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Reseña de Amigos Orientales por Luna Paniagua

TAPA AMIGOS ORIENTALES
Qué hermoso regalo para la Navidad. Ayer se me apareció en redes sociales una amiga bloguera, Luna Paniagua, para decirme que había leído mi libro, hacerme un par de preguntas (claro indicio de que le interesaba mucho comprender a fondo el texto) y contarme que hoy salía publicada en su blog una reseña.

Muy agradecido y contento, esta entrada es un broche de oro para un año que me trajo algo magnífico. Porque el esfuerzo que significó escribir Amigos orientales, estudiarme el mercado editorial, conseguir ilustrador, mandarlo imprimir, presentarlo, distribuirlo… me ha significado una cosecha riquísima de lectores y amigos que me han venido acompañando de las más diversas formas.


Esta novela nos da a conocer a un grupo de amigos residente en un barrio de Montevideo, Uruguay. Son once adolescentes muy próximos a la mayoría de edad y de distintos orígenes. Todos ellos son integrantes de un mismo equipo de fútbol.

Escrito en español rioplatense y lenguaje coloquial. Oriental, en este caso, es sinónimo de uruguayo y de ahí su título: Amigos orientales.

Está dividido en cuatro partes, centradas en cuatro de los jóvenes: Amir, Moro, Fredo y Gonza. A través de ellos y de su relación con el resto del grupo el autor aborda temas propios de la adolescencia como la amistad, la incertidumbre hacia el futuro, la relación con los padres y, muy en particular, la revolución hormonal y el despertar de la sexualidad.

Trata también en profundidad la migración; la aceptación e integración del «diferente». Expone los dos puntos de vista a través de los personajes originarios de Uruguay y de los que han llegado de fuera. Nos muestra la diversidad como un medio de enriquecimiento personal, social y cultural.

Deja patente la importancia de una buena, sincera y fluida relación con los padres; lo fundamental que es una educación en valores para aceptarse a sí mismo y aceptar y respetar a los demás.

Todo ello con una narrativa correcta, clara y juvenil. En tercera persona con variación en el punto de vista entre los diferente personajes principales, aunque incluye algunos pasajes en primera persona a través de cartas o escritos en diarios, y mucho diálogo.

El fútbol ocupa un lugar importante ya que es el nexo de unión de los personajes, su pasión. El autor introduce, de manera muy acertada, símiles futbolísticos aplicados a las relaciones con los demás y a la manera de afrontar la vida.

Es una novela de lectura fácil y extensión corta, por lo que se lee con rapidez.

Al comienzo de cada capítulo se aconseja una música de acompañamiento. Incluye el enlace a youtube y un código QR escaneable.

Amigos orientales es parte del proyecto de Fabio Descalzi ONCE relatos del juego de la vida.

Conclusión:

Es una novela corta, bien escrita y de lectura ágil. A través de varios personajes adolescentes encontramos una apuesta por la diversidad, la integración, el respeto, la amistad y la educación.


Ver la entrada completa en el blog de Luna Paniagua.

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Celebración

Misa alegre

Los padres de Gonza cumplían veinte años de casados. El mismo día, Inés cumplía los cuarenta. Quería festejar con toda su gente querida. Organizó un almuerzo para el primer sábado de marzo. Además, aunque no era muy practicante, se sintió muy a gusto con la idea de celebrar una misa, tenía ganas de festejar de varias maneras. Muy agradecida con Dios y con la vida. Imposible olvidarse que, tan solo cuatro años atrás, con su operación, había estado cerca de no poder contar el cuento.

Tras la bendición inicial, el cura párroco, de atildados modales franceses, agradeció la presencia de tantos visitantes, especialmente los jóvenes, en esa misa en la que se celebraban veinte años de casados de un feliz matrimonio. También pidió que, por favor, apagasen los celulares y se dedicasen a vivir ese rato que, lo sabía, iba a ser diferente para muchos.

Llegado el momento de la homilía, el párroco improvisó unas palabras para la ocasión. Tras la conversación previa con Inés, era consciente de que, además de los locatarios y otros feligreses católicos, había varios visitantes de otros credos, amigos de la familia. Evangélicos, valdenses, armenios, algún musulmán y por lo menos tres judíos, uno de ellos viejo amigo de la casa, el florista. El clérigo, de brillante cultura general, puso como ejemplo a esa pareja, integrada por una católica y un evangélico luterano que, si bien no se había convertido, había aceptado celebrar su boda en ese templo por puro amor a su compañera de vida. Un ejemplo para la historia; venían a cuento las memorias de siglos atrás cuando la ancestral Europa se destrozaba en guerras de religión, justamente entre católicos y luteranos. Profundizó en la necesidad de entendimiento y respeto entre las distintas culturas y religiones, más en el mundo de este tumultuoso siglo veintiuno.

Amir, con la ayuda de sus amigos, entendió perfecto la alusión a la necesidad de diálogo interreligioso. No era la primera vez que escuchaba eso en suelo uruguayo, se acordaba de la charla dictada por un rabino; había dicho lo mismo casi palabra por palabra. Por su cabeza pasaron las escenas terribles de lo que sufría su patria; ansiando un cambio profundo, le salió bien desde adentro un Insha’Allah!.

Una flecha

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Moro estaba sentado en el cordón de la vereda. Muy pensativo, seguía dándole vueltas a las confusas palabras de Amir. Significaba algo: tener pareja. Andar con alguien. O algo así. ¿Se le daría…?

Pasó Tris y lo saludó. Como Moro no le devolvió el saludo, Tris lo rezongó y le preguntó qué le estaba pasando.

—Ya sabés. Me pasaron cosas feas, por eso estoy mal. Siempre a mí.

—Moro, cortala con eso —Tris le hablaba muy duro, sin vueltas.

—No es broma. En el cuadro nos dicen “los amargos” a vos y a mí. Lo peor de todo es que es verdad.

—Vos no me estás escuchando. Atendeme, a ver si me seguís.

Tris se sentó al lado.

—De las cosas que te pasaron, no voy a opinar. Pero son cosas que “te pasan”, a todos nos pasan cosas. El asunto es cómo te las tomás. Y hay que tratar de estar bien uno, por uno mismo, para uno mismo. Si no, no te levantás más.

—¿Y qué querés que haga? ¿Cómo dejo de ser agrio?

—Perro, escuchame bien. A ver cuándo te sacás el balde y te mirás en el espejo.

—¿Qué tiene que ver eso?

—¿Qué tiene que ver? Yo te voy a contar qué tiene que ver. Tiene mucho que ver. Necesitás una mina que te levante el ánimo. Yo también estoy necesitando eso. Y vos tenés más cartas que yo abajo de la manga.

—Pará, me estás cargando. Yo, ¿más cartas que quién? Si no tengo nada… —la palabra “carta” lo ponía muy nervioso. Eso no se lo quiso contar a Tris.

—Tratá de mirarme fijo sin asustarte. Yo me miro al espejo, ya me acostumbré, pero a veces me daba miedo lo feo y deforme que soy, parezco un sapo trasnochado. Pelado me estoy quedando desde los quince, por eso me dicen Kojak. Si además le agregás que soy un antipático, con ácido en el estómago, que vivo encerrado en el sótano y que me caliento cuando me distraen de lo que estoy escribiendo o leyendo, entonces sí que tengo caso para ser “el amargo”. Pero vos, si te mirás, nada que ver. Usá el espejo, pedazo de un zapallo. Y si no, te presto uno. Sos lindo pibe, alto, flaco. Tenés esos ojos de chino que, si en vez de andar con la cabeza agachada, las mirases bien a los ojos, las matarías. Atendete lo que dice Fredo…

—Uh, no me banca.

—Es un nariz para arriba, ya sé. Pero siempre se fija en todo, piensa en todo. Aunque no lo creas, también piensa en vos. Nunca da puntada sin hilo, y tengo que reconocerle que cuando el flaco ese habla, es porque sabe. Dice que ese matorral de pelo que tenés, si te lo podaras y emprolijaras un poco, serías un langa; de la onda que quieras, pero langa al fin.

Moro se refregó las manos por el pelo. Como pensando hacerse algo.

—Además, vos que vas a la Rambla, haceme el favor de sacarte la remera y mostrar. Que te miren el físico. Esas remeras llenas de consignas políticas que ya nadie lee. Porque te aseguro, la gente de ahora ni lee.

—Pará, esta remera me la dio Tóbal el otro día, dice que me va a hablar…

—…esas remeras que no te sirven para nada, si las tiraras…

Tris ni escuchó el comentario del regalo de Tóbal y siguió con su propia línea de argumentos, mirándolo fijo a Moro.

—Si te sacás la remera y mostrás los ravioles que tenés, seguro que alguna te da bola.

—Bah, no me cargues, ravioles, si estoy más flaco… Hasta pasé hambre.

—Ravioles es como le dicen a la tabla de lavar, la barriga trabajada, con los músculos marcados. Te juro que los del trío de fierro te la envidian, la tenés así sin hacer nada. No como ellos, que se matan. A las mujeres les encanta, se enloquecen al ver eso. Pero claro, vos, te envolvés en trapos… Ahora entra el verano, el tiempo lindo, podrías hacerte ver sin problema.

—Pará, bestia, vos querés que se me tiren encima…

—Yo no digo que se te tiren encima, pero al menos, llamar un poco la atención. Te hace falta una novia a vos. ¿Entendés eso? Una novia, una mina que te banque, que te de vida.

—¿Y yo qué vida le voy a dar a ella?

—Mirá, no sigas. Los que saben, saben. Los que buscamos, por algo queremos. Yo me muero de ganas. Y fijate además que hasta Jagu, tan tranquilo siempre, me llegó a decir “cómo le hace falta una novia a Moro”. Y si no, miralo a Andy, lo bien que está con aquella.

(…)

Moro dio un paseo por el barrio. Picó tabaco y armó una chala. La luz del cigarrito le alumbró los pensamientos. Muchos amigos lo apoyan, lo aconsejan, dicen mucha cosa rara… Pero él va a ser él. Tiene casi diecisiete y va para adelante. Va a vivir, y mucho. Basta de lamentos. ¡A vivir, carajo!

Así que, a buscar una mina. Ya mismo. Sin intermediarios. Si no puede ser Susi, va a ser otra. Dicen que sobran…

Anduvo vichando a las chicas que pasaban. A alguna se animó a decirle algo. Trató de inspirarse copiando a alguno de sus amigos más atrevidos. Pero claro, si hay varios que se atreven. Se acordó de aquella tarde que recorrieron todo el barrio con Malik. A ser más deslenguado, a no importarle decir cosas.

Cuando estaba sentado en el banco de una plaza, Moro se animó a gritarle “¡Adiós, Daniela!” a una que pasaba, que se dio vuelta para hacerle una carita.

No supo que justo Susi pasaba por detrás. ¡Se puso celosa!


Extraído de Amigos orientales, disponible en Amazon y librerías.

Una luz

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Moro fuma recostado contra la puerta de los apartamentos donde vive. En eso, sale Andy. Un vecino y amigo con el que tiene mucho en común. A los dos les faltan padre y madre. Y sin embargo, Andy siempre parece como recién llegado de otra galaxia, lleno de novelería. Moro se incorpora para recibir un abrazo muy efusivo con sonrisa de regalo.

—¿Qué me contursi, compañero? Mirá que arrancó el cuadro con un muy buen partido, ¿eh?

—Ni un gol metimos…

—Pero arrancamos muy bien, pibe. Mirá que atacaste y atacaste, ¿eh? Mucho más que yo y Paco. Así se hace. Vas a ver que el próximo partido mojás —le guiñó un ojo bandido como si supiera algo más.

—Ay, Bicho, Bicho, Bichito de Luz… Vos sí que sos un amigo rebueno, siempre me ponés ficha. No sabés lo que es llorar, andás contento todo el tiempo. Vivís en una piecita de porquería como yo y ni te importa, igual llevás amigos. Cuando pasás por el pasillo siempre me invitás a ir a donde sea. ¿De dónde sacás toda esa alegría?

—Tiene que ser así, pibe. Además, ¡la tengo a la Pili! ¿Viste? Una colosa. El Padre Pío me la mandó del cielo. Salado.

—Tal vez precise una novia…

—¡Más bien, bo! Es como dicen. “No se puede vivir sin amor”… —Andy cantaba imitando a un guitarrista con las dos manos—. Y mirá que alguna te anda echando el ojo, pibe, ¿eeeeh?

—¿En serio? —Moro no se imaginaba que las chicas lo mirasen.

—En las tribunas, el otro día, muchas copaditas con Amir, pero las sentadas en la otra punta, las que esperaban nuestros goles, nos fichaban abierto a nosotros, ¿eeeeeeh? Hay una, Susi se llama, que es amiga de Pili. Retipa, macanudaza. Bueno, che, me voy que estoy llegando tarde, quieren que toque en un cumpleaños, tengo que buscar una ropa que me prestan. Me voy corriendo, si no voy a llegar cuando soplen las velitas del nene. Te veo, bo.

Andy ya se alejaba, pero antes se dio vuelta y le hizo gestos de que tirase lejos el porro, que estaba loco al seguir fumando esa porquería.


Extraído de mi libro Amigos orientales, disponible en Amazon y librerías.

La imagen es de una púa de guitarra Firefly (“luciérnaga”, “bichito de luz”). Crédito: http://www.thinkgeek.com/product/jhvp/

El de ajuera

Paisanito
Alvarito se levantó como todos los domingos. Se lavó la cara, se vistió y salió a la calle. Iba a la panadería a comprar bizcochos. Pero tenía que mirar bien para un lado y para el otro; esa enorme avenida era un peligro los fines de semana, porque cuando estaba vacía era cuando pasaba algún demente a más de cien por hora.

Los gurises del interior se las ven de figurillas para manejarse en la selva de cemento. Y a veces se sienten muy extranjeros en su propia tierra. Porque, a diferencia de los inmigrantes venidos de muy lejos, que ya saben perfecto que tienen que adaptarse a absolutamente todo de nuevo, los del interior sienten que están en un trozo de lo que se supone sea el mismo paisito chico de siempre, pero con cosas que nunca se habían imaginado que existían. Las enormes extensiones del vacío campo uruguayo insumen horas para desplazarse de un punto a otro; pero acá, en un trocito de tierra mucho más chico que una estancia, todo el tiempo te tropezás con gente apurada. Una gente que habla el mismo idioma, pero con otra lengua. Las caras son las mismas, pero distintos los gestos. Todos usan ropa, obvio, nadie sale desnudo a la calle, pero te sacan de lejos si sos pajuerano, porque te vestís raro. ¿Raro? Raros son los skaters, los planchas, los surfistas, los emos, los metaleros. Los que se hacen tatuajes hasta en la cara. Los que se pinchan piercings y porquerías de metal por cualquier lado. Pero, claro; un gurisito con la cara lavada y el pelo peinadito prolijo, es raro, ¿vio? No es un bicho de esta selva. Porque además, podrá ir de termo y mate a todos lados, como un vecino montevideano de ley que va a la rambla o un parlamentario trajeado que se sienta a charlar con los periodistas. Pero, si además de termo y mate, usa boina, ¡zas! Ya está. Canario a la vista. Aunque el Paisa no sea canario, sino floridense a mucha honra.


Este paisanito es uno de los personajes secundarios de mi libro Amigos orientales, disponible en Amazon y en librerías.

Los pibes fatales

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Los amigos siguen con sus andanzas. Correteando por las hojas del autor y también por las calles. Cuando son adolescentes, pueden pasar largos ratos de abandono, para de repente saltar y correr sin frenos. Así es como nacen tramos enteros de esta historia.


Moro estaba solo y pobre. No tenía dinero, pasaba hambre. Los amigos le llevaban comida y se quedaban a hacerle compañía; querían estar seguros de que se alimentara. La que era un hada con sus manos era Pili; con ingredientes muy sencillos le hacía cosas ricas que se veían muy apetitosas. Moro las disfrutaba como si fuesen el mejor banquete.

Un día, Pili había tenido que acompañar a la abuela al médico y mandó en su lugar a Susi. Moro se derritió al abrir la puerta y ver que estaba ella del otro lado. Por fin la veía bien cerquita. Cara de muñeca, no se ven así a cada rato. ¡Qué ojos verdes más lindos! Como piedras preciosas que no puede tocar.

—Hola, Moro. Me pidió Pili que te trajera esto.

—Ay, muchas gracias. Vos sos Susi, ¿no?

Ella puso una carita sonriente en señal de aprobación. Moro se volvió a derretir.

—¿Querés quedarte a comer conmigo?

—Perdoná, pero me tengo que ir.

—Susi, por favor…

—Pasa que estoy apurada, ¿sabés? Cuidate. Te va a gustar.

Moro no sabía si reír o llorar.

Devoró esa comida riquísima. Se tiró en la cama. Su cabeza perdida en divagaciones.

Cuando casi se había dormido, golpean a la puerta.

—¿Quién?

—Yegoyó. ¡Chupágil!

—Nooo, lo que me faltaba. Borrate. ¡Salí!

Malik, ese pibito que balbuceaba el español, tanteó la puerta y entró.

—Salíbó. Sisomacho.

—Qué, ¿ahora aprendés a hablar del Pepe, vos? Copiás de cualquiera. Andá, chanta.

—Pepetopu. Yochoma.

—Qué choma ni macho, vos. Machomenos.

—Dalebó. Salimo. Bamoefarra.

—Naah, qué farra. Vos sos pura labia. No levantás nada. Ni con cucharita.

—Mirásoimacho. ¿Kerépiña?

Moro y Malik se trenzaron. Casi vuela alguna piña. Forcejearon. Bobearon. Grandullonearon. Jugaron. Bromearon. Rieron. Salieron a caminar por ahí gritando cosas. Chamullaron a todas las chicas que veían pasar. Los vecinos miraban. No entendían.

Moro despertaba de su depresiva soledad.

¿Quería que Susi lo viera y se pusiera celosa…?


Extracto de Amigos orientales, disponible en Amazon y en librerías.

Amigos a escena

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Es increíble lo rápido que suelen suceder las cosas. No estaba preparado para verlo ya, tan rápido. Pero ahí los tuve, delante de mí. Cuatro adolescentes actores interpretando a mis personajes.

¿Cuándo? Hace una semana.

¿Dónde? En el Colegio Seminario, institución a la que asiste mi hija desde hace años.

¿Por qué? Tiempo atrás, presenté mi libro ante las autoridades del colegio, quienes lo derivaron al área de idioma español. El equipo docente organizó un taller de teatro y también realizó una labor de estímulo a los alumnos de primero de liceo. Estímulo a leer y también a investigar quién era el autor del texto. Los resultados se vieron el martes pasado, en un evento que duró una hora y media. Ya mismo te cuento los detalles.

El auditorio estaba lleno, casi 150 chicos de unos trece años. En primera fila, además, me acompañaban mi esposa y mi hija. Comenzó el evento con la puesta en escena de las primeras páginas de Amigos orientales. Amir, el Paisa, Tóbal y Andy se desenvolvieron en el escenario con mucha soltura, despertando risas y comentarios del público. (Es una pena que, por motivos de privacidad de los menores de edad, no se pueda publicar aquí la fotografía, pero así son las cosas).

Yo estaba realmente emocionado en mi butaca; sentía que mis personajes se convertían en personas. Al terminar la breve representación, hasta me daban ganas de abrazarlos. Pero no los quise cohibir delante de sus compañeros, y permití que el evento siguiese su curso normal.

La docente que animaba la reunión me presentó como autor. Antes de invitarme a pasar al podio, les preguntó a los alumnos qué habían averiguado de mí. Sabían que era arquitecto, que me gustaban los idiomas, que mi hija era alumna (“grande”) del colegio. Sí, habían averiguado quién era yo, una suerte de mini-taller de periodismo cultural.

Cuando finalmente pasé a hablar, no me extendí demasiado. Preferí dar cabida a las preguntas de los alumnos. Y ahí comenzó la verdadera fiesta. No miento: como mínimo 50 (sí, cincuenta) alumnos se animaron a levantar la mano y preguntarme, micrófono en mano, los temas que les causaban curiosidad. Sobre la obra, los personajes, el proceso creativo, la inspiración, valores, inquietudes, todo lo que te imagines.

Esa hora y media pasó volando. La inquietud mental de esos chicos fue algo fabuloso. Como si ellos mismos me hubiesen orientado para hacer la que fue, desde mi punto de vista, la mejor presentación del libro después de su lanzamiento.

Vaya mi agradecimiento al Colegio Seminario, a sus docentes y alumnos.