Etiqueta: Traducción inglés-español

RGPD para traductores

RGPD imagenUna vez más, mi colega holandés Pieter Beens me abre la oportunidad de una colaboración. Esta vez se trata de algo técnico y jurídico como es la protección de datos a nivel europeo (y mundial, no te creas que estás afuera). Hay varios artículos publicados en blogs sobre esta temática; aquí va algo un poco más enfocado a traductores y agencias de traducción.

Dentro de muy pocos días, muchas empresas en todo el mundo estarán listas para el momento en que el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) entre en vigor. Tanto las agencias de traducción como los traductores autónomos deberán estar listos para implementar también las normas del RGPD pero, especialmente entre los traductores autónomos, es sorprendente la falta de interés o conocimiento de este asunto tan complicado. ¿Qué es realmente el RGPD y qué deberán estar dispuestos a hacer los traductores? Seguir leyendo “RGPD para traductores”

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Convicciones morales en traducción

Vertaalt_nu-Pieter-Beens

Un colega holandés, Pieter Beens, escribió este interesante artículo en inglés. Me autorizó a verterlo a mi lengua nativa y asumo el desafío. Me tomé la libertad de adaptarlo a mi modo para transmitir la esencia del mensaje (y que conste que, al hacerlo, pude caer en los mismos dilemas que se narran en el artículo).


A menudo, si sos tratuctor te enorgullecés de traducir la obra de tu cliente, sin importar tus propios valores y apreciaciones. Pero ¿de verdad podés lograr una traducción sin considerar otros valores? Dos proyectos recientes te hacen pensar hasta dónde una traducción puede ser «libre de valores».

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Cómo cambia la moral con la lengua (I)

Moral typewriter

Es increíble cómo puede cambiar la moral en una lengua extranjera. Un artículo de Scientific American por Julie Sedivy que encontré en la web procura desentrañarlo. Asumiré el desafío de traducirlo, a cuenta de la dificultad que esto entraña.

¿Qué define lo que sos? ¿Tus hábitos, tus gustos estéticos, tus recuerdos? Si te aprietan, vas a decir que, si alguna parte de vos que está en tu núcleo, que sea imprescindible en lo que sos, entonces es tu núcleo moral, tu sentido profundo del bien y del mal.

Y sin embargo, como le sucede a otra gente que habla más de un idioma, a menudo tenés la sensación de que sos una persona un poco distinta en cada idioma: más resuelto en inglés, más relajado en francés, más sentimental en checo. ¿Es posible que, además de estas diferencias, tu brújula moral apunte a direcciones un poco distintas según la lengua que estés usando en ese momento?

Próxima semana: la psicología estudia este fenómeno.

Identidad y escritura (VI)

Boy making a funny face

En la entrega anterior se veían las diferencias entre el decir y el escribir. Entre la ley y la justicia. Entre el «yo» escrito y el hablado.

¿La voz de quién tiene permiso para hablar? Solo la tuya. En las novelas de Beckett, el lector está perdido y confuso, entreverado en un embrollo de palabras que parecen concebidas para ser inhóspitas y excluir, acompañando algo que dice su incuestionable «yo digo yo» mientras que prohíbe cualquier identificación… hasta que te das cuenta de que la extraña voz fastidiosa que a veces se menciona, la que le dice a la gente qué hacer, la que está constantemente intentando llegar a un final pero nunca es capaz de parar de hablar por sí misma, es la misma voz que ha estado en tu cabeza todo el tiempo mientras leés. Es chocante, pero hay un sentimiento de alegría al mismo tiempo. Lo que distingue a la escritura real de la declaración legal o de la lista de lavandería es su capacidad ocasional de provocar un tipo de alegría, incluso en evocaciones de tristeza, soledad, miseria, pérdida, represión y horror, el mero placer de algo enteramente ajeno e íntimo, de una voz que es de todos y de nadie y tuya, ahí con vos en tu soledad, de lengua en el infinito de su juego y sustituciones, un momento de la libertad que todavía está por llegar.


Ver aquí el original en inglés.

Gracias a todos por seguir esta serie de traducciones.

Identidad y escritura (V)

Written justice

En entregas anteriores se viene reivindicando el derecho a escribir sobre lo que no se conoce, sobre lo que uno no es.

En su obra La farmacia de Platón, Derrida anota que «el sujeto hablante es el padre de su habla […] El logos es un hijo, pues, y que se destruiría sin la presencia, sin la asistencia presente de su padre. De su padre que responde. Por él y de él. Sin su padre no es ya, justamente, más que una escritura». No hay habla sin su anclaje en la persona que habla y su presencia física, pero en la escritura («signo sin aliento») siempre sucede que el autor simplemente no está ahí, incluso si tuviera una cuenta de Twitter activa. La escritura persiste sin su creador; lo que se te presenta es el texto, algo enteramente diferente. Si hablo y digo «yo», entonces ya sabés quién dijo la palabra; pero por el contrario, el «yo» escrito siempre es indeterminado, un enredo de mentiras y fantasías e ironías y pretensiones, es una persona como vos a medio mundo de distancia, la persona que sos vos, una cosa inmortal y cambiante. Si hablás y alguien interpreta lo que dijiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió es un malentendido; pero si escribís y alguien interpreta lo que escribiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió se llama literatura. La demanda de legitimar cualquier texto con la autoidentidad de su autor es la demanda de un texto que se comporte más bien como el habla. Y no cualquier habla. La escritura que responda a esa demanda es escritura «testimonial» o «confesional», y el lugar en el que tienen lugar los testimonios o confesiones es un tribunal. En la sala de un tribunal domina el logocentrismo; la preferencia la tiene una persona hablante, cuya verdad está garantizada por un juramento dicho, quien está presente para hablar y responder por sus propios dichos. Aquí el discurso no es de justicia, en el sentido estricto, sino de ley. Es la ley que, en primer término, exige saber quién es una persona antes de decidir qué hacer con ella. No se trata necesariamente de conceptos opuestos, pero no son lo mismo. La ley se puede deconstruir, la justicia no.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

Identidad y escritura (IV)

impossible man pushing up rock mountain

Veíamos en la entrega anterior la cantidad de personas consideradas «minoritarias» que se supone que escriban sobre sí mismas, o sea, que parecerían no tener derecho a escribir sobre «otros».

Pues bien: si debe de haber una regla, entonces que sea que no escribamos solo lo que conocemos. Si no escribimos sobre una ignorancia aparte de nosotros mismos, al final todo lo que queda es un yo mudo, rechinante, desamparado. No existe ninguna escritura que sea solo legible para gente que ocupe una determinada posición-sujeto y que haya sido creada por esa misma gente; sí existen experiencias que son únicas e inconmensurables, incluso incomunicables. Pero si este fuera el caso, entonces no habría posibilidad de escribir sobre ellas, porque cualquiera con entendimiento ya las sabría de antemano.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

 

Identidad y escritura (III)

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En la entrega anterior se trataba sobre los escritores profesionales, sus oportunidades en el mercado editorial, sus diferencias con el público al que sirven. Existe, es cierto, una tendencia a borrar esas diferencias.

Pero en vez de esto, en aquellos discursos que buscan la justicia como finalidad existe una tendencia a la subdivisión demográfica y selectiva en el campo del entendimiento humano. Así, los escritores afro deberán escribir sobre celebridades, música y experiencias afro; las escritoras pueden y deben escribir sobre feminismo, estilos de vida, tendencias y experiencias femeninas; las trans deben escribir sobre sus propias experiencias; los hombres musulmanes sobre sus experiencias (y las mujeres musulmanas sobre las suyas propias); los discapacitados sobre sus experiencias. En una publicación abiertamente feminista interseccional, las mujeres tienen acceso a una «encuesta de identidad», un cuestionario horrendo en donde se les pide que detallen todas las experiencias terribles a las que hayan sobrevivido y, a continuación, se les indica que las escriban en forma de breves artículos compartibles e intercambiables por jornales de 90 dólares. Me violaron, viví una relación abusiva, me hice un aborto, sufrí; como una minería a cielo abierto de identidades vendibles, una especie de acumulación primitiva sobre el territorio del trauma. Mientras tanto, el sujeto universal, el único que no necesita sufrir para que lo escuchen, sigue siendo blanco y masculino. El derecho de las mujeres negras a escribir sobre Beyoncé es importante, sí; pero también se supone que sean capaces de escribir sobre ecología de los fondos oceánicos, sobre filosofía kantiana, sobre la escritura en sí misma y sobre lo que no se sabe. Mientras que hay tantas personas que lo hacen, la subrepresentación de escritoras de otras etnias, trans y otras personas marginadas que se dedican a escribir sobre oceanografía, idealismo alemán, deconstructivismo e ignorancia es mucho más pronunciada. Es abrumadora la cantidad de hombres blancos a los que se les brinda la oportunidad de ser «otros», de no tener que decir todo el tiempo «yo»; y esto es así, porque la validez de su identidad ya está asegurada desde el vamos, porque el mundo ya está escrito a su imagen. Y mientras que para toda persona es esencial la capacidad de poder declararse frente a un mundo que preferiría que no lo hiciera, el dogma de que escribir puede y debe ser solo una autodeclaración abandona a las personas marginadas en su condición. La crítica a esto es muy limitada: dentro de este discurso se hace evidente que son la presencia y la particularidad del «yo» que legitiman la escritura, que la hacen adecuada o inadecuada, que la convierten en presencia o en ausencia de otra cosa. Y esto no ayuda en nada.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.