis amigos y colegas traductores, de pronto esas paredes parecían muy estrechas. No faltaba confort moderno, tenía conexión a internet y televisión por cable, el contacto con mi familia al alcance de los dedos. Pero esos ratos de soledad en medio del trajín también pedían algo más. Mucho más. No me alcanzaba.

Todo ese cúmulo de detalles, más mi propio recorrido por la vida, deben de haber hecho erupción allá en el fondo de mi ser. De hecho, en el curso de marketing para traductores al que recién había asistido, una voz interior me taladraba la cabeza diciéndome «dale, es ahora, no esperes más». Así, en la madrugada del domingo 19 de octubre de 2014, me desperté sobresaltado con cualquier ruido y ya no pude dormir más. Pendiente de ese «algo más» que estaba esperando que sucediera.

Sucedía que mi cabeza estaba poblada de cosas que hacían fuerza por salir. Al tanteo encendí la luz, busqué en la mesa de luz lapicera y papel, escribí lo que sentía. No fue suficiente, seguí escribiendo. Al rato me di cuenta de que estaba naciendo un personaje, un jovencito que profería críticas contra una sociedad que consideraba perdida.

No es exageración decir que mi primera mesa para escribir literatura fue la almohada. Pero empecé a sentirme incómodo, por eso me senté frente al escritorio y seguí escribiendo. Más molesto todavía. La mesa no parecía la mejor solución, algo me quedaba lejos, necesitaba proximidad. Agarré un cuaderno grande que tenía en mi bolso, lo puse sobre el muslo y seguí escribiendo. Casi con los ojos cerrados. Una conexión de la mente creativa directamente con la mano que arroja tinta al papel.

Así, casi al impulso, salió otra cosa distinta a lo que estaba escribiendo sobre la almohada: el borrador de un diálogo entre dos personajes adolescentes. Muy impetuosas las palabras, sin filtro, se mezclaban el entusiasmo y la improvisación. Un desborde, un descontrol me brotaba, apenas se podía retener en el papel.

¿Quieren saber más de esos primeros personajes? Lo vemos el próximo martes.

Escribir: un placer del escritor y un deber para el redactor

Escribir: un placer del escritor y un deber para el redactor

Un ensayo excelente de la pluma de un joven escritor rioplatense. Me encanta.

Jonathan E. Monserrat

Mientras escribo este ensayo, mi mente retrocede varios peldaños en la memoria hasta reencontrarse con el recuerdo de mi niñez. Viajo a través de los años, como la escritura, que es un modo de trasladarse en el tiempo. Me acuerdo del otoño de 1998. Yo tenía ocho años, una edad complicada para entender el porqué de algunas situaciones, como la de despertarse una mañana y asimilar, sin anestesia, que una persona a la cual querés ya no está. Ese día, me encerré en mi cuarto, mientras que el resto de mi familia estaba en el comedor, y empecé a escribir sobre que lo había sentido al escuchar la triste noticia.

Escribir es traducir los gritos internos en frases silenciosas que hablan en un papel. La escritora Marguerite Duras dice que cuando una persona escribe, su escritura se parece a un aullido, pero sin ruido, es como un espejo en donde…

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