Etiqueta: Juventud

Rostros y mañas se hacen amigos

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En la entrada de la semana pasada te comentaba que necesité un papel aparte para que pudieran nacer más personajes, los integrantes de un equipo de fútbol de barrio. Pero lo bastante indefinidos como para que la imaginación no se quedase con ninguna idea fija. Tenés que poder imaginarte a ese flaco inquieto con tres piercings en la oreja izquierda que le guiña un ojo bandido al grandote musculoso que mete miedo… Eso quiere decir que ya hay una complicidad entre esos dos. Y también con el petisito ingenuo que se cree todo lo que le dicen pero que se siente seguro al lado de ellos porque en esa ciudad es un extraño. Ahí tenemos un trío de amigos.

Hay que darles permiso para que se expresen, no solo en el papel, también en el espacio. Imaginárselos con suficiente volumen como para asociar libremente con otras sensaciones. Paco, el grandote musculoso, es retacón, compadre, tiene el empaque de un guapo de barrio (“guapo” en la acepción rioplatense del término, lo que en España llamarían “chulo”), es capaz de darle una piña al que hable mal de su abuelo que fue ministro mucho antes de que él naciera. Tóbal, el flaco de los tres piercings, es nieto de un sindicalista que tuvo que exiliarse. El petisito ingenuo es un paisanito de un pueblo del interior, desciende de una familia de caudillos de tierra adentro. Como ves, estoy pintando tres tradiciones políticas diferentes, pero en el país de ahora; trato de mostrar qué queda de todo aquello y qué fue lo que cambió. Porque hay algo que está claro. ¡Están juntos! ¡Son amigos! La metáfora de un país que camina unido, de una sociedad que se abraza (no es necesariamente el retrato de la realidad, pero sí el deseo de que así sea). Y además, jovencitos cómplices que se las saben todas para vivir la noche a pleno. Les gustan las chicas.

Los tres tienen padre y madre. Tóbal tiene un hermano mayor. El Paisa es el sexto de siete hermanos. Estos tres personajes ya tienen familias presentes con sus tradiciones detrás. Los demás integrantes siguen un poco indefinidos, o están como perdidos. Hay que dejar que esas sensaciones vibren solas hasta que esos otros personajes también pidan lo suyo. Ya vas a ver cómo piden. Hasta qué extremos llegan.

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Los once adoptan rostros y mañas

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Te vengo contando el nacimiento de las primeras criaturas. Primero fue un jovencito de tierras lejanas, después fueron otros dos “de los míos”, pero es el comienzo. Apenas un personaje tiene nombre. Hay mucha distancia entre el observador distante, muy discreto, y los otros dos que viven sus cosas con intensidad. Piden a gritos más personajes. Sí, piden a gritos. Porque esos personajes que ni siquiera tienen rasgos definidos ya están pidiendo un equipo.

Así es como se empiezan a delinear más personajes. De manera muy volátil, son gelatinosos, movedizos, inquietos, escurridizos. Pero además, no quiero distraerme del hilo principal del diálogo que hay entre el ligero y el tranqui, que a su vez retroalimenta los comentarios del observador exterior… Todo lo que ya empecé a escribir se necesita recíprocamente para seguir creciendo. Así que tomo otra hoja de papel, aparte, en vez de lapicera uso un lápiz, y empiezo a escribir características que podrían tener los demás. Y en qué contexto se mueven, por supuesto.

Me viene a la cabeza un cuadro de fútbol de barrio. En mi ciudad ha sido tradicionalmente un integrador social muy poderoso. El fútbol jugado en plena calle, en los terrenos baldíos, en el césped ralo de los parques. Es evidente que, además de diferentes posiciones en la cancha, son distintos físicos, temperamentos, rostros. Demasiado para hacer algo exhaustivo, por eso hay que ir sin apuro, poco a poco, darles permiso para que sigan siendo bastante indefinidos.

Son indefinidos. Son adolescentes. Son inmaduros. ¡Obvio que sí! Por lo tanto, si voy a seguir escribiendo sobre más personajes con estas características, no me voy a complicar mucho. En la hojita de papel, escribiendo con lápiz, empiezan a aparecer apodos provisorios para denominar al petisito que mira todo con cara de incrédulo, al forzudo que hace musculación y te da miedo acercarte, al alfeñique calladito y bandido que se las sabe todas, al pobre infeliz al que todo le salió mal, al flaco macanudo loco por los teléfonos celulares. Con esas definiciones se van enriqueciendo los personajes tan indefinidos, se llenan de gestos y mañas, adoptan actitudes reivindicativas de sus roles y espacios.

¡Queremos existir! Los personajes a la búsqueda de autor piden a gritos: ¡¡¡más!!!

La semana que viene vas a tener más, sin duda.

Mujer formidable

Dreadlocks back

Isaura está dando que hablar en este Día Internacional de la Mujer (sí, la misma Isaura que piensan los lectores, la novia de Crispín, el de rastas). Mientras en varios foros y redes sociales se discute la pertinencia de que sea un solo día o todos los días del año, voy a permitirme mostrar un homenaje que no es de hoy, viene de hace mucho tiempo atrás. Sí: algo sucedió de forma inesperada mientras nos comentábamos con una colega bloguera, Paloma Velilla. Elogié su artículo sobre escritores en construcción:

Qué linda serie, “escritores en construcción”. A ver si me retrocontagio, je (porque soy arquitecto y me puse a escribir…).

Me responde así:

¡Gracias, Fabio! ¡Claro! Nunca es tarde para retrocontagiarse y unirse al clan, jejeje.

Le propongo:

Te invito a darle una leída a mi creación favorita (vas a ver en negrita el enlace al texto completo de 8 páginas) – ya me dirás: https://blogdefabio.com/2016/09/03/la-peluca-de-rastas/

Hoy recibo esta sorpresa:

¡Me lo he leído! Fabio, está tremendo. He sentido en todos los niveles. Escribes muy bien, y tus letras están llenas de vida. Sospecho que hay por ahí guardados ciertos hechos reales, pero me quedo con la intriga, no hace falta que aclares. Me he reído mucho con esta parte: “¿Cuándo se habían escuchado reproches en casa? Nunca. Pero ahora era así. Habían faltado límites durante demasiado tiempo. Y ella iba a poner freno. Aunque para ello tuviera que darle órdenes al suegro. Papá siempre se anticipaba, evitaba negarle nada a la nuera. Isaura, a veces, parecía mi hermana mayor y, más que la nuera, la suegra de papá.” En unas cuantas líneas expones la personalidad de Isaura con tanta elocuencia, que me he imaginado a la perfección la escena y la chica me ha caído genial. ¡Buen trabajo!
Ya cerca del final en esta parte: “Hoy cumplo veinticinco años. Fue el día elegido para casarme. Así, de manera tan solemne, quisimos que el recordatorio del importante rito de pasaje fuese el mismo día que el de mi nacimiento. Para así marcar un definitivo renacer”. ¿Qué puedo decir? Es precioso. El simbolismo en sí me ha tocado mucho y me he sentido partícipe del momento. ¡Gracias por compartirlo! Tienes madera, compañero.

Le agradezco:

Muchas gracias, Paloma, por la detallada devolución, es muy amable de tu parte. Me alegro de que te haya llegado. Y bueno, el personaje de Isaura tiene unos elementos de mujeres muy, muy reales que han poblado (y pueblan) mi vida. Mujeres de mi sangre, que no se doblegan. Que llenan la vida y el espacio que habitan.
¡Feliz día!

Ella vuelve a comentar:

Ha sido un verdadero placer, Fabio. De esas mujeres también tengo alguna cercana 🙂 ¡Igualmente!

Pues, simplemente eso. Quería compartir esto con ustedes. A modo de homenaje a las formidables mujeres que llenan mi vida.

Hoy, y todos los días de la vida, ¡feliz día!

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Aquella juventud

Todos adoran lo que hacés,
cómo hablás, cómo te movés.
Todos te están mirando acá,
te sentís como en casa,
sos un sueño hecho real.

Pero por si estás a solas,
antes de irme, ¿me das un rato?
Estuve a solas toda la noche,
ojalá te hubiese encontrado.

Parecés de una película,
sonás como una canción.
Por Dios, cómo me acuerdo
de aquella juventud.

Quiero retratarte con esta luz
por si es la última vez
que nos vemos como éramos,
antes de darnos cuenta
que es feo ponerse viejos.
Nos alborotábamos.
Era una película,
era una canción.

Me daba tanto miedo mirar mis miedos,
nadie me dijo que ibas a estar aquí.
Yo juraba que te habías ido lejos,
eso me habías dicho al partir.

Seguís pareciendo de una película,
seguís sonando como canción.
Por Dios, cómo me acuerdo
de aquella juventud.

Quiero retratarte con esta luz
por si es la última vez
que nos vemos como éramos,
antes de darnos cuenta
que es feo ponerse viejos.
Nos alborotábamos.
Era una película,
era una canción.

Aquella juventud…

Es complicado admitir
que todo me devuelve
a cuando estabas allí.
Una parte de mí se sostiene
por si acaso no se fue.
Creo que aún me importa.
¿Todavía te importa a vos?

Era como una película,
sonaba como una canción.
Por Dios, cómo me acuerdo
de aquella juventud.

Aquella juventud…

Quiero retratarte con esta luz
por si es la última vez
que nos vemos como éramos,
antes de darnos cuenta
que es feo ponerse viejos.
Nos alborotábamos.
Era una película,
era una canción
de aquella juventud.


Versión libre inspirada en la letra original de la canción When We Were Young, por Adele. Fuente: http://www.azlyrics.com/lyrics/adele/whenwewereyoung.html

Crispín al poder

Dreadlocks back

Anoche murió la tradicional manera de hacer política.

Anoche se acabó el estilo políticamente correcto.

Anoche arrasó la llaneza. 9/11, 11/9… tanto da.

Se terminó de desdibujar la frontera entre un “disculpe” y un “no te soporto”. Se borronéo, desapareció. Lo que hay es lo que hay.

Y con esa misma llaneza, ahora viene la proclama.

Hablen claro. Abran la boca y díganlo: quiero poder y plata. O: quiero fiesta, quiero vivir sin trabajar, no me importa nada. O…

Solemos decir con ironía “mentime que me gusta”. Pero a Crispín no le gustan las mentiras. No sabe que le ocultan cosas, no sabe las falsedades, hasta que se entera. Y ahí, sí que cambia.

Si hay tipos capaces de detectar la frustración, la intolerancia y las ganas de odiar, e ir a buscar ese voto… también hacen falta otros tipos. Capaces de detectar a los millones de desencantados bienintencionados que andan por todos lados. A los pibes buena onda. A las chicas voluntariosas. A los que de verdad buscan comprensión, tolerancia, convivencia pacífica. Que les digan: ¡arriba que se sí puede!

¿Crispín candidato?


Nota inspirada en la inesperada victoria electoral estadounidense.

Que Dios ilumine a los de arriba y también a los de abajo. Sin más vueltas. Porque las palabras sobran. Ahora, más que nunca, están de más.

Que ocurran cambios como el que sucede entre la historia que pueden leer aquí y esta otra posterior.

Hierba humeante, rastas rechinantes

Dreadlocks backHace una semana una revista literaria publicaba mi relato La peluca de rastas (hacer clic aquí para leerlo). Varios ya lo leyeron y me hicieron sus comentarios, que mucho agradezco. Hubo elogios, identificaciones, sentimientos, también críticas. Como siempre sucede cuando algo se publica. En especial, cuando toca temas tan actuales como peliagudos. El pelo peinado en forma de rastas les causa repulsión a muchos; y, si además de eso, quien lo usa fuma marihuana, son varios los que ponen el grito en el cielo. Seguir leyendo “Hierba humeante, rastas rechinantes”

La peluca de rastas

Dreadlocks back

Isaura me acarició las rastas, mientras me dormía despacio sobre las sábanas verdosas. El humo de marihuana apenas brotaba de los restos del cenicero de madera. Se acarició la barriga de seis meses donde Roni disfrutaba de su confort amniótico. Se recostó boca arriba y poco a poco fue conciliando el sueño.

***

—Crispín, no te me quedes. Te tengo que hablar.
Abrí los ojos medio despistado. Hacía tiempo que no escuchaba esa voz.
—Crispín, mi hijo querido. Te estás quedando. Ya no te queda tiempo.
Era mamá. Se me apareció en una visión radiante. Su figura esbelta flotaba encima de la perfecta redondez de la barriga de Isaura. Mis rastas adornaban el conjunto.

***

Las rastas. Esa moda rara que a papá no le gustaba nada, ahora era un furor. Mucha gente quería lucirlas. Pocos tenían paciencia para hacérselas. Fue otro de mis caprichos. Papá no supo detenerme. Como tampoco pudo frenarme otras cosas.

***

A los quince traje a la casa una novia de rastas que fumaba marihuana. Papá fumaba en pipa mientras me veía envuelto en humo verde, yo parecía tan feliz con esa chica de ideas raras. Yo aprendía como podía lo que era el amor. Había tenido durante doce años el feliz ejemplo de mis padres. Yo también quería hacer mi vida, reinventarme, lo hacía como me salía. Papá no rehizo su vida, siguió muy solo. Nadie iba a poder ocupar el lugar de mamá, y no tenía forma de darme una nueva madre. Le remordía la conciencia por no haberme hablado nunca con claridad sobre la muerte. Yo no sufría con la palabra muerte, no me dolía; la desconocía. Y corría peligro de terminar desconociendo también la palabra vida.

Seguir leyendo “La peluca de rastas”