Etiqueta: Amigos

La cabeza agarrada

sadguy

Gonza estaba muy enojado. Fredo lo miraba incrédulo.

—Fredo, quería que me ayudaras a pensar algo, si no te queda mal.

—Bueh. Dale. Tirá. ¿Quién fue…?

—Moro. Lo encontraron tirado en la calle, de madrugada. Drogado hasta las patas.

—Uuuuuh, ¡qué feo! ¡Noooo! —Fredo se agarró la cabeza, los ojos desencajados, como con ganas de caerse muerto—. ¡Justo Moro, que nunca mató una mosca!

—Paco lo tuvo que sacar de la comisaría. Ahora se debe de estar despertando, Andy le está haciendo el aguante. Cuánto te apuesto que Moro ni se acuerda de lo que pasó.

—Está bravo esto…

—Hacía días que nadie sabía nada de él.

—Pero, ¿alguien sabía que se fumaba…?

—Antes, aunque debe de haber probado muy poco, casual. Pero esto de ahora fue un reventón. Un bajón mal. Por la madre, ¿entendés? Enojado con la vida. Sin nadie que lo frene. Es horrible.

Gonza cerró los ojos, respiró, y siguió. Fredo quedó en blanco.

—Vamos a tener que hacer algo.

—Ah, sí, qué fácil.

—Fredo, vos sabés muy bien lo que vale un amigo, ¿no?

—Obvio, macho. ¿Qué haría yo sin vos? ¿Y vos sin mí?

—También sabés lo importante que es tener una familia atrás.

—Más bien. Te rebancan.

—Moro ahora no tiene a nadie. ¿Te pusiste a pensar? A nadie. Solo nosotros.

Fredo empezó a ponerse nervioso.

—Y yo, ¿qué querés que haga? Tenemos cero onda. Moro es como una piedra. Ni habla.

—Justo por eso. No lo podemos dejar solo. Nos vamos a tener que turnar.

—¿Eh?

—Entre todos, no nos va a costar tanto. Pero todos tenemos que ponernos.

—Pará, macho. Si Moro está sin guita y precisa morfar, le llevo milanesas al pan, lo que sea. Pero que se maneje.

Gonza lo miró muy duro. Tomó aire y empezó a hablarle de otra manera.

—Fredo, vos pensá. Sabés lo que es perder todo, lo material, esa historia te la contaron, ¿eh?

—Ni me lo repitas. Obvio que sé. Hasta me acuerdo yo de cosas que perdí. Paaaah, casi seis años tenía cuando tuvimos que dejar esa casa…

—Imaginate, además, perder a tu padre. Y a tu madre. Y a tu abuelo. Y también a tu tía.

—Noooooo, no podés…

—Y también imaginate que tus hermanos que viven allá lejos no te dan ni la hora. No tenés pasaporte para irte, no tenés plata para pagarte pasaje, nada. Vos solo, acá, en la calle.

Fredo escuchaba con los ojos mirando para abajo.

—Después de pasarte todo eso, ¿qué pasa si, además, yo, Pedri, y todos los demás del cuadro te damos la espalda? “Que se maneje”. ¿Eh?

—¡Me muero muerto!

—Bueno. Seguite imaginando, de ahí para abajo.

—No puedo…

—No necesitás seguirte imaginando nada más. Andá a verlo a Moro, y vas a ver lo que es todo eso junto, y peor.

Fredo se restregó las dos manos por los ojos, que le quedaron rojos. Levantó la mirada como un perro mojado.

—’Ta bien. Te prometo que voy a ayudar. No sé cómo, pero voy a hacerlo.

—Más te vale.

En eso, llega Amir, mientras Fredo y Gonza seguían de lo más enfrascados.

—Está complicado esto de Moro. Tenemos que pensar algo más.

—No se me ocurre nada que vos no hayas dicho ya.

—Paren. Tienen que ver a Moro. Ahora. Recién.

—¿Qué otra hizo ahora? —Gonza temía escuchar algo peor.

—Está con Malik.

—¿Cómo? —Fredo y Gonza comentaron al unísono.

—Yo le hablé a Malik. Le dije “andá a verlo”.

—¿Malik? ¿A qué?

Gonza se acordó de aquel viejo juego de manos.

—Entonces querés decir que…

—Hace rato. Cerca del mercado. Un baldío. Vengan.


Extracto de Amigos orientales, de próxima aparición.

Amigos orientales, a un año del blog.

Hoy hace ya un año que comencé a escribir en este blog. Te doy las gracias a vos por seguirme siempre. Por alentarme a seguir. Me acompañaste a lo largo de este apasionante año. Sumaste a mi experiencia, a mis expectativas, a mi sentir. Como decís por acá: gracias por hacerme el aguante. O, como se dice por todas partes: te agradezco por tu compañía, hermano.

Este blog, con el que tanto me acompañaste, es apenas la parte visible de lo que me pasó todo este tiempo. Una vidriera de ideas, inquietudes, aspiraciones y gustos culturales. Mientras tanto, yo seguí ocupado tras bambalinas en un trabajo que ya había comenzado hace casi tres años. El resultado de todo este tiempo de labor es mi primer libro, Amigos orientales. Acá te muestro (buena parte de) la portada:

Amigos orientales se abrazan

Se divide en cuatro capítulos, uno para cada protagonista. Ambientado en un tradicional barrio de Montevideo, Amigos orientales te cuenta las andanzas de los cuatro pibes que ves en la imagen: Moro, Fredo, Gonza, Amir. Los acompañan en todas sus amigos y compañeros de cuadro: Andy, Jagu, Tris, Tóbal, Paco, Pedri y el Paisa. Sí, los ONCE orientales (la mayoría, uruguayos) que juegan al fútbol. Pero el fútbol es apenas un pretexto para que se junten. No es (solo) una novela sobre fútbol, es sobre la vida misma.

Forma parte de ONCE relatos del juego de la vida, un proyecto más ambicioso que me ocupa desde aquel lejano octubre de 2014, con mucha ilusión. Está imaginado y escrito por un adulto con adolescentes en su familia. Un adulto que también supo ser adolescente. Ahora sale a la calle y a la cancha este equipo de personajes, listo para darse a conocer. Con todas las cosas que les pasan, se les ocurren, inventan, cómo se la juegan por lo(s) que quieren…

Ya sé que los adultos van a disfrutar de muchas de sus páginas. Porque es seguro que vos, que ya peinás canas, también te vas a acordar de aquella vez que…

No te lo pierdas. Ya está en imprenta. Muy pronto en librerías.


Ilustración de Juan Pablo Zorrilla.

Uno para dos y dos para uno

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—Fredo, ¿qué pensás hacer con todo esto?

—Está bravo, Gonza. No sé, macho, son muchas cosas todas juntas. Como que… qué se yo… Quiero saber ya mismo todo lo que preciso saber, para poder hacer todo lo que quiero hacer. Me muero de ganas… pero no quiero que me pase nada de todo eso horrible que me dijo el viejo, y quién sabe cuántas cosas más que te podrán pasar —la voz de Fredo no era de miedo, sino de decepción, aunque con un dejo de determinación.

—Vos hablá con los que saben. Seguí hablando con tu padre…

—Ya le volveré a hablar cuando se enfríe más esto. Anoche estaba muy caliente conmigo. Mal. Ah, atajate esto. Después que terminó de decirme de todo, me dejó solo, pensando. Me dijo que no tocara ni la tele, ni la play, ni el celular. Que tenía que pensar.

—Te bajó el acelere.

—Antes de cenar, fui a pedirle perdón, pero me frenó.

—¿Eh? Seguir leyendo “Uno para dos y dos para uno”

Apagón con (des)conexión

iluminacion-faroles-antiguedades-18311-MLU20153269175_082014-YQuienes vivan inmersos en la modernidad tecnológica, tal vez se sorprendan de saber que todavía hay apagones, cortes de luz, interrupciones del suministro de energía eléctrica, o como les quieran llamar. Pero sí, existen. Hoy de mañana fue sorpresivo. A veces, son parte de un programa de mejora de infraestructura. En el pasado, hasta eran programados.

Estoy hablando de fines de los años 70, épocas de encarecimiento del petróleo, carencias de infraestructura energética, y otras yerbas que no vienen a cuento. Lo que sí les cuento es que en mi barrio tocaban apagones los domingos. Las familias preparaban sus faroles a mantilla, sus velas, sus braseros, sus estufas a leña. Todo lo que diera luz por combustión servía. Y por consecuencia tenía que toda la familia se reunía, como adorando el fogón. Porque ya fuera carbón o vela, no había novela en la televisión. Les confieso: me encantaba jugar con el sebo de las velas.

Hoy nos volveríamos locos. Pero en ese entonces, nos organizábamos un poco. Nada de entretenimientos electrónicos de ninguna especie. Apenas alguno que se animaba a leer o escribir a la luz del farol, si era suficiente. Pero la mente no descansaba. Muchos cuentos se contaban, muchas anécdotas llenaban las bocas. Las personas serían pocas, pero la curiosidad era grande. Porque siempre se aparecía algún nuevo-viejo cuento, algún olvidado pariente, algún recordable amigo en la narración.

¡Qué recuerdos de apagón!

¡Qué nochecitas con emoción!

Le decían Calonga

Esta es la reproducción textual de un hermoso relato de la vida real.


Hay personas de las cuales se recuerda solamente el apodo: su nombre no importa. En el recuerdo quedan su bondad llena de anécdotas y su imagen física. En la vida de “El Calonga” quedaron perdidas las riquezas y una historia de amor desgraciado, pero de ellas prefiero no hablar… Seguir leyendo “Le decían Calonga”

Sufrido pesar

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Detalle de El Descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden (1435).

Una necrológica municipal. Un lugar vacío adonde no va nadie. Pero los amigos sí que fueron.

Moro les pidió para estar primero él solo.

—Déjenlo tranquilo. —Tris sabía que Moro no quería que vieran sus lágrimas.

Entró a ese lugar, donde el cajón descubierto lo hizo estallar en llanto. Moro pegó con los puños en la pared mientras seguía gritando y llorando. Todos se pusieron muy nerviosos con ese olor a plástico quemado y pétalos mustios. No era normal.

—¡Así no! ¡Este pibe se terminó de enloquecer! —dijo Pedri, ofuscado.

—Esto no me gusta. Voy a entrar ya mismo —dijo Tris, más enojado.

Gonza apartó con sus brazos grandotes a los demás. No se podían apurar a entrar. Tris lo conocía más, sabía lo que hacía. Cuando entró, vio a Moro tirado en un rincón, tapándose la cara con las manos. Frente al cajón había una gran corona de claveles rojos; en donde habría estado la cinta con el nombre, las flores estaban chamuscadas.


De a poco fueron entrando los demás.

Cuando hay duelo, uno tiene que hacer lo que siente.

El Paisa, con toda sencillez, se acercó al cajón, se santiguó, estuvo unos instantes con la cabeza gacha, los ojos semicerrados. Hizo una reverencia cortita, volvió a santiguarse y se apartó.

Casi todos se fueron persignando, algunos sin ganas. Les preocupaba más el dolor de Moro.

Pili les dio la mano a Andy y a Jagu. Con candor pronunciaron la plegaria a Dios y a la Virgen del Pilar, por el descanso de esa alma. Después, hicieron silencio.


Nadie se inmutó con lo que había en el cajón, justo al lado del rostro de la difunta.

Un clavel del aire.

Moro sí se imaginaba quién lo podría haber traído. Alguien que no tenía ni para comprar una margarita.

¿Gabi?

¡Cobarde! Entró, miró y voló. Antes que todos. ¿Cómo supo?

No.

Mejor dejar las cosas así. No preguntes nada. No cuentes nada.

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Voyage, voyage

La puerta gastada de ese apartamento se abrió de golpe. Andy cantaba a voz en cuello sus baladas rockeras. Cara de copado. Amir se sorprendió al verlo aparecerse así. Andy, como siempre, con su sonrisa contagiosa, extendió la mano para adentro.

–Pasá, bo. Sentate donde quieras.

Amir entró, se sentía medio raro. Los ojos muy observadores recorrían todo, como queriendo tocar algo. El lugar era chiquito, los muros hacía años que no se pintaban, pocos muebles, casi nada de adornos. Andy desapareció por la puerta del dormitorio; en las paredes, parecía que un mar de grafitis diminutos hormigueaba como queriendo seguirlo.

–¿Te gustó la música que te puse ayer? Tengo otra parecida, tenés que oírla, bo.

Entre medio de los grafitis sobrevivían una foto, dos pósters y la cubierta de un disco. Cómo falta un padre acá, pensaba Amir. Pero el pobre Andy no tenía la culpa. Volvió a aparecer, siempre cantando, a buscar una toalla tirada en la mesa.

–Sentate, no te quedes parado ahí. Mirá que voy a tardar. Tomá, bo, escuchate algo, apretá acá –y le dio los auriculares.

Amir no atinó a oír esa música bochinchuda. Tenía la mirada clavada en una de las caras de la pared. Andy le captó en el aire su curiosidad.

–Ah, le copaba a mi vieja. Voyage, voyage. Quiere decir viaje, es en francés. Yo, ni idea, bo. Siempre soñaba con viajar. La cantaba a cada rato. Pero no está tan buena como las que ponía mi viejo. ¡Esas sí que son potentes, bo!

Es tal cual, le falta el padre. Y la madre. De ella, solo queda esa cubierta que ni siquiera la muestra. Es una cantante rubia, mirando de costado, con el pelo bien corto. No usa velo.

(Disponible también en Wattpad)