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Las pruebas en mis manos

Revisando pruebas

Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

De chico ayudé a papá a plantar más de un árbol frutal en el amplio jardín de casa.

Al cambiar el milenio Dios nos bendijo con la llegada de Natalia.

Hace algunos años se comenzó a gestar el manuscrito de un proyecto que sigue en marcha. Todo proyecto insume esfuerzo organizativo, recursos, colaboraciones. Ahora, acá está, en mis manos, una de las porciones más llamativas de la nueva criatura, mi libro Amigos orientales. Todo cuesta, todo lleva tiempo, todo merece su cuidado.

¡Me encanta ver y vivir cómo va naciendo el libro! Seguir leyendo “Las pruebas en mis manos”

La cabeza agarrada

sadguy

Gonza estaba muy enojado. Fredo lo miraba incrédulo.

—Fredo, quería que me ayudaras a pensar algo, si no te queda mal.

—Bueh. Dale. Tirá. ¿Quién fue…?

—Moro. Lo encontraron tirado en la calle, de madrugada. Drogado hasta las patas.

—Uuuuuh, ¡qué feo! ¡Noooo! —Fredo se agarró la cabeza, los ojos desencajados, como con ganas de caerse muerto—. ¡Justo Moro, que nunca mató una mosca!

—Paco lo tuvo que sacar de la comisaría. Ahora se debe de estar despertando, Andy le está haciendo el aguante. Cuánto te apuesto que Moro ni se acuerda de lo que pasó.

—Está bravo esto…

—Hacía días que nadie sabía nada de él.

—Pero, ¿alguien sabía que se fumaba…?

—Antes, aunque debe de haber probado muy poco, casual. Pero esto de ahora fue un reventón. Un bajón mal. Por la madre, ¿entendés? Enojado con la vida. Sin nadie que lo frene. Es horrible.

Gonza cerró los ojos, respiró, y siguió. Fredo quedó en blanco.

—Vamos a tener que hacer algo.

—Ah, sí, qué fácil.

—Fredo, vos sabés muy bien lo que vale un amigo, ¿no?

—Obvio, macho. ¿Qué haría yo sin vos? ¿Y vos sin mí?

—También sabés lo importante que es tener una familia atrás.

—Más bien. Te rebancan.

—Moro ahora no tiene a nadie. ¿Te pusiste a pensar? A nadie. Solo nosotros.

Fredo empezó a ponerse nervioso.

—Y yo, ¿qué querés que haga? Tenemos cero onda. Moro es como una piedra. Ni habla.

—Justo por eso. No lo podemos dejar solo. Nos vamos a tener que turnar.

—¿Eh?

—Entre todos, no nos va a costar tanto. Pero todos tenemos que ponernos.

—Pará, macho. Si Moro está sin guita y precisa morfar, le llevo milanesas al pan, lo que sea. Pero que se maneje.

Gonza lo miró muy duro. Tomó aire y empezó a hablarle de otra manera.

—Fredo, vos pensá. Sabés lo que es perder todo, lo material, esa historia te la contaron, ¿eh?

—Ni me lo repitas. Obvio que sé. Hasta me acuerdo yo de cosas que perdí. Paaaah, casi seis años tenía cuando tuvimos que dejar esa casa…

—Imaginate, además, perder a tu padre. Y a tu madre. Y a tu abuelo. Y también a tu tía.

—Noooooo, no podés…

—Y también imaginate que tus hermanos que viven allá lejos no te dan ni la hora. No tenés pasaporte para irte, no tenés plata para pagarte pasaje, nada. Vos solo, acá, en la calle.

Fredo escuchaba con los ojos mirando para abajo.

—Después de pasarte todo eso, ¿qué pasa si, además, yo, Pedri, y todos los demás del cuadro te damos la espalda? “Que se maneje”. ¿Eh?

—¡Me muero muerto!

—Bueno. Seguite imaginando, de ahí para abajo.

—No puedo…

—No necesitás seguirte imaginando nada más. Andá a verlo a Moro, y vas a ver lo que es todo eso junto, y peor.

Fredo se restregó las dos manos por los ojos, que le quedaron rojos. Levantó la mirada como un perro mojado.

—’Ta bien. Te prometo que voy a ayudar. No sé cómo, pero voy a hacerlo.

—Más te vale.

En eso, llega Amir, mientras Fredo y Gonza seguían de lo más enfrascados.

—Está complicado esto de Moro. Tenemos que pensar algo más.

—No se me ocurre nada que vos no hayas dicho ya.

—Paren. Tienen que ver a Moro. Ahora. Recién.

—¿Qué otra hizo ahora? —Gonza temía escuchar algo peor.

—Está con Malik.

—¿Cómo? —Fredo y Gonza comentaron al unísono.

—Yo le hablé a Malik. Le dije “andá a verlo”.

—¿Malik? ¿A qué?

Gonza se acordó de aquel viejo juego de manos.

—Entonces querés decir que…

—Hace rato. Cerca del mercado. Un baldío. Vengan.


Extracto de Amigos orientales, de próxima aparición.

Amigos orientales, a un año del blog.

Hoy hace ya un año que comencé a escribir en este blog. Te doy las gracias a vos por seguirme siempre. Por alentarme a seguir. Me acompañaste a lo largo de este apasionante año. Sumaste a mi experiencia, a mis expectativas, a mi sentir. Como decís por acá: gracias por hacerme el aguante. O, como se dice por todas partes: te agradezco por tu compañía, hermano.

Este blog, con el que tanto me acompañaste, es apenas la parte visible de lo que me pasó todo este tiempo. Una vidriera de ideas, inquietudes, aspiraciones y gustos culturales. Mientras tanto, yo seguí ocupado tras bambalinas en un trabajo que ya había comenzado hace casi tres años. El resultado de todo este tiempo de labor es mi primer libro, Amigos orientales. Acá te muestro (buena parte de) la portada:

Amigos orientales se abrazan

Se divide en cuatro capítulos, uno para cada protagonista. Ambientado en un tradicional barrio de Montevideo, Amigos orientales te cuenta las andanzas de los cuatro pibes que ves en la imagen: Moro, Fredo, Gonza, Amir. Los acompañan en todas sus amigos y compañeros de cuadro: Andy, Jagu, Tris, Tóbal, Paco, Pedri y el Paisa. Sí, los ONCE orientales (la mayoría, uruguayos) que juegan al fútbol. Pero el fútbol es apenas un pretexto para que se junten. No es (solo) una novela sobre fútbol, es sobre la vida misma.

Forma parte de ONCE relatos del juego de la vida, un proyecto más ambicioso que me ocupa desde aquel lejano octubre de 2014, con mucha ilusión. Está imaginado y escrito por un adulto con adolescentes en su familia. Un adulto que también supo ser adolescente. Ahora sale a la calle y a la cancha este equipo de personajes, listo para darse a conocer. Con todas las cosas que les pasan, se les ocurren, inventan, cómo se la juegan por lo(s) que quieren…

Ya sé que los adultos van a disfrutar de muchas de sus páginas. Porque es seguro que vos, que ya peinás canas, también te vas a acordar de aquella vez que…

No te lo pierdas. Ya está en imprenta. Muy pronto en librerías.


Ilustración de Juan Pablo Zorrilla.

Remolinos de porcelana

Remolinos de porcelana

Una pareja se fascina en sus primeras semanas.
Ella es agradable y delicada como una porcelana.
Él parece que lucha contra los molinos de viento.
Flor de remolino se les arma en cualquier momento.

Les petits moulins à vent (Los pequeños molinos de viento), exquisita melodía barroca compuesta por el francés François Couperin en 1722, describe la cómica situación de Gonza, un adolescente muy tranquilo y ubicado que, de repente, tiene que rendirle cuentas a su nuevo cuñado. ¿Cómo? Con paciencia para no estropear algo que es muy delicado. Y también, con muchas ganas. Poniendo garra charrúa. Oriental.

Tambores árabes, flautas tristes, golpeteo electrónico, ahora un clavecín barroco…

Te di a entender que Gonza es centrado. Pone orden. Lo que falta acá…

Está bien, te prometo que para la próxima no te sigo recargando de expectativa.

Te la voy a decir de una. El próximo martes, sin falta.

Riesgos en la noche del Este

Riesgos en la noche del Este

Un pibe atrevido se cuela en todos los bailes de La Barra apenas con trece años. Creció muy de golpe, pasa por grande, se hace el grande, tiene amigos grandes, le gustan las cosas de grandes. Ese verano le queda demasiado grande. No está preparado para derrochar energías de esa manera. Demasiada noche. Un peligro.

Animals, un tema electrónico de 2013 creado por el precoz DJ adolescente holandés Martin Garrix, crea la atmósfera en la que muchos jóvenes sueltan sus instintos. Como le gusta a Fredo, ese arrojado adolescente hijo de una argentina pero nacido en la otra orilla. Oriental.

Fredo baila, seduce, conquista, tiene lo suyo. Pero… ¿dónde quedó la tristeza del indígena Moro? ¿Y la exótica música del sirio Amir? ¿Tienen algo en común?

Crece tu expectativa. Sigue variando la música.

Va faltando menos. Se va acercando Amigos orientales.

Triste flauta

Triste flauta

Nada. Tristeza. Soledad. Silencio. Vacío.

Aquí falta alegría. Todo es grisura.

El país gris. Así se suele hablar de nosotros, los orientales.

Muchos años ha, un anciano me refería a la herencia de nuestras etnias ancestrales. Esas que vemos tan poco. Que se ahogaron en la marejada del torrente de inmigrantes europeos. Que contrastaban con la enérgica savia de los esclavos africanos, esos que nos legaron su alegre música. No, nuestras etnias originarias eran diferentes. Como Tabaré. Ese indígena mestizo delineado por la pluma de Juan Zorrilla de San Martín. Como también Moro, que se siente tan solo y abandonado.

Der letzte Mohikaner (El último mohicano), melancólica melodía de Leo Rojas, un músico ecuatoriano activo en Alemania, tan alejado de su propia tierra, me inspira toda la tristeza de Moro, ese indígena nacido en una isla del este del río Uruguay. Oriental.

El martes pasado tuviste música oriental. Hoy, te traje una melodía exótica que remite a otro oriental. ¿Qué tienen en común? Lo vemos pronto. No te pierdas Amigos orientales.

Al ritmo del tamboril

Al ritmo del tamboril

Atmósfera de misterio. Llegada. No hay nadie.

En el instante 1.11 del video comienza un ritmo muy familiar para nosotros, los montevideanos: chas, chas-chás, chas-chas. ¿Tamboril de candombe? ¿Ritmo de fusión?

En eso, una voz masculina empieza a cantarle a su chica querida, la luz de sus ojos, la que vive en su imaginación… pero en árabe. La lengua del sirio Amir.

Nour el Ein, un tema de pop árabe de 1996 interpretado por el egipcio Amr Diab, me inspira por su ritmo, su alegría, su interculturalidad implícita. Oriental.

Aprovecho a explicar lo que se oye. Yo, montevideano, escucho música afrouruguaya. Un árabe como Amir, en cambio, escucha su música. Esa es la magia de las múltiples lecturas. Y de los múltiples mensajes contenidos en un mismo vehículo (en este caso, ritmo).

Hoy es mi cumpleaños. Me hago el regalo de generar expectativa.

¿Querés saber adónde me llevó esta canción?

Lo vas a saber pronto. Ya llega Amigos orientales.