Etiqueta: Adolescencia

¡A izar la bandera! (¡Gracias por dejarlo todo en la cancha!)

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6 de julio de 2010 (página de mi diario)

Estoy escribiendo esto y me emociono hasta las lágrimas. No quiero que mis amigos me vean así. Porque también me pasó hace un rato, viendo cómo perdíamos. Los holandeses casi nos llenan la canasta, de no ser por nuestro gol en la hora, pero ni con eso alcanzó. Adiós final. Adiós copa. Casi me tiro al piso a pegar con los puños. Lloré frente la tele como el peor.

La tele. Me la regalaron el mes pasado, cuando cumplí los diecisiete. Gracias a ella puedo ver muchas cosas que sino, no podría. Porque estoy en esta silla de ruedas desde los trece. Mejor ni acordarme de aquello que me pasó. Seguir leyendo “¡A izar la bandera! (¡Gracias por dejarlo todo en la cancha!)”

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Diario de mi casa

Diario de mi casa

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El cenicero está vacío en el medio de la mesa ratona. Papá dejó de fumar hace años. Mamá siempre se quejaba del olor a toscano. Ahora la alfombra está divina, bien tersa y con olorcito a lana. Da gusto tirarse y revolcarse. Uno de los gustos que me doy en casa.

Todavía no llegan papá y mamá. A veces se demoran, cuando hay tráfico para volver del Centro. O cuando tienen que pasar a hacer algún mandado por Dieciocho.

Hoy cumplo veinte. Tal vez fueron a comprar algún regalo, o alguna otra cosa.

No festejamos mucho. Yo nunca fui muy de las fiestas.

Pero ahora estoy empezando a pensar en otras cosas. Conseguirme un trabajo, a ver si hago experiencia y empiezo a tener mi plata.

La plata. Esa cosa por la que tanta gente discute. Que hace tanta falta para vivir y darse gustos. Pero que algunos amontonan sin saber para qué. Seguir leyendo “Diario de mi casa”

Reseña de Amigos Orientales por Luna Paniagua

TAPA AMIGOS ORIENTALES
Qué hermoso regalo para la Navidad. Ayer se me apareció en redes sociales una amiga bloguera, Luna Paniagua, para decirme que había leído mi libro, hacerme un par de preguntas (claro indicio de que le interesaba mucho comprender a fondo el texto) y contarme que hoy salía publicada en su blog una reseña.

Muy agradecido y contento, esta entrada es un broche de oro para un año que me trajo algo magnífico. Porque el esfuerzo que significó escribir Amigos orientales, estudiarme el mercado editorial, conseguir ilustrador, mandarlo imprimir, presentarlo, distribuirlo… me ha significado una cosecha riquísima de lectores y amigos que me han venido acompañando de las más diversas formas.


Esta novela nos da a conocer a un grupo de amigos residente en un barrio de Montevideo, Uruguay. Son once adolescentes muy próximos a la mayoría de edad y de distintos orígenes. Todos ellos son integrantes de un mismo equipo de fútbol.

Escrito en español rioplatense y lenguaje coloquial. Oriental, en este caso, es sinónimo de uruguayo y de ahí su título: Amigos orientales.

Está dividido en cuatro partes, centradas en cuatro de los jóvenes: Amir, Moro, Fredo y Gonza. A través de ellos y de su relación con el resto del grupo el autor aborda temas propios de la adolescencia como la amistad, la incertidumbre hacia el futuro, la relación con los padres y, muy en particular, la revolución hormonal y el despertar de la sexualidad. Seguir leyendo “Reseña de Amigos Orientales por Luna Paniagua”

Una flecha

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Moro estaba sentado en el cordón de la vereda. Muy pensativo, seguía dándole vueltas a las confusas palabras de Amir. Significaba algo: tener pareja. Andar con alguien. O algo así. ¿Se le daría…?

Pasó Tris y lo saludó. Como Moro no le devolvió el saludo, Tris lo rezongó y le preguntó qué le estaba pasando.

—Ya sabés. Me pasaron cosas feas, por eso estoy mal. Siempre a mí.

—Moro, cortala con eso —Tris le hablaba muy duro, sin vueltas.

—No es broma. En el cuadro nos dicen “los amargos” a vos y a mí. Lo peor de todo es que es verdad.

—Vos no me estás escuchando. Atendeme, a ver si me seguís.

Tris se sentó al lado.

—De las cosas que te pasaron, no voy a opinar. Pero son cosas que “te pasan”, a todos nos pasan cosas. El asunto es cómo te las tomás. Y hay que tratar de estar bien uno, por uno mismo, para uno mismo. Si no, no te levantás más.

—¿Y qué querés que haga? ¿Cómo dejo de ser agrio?

—Perro, escuchame bien. A ver cuándo te sacás el balde y te mirás en el espejo.

—¿Qué tiene que ver eso?

—¿Qué tiene que ver? Yo te voy a contar qué tiene que ver. Tiene mucho que ver. Necesitás una mina que te levante el ánimo. Yo también estoy necesitando eso. Y vos tenés más cartas que yo abajo de la manga.

—Pará, me estás cargando. Yo, ¿más cartas que quién? Si no tengo nada… —la palabra “carta” lo ponía muy nervioso. Eso no se lo quiso contar a Tris.

—Tratá de mirarme fijo sin asustarte. Yo me miro al espejo, ya me acostumbré, pero a veces me daba miedo lo feo y deforme que soy, parezco un sapo trasnochado. Pelado me estoy quedando desde los quince, por eso me dicen Kojak. Si además le agregás que soy un antipático, con ácido en el estómago, que vivo encerrado en el sótano y que me caliento cuando me distraen de lo que estoy escribiendo o leyendo, entonces sí que tengo caso para ser “el amargo”. Pero vos, si te mirás, nada que ver. Usá el espejo, pedazo de un zapallo. Y si no, te presto uno. Sos lindo pibe, alto, flaco. Tenés esos ojos de chino que, si en vez de andar con la cabeza agachada, las mirases bien a los ojos, las matarías. Atendete lo que dice Fredo…

—Uh, no me banca.

—Es un nariz para arriba, ya sé. Pero siempre se fija en todo, piensa en todo. Aunque no lo creas, también piensa en vos. Nunca da puntada sin hilo, y tengo que reconocerle que cuando el flaco ese habla, es porque sabe. Dice que ese matorral de pelo que tenés, si te lo podaras y emprolijaras un poco, serías un langa; de la onda que quieras, pero langa al fin.

Moro se refregó las manos por el pelo. Como pensando hacerse algo.

—Además, vos que vas a la Rambla, haceme el favor de sacarte la remera y mostrar. Que te miren el físico. Esas remeras llenas de consignas políticas que ya nadie lee. Porque te aseguro, la gente de ahora ni lee.

—Pará, esta remera me la dio Tóbal el otro día, dice que me va a hablar…

—…esas remeras que no te sirven para nada, si las tiraras…

Tris ni escuchó el comentario del regalo de Tóbal y siguió con su propia línea de argumentos, mirándolo fijo a Moro.

—Si te sacás la remera y mostrás los ravioles que tenés, seguro que alguna te da bola.

—Bah, no me cargues, ravioles, si estoy más flaco… Hasta pasé hambre.

—Ravioles es como le dicen a la tabla de lavar, la barriga trabajada, con los músculos marcados. Te juro que los del trío de fierro te la envidian, la tenés así sin hacer nada. No como ellos, que se matan. A las mujeres les encanta, se enloquecen al ver eso. Pero claro, vos, te envolvés en trapos… Ahora entra el verano, el tiempo lindo, podrías hacerte ver sin problema.

—Pará, bestia, vos querés que se me tiren encima…

—Yo no digo que se te tiren encima, pero al menos, llamar un poco la atención. Te hace falta una novia a vos. ¿Entendés eso? Una novia, una mina que te banque, que te de vida.

—¿Y yo qué vida le voy a dar a ella?

—Mirá, no sigas. Los que saben, saben. Los que buscamos, por algo queremos. Yo me muero de ganas. Y fijate además que hasta Jagu, tan tranquilo siempre, me llegó a decir “cómo le hace falta una novia a Moro”. Y si no, miralo a Andy, lo bien que está con aquella.

(…)

Moro dio un paseo por el barrio. Picó tabaco y armó una chala. La luz del cigarrito le alumbró los pensamientos. Muchos amigos lo apoyan, lo aconsejan, dicen mucha cosa rara… Pero él va a ser él. Tiene casi diecisiete y va para adelante. Va a vivir, y mucho. Basta de lamentos. ¡A vivir, carajo!

Así que, a buscar una mina. Ya mismo. Sin intermediarios. Si no puede ser Susi, va a ser otra. Dicen que sobran…

Anduvo vichando a las chicas que pasaban. A alguna se animó a decirle algo. Trató de inspirarse copiando a alguno de sus amigos más atrevidos. Pero claro, si hay varios que se atreven. Se acordó de aquella tarde que recorrieron todo el barrio con Malik. A ser más deslenguado, a no importarle decir cosas.

Cuando estaba sentado en el banco de una plaza, Moro se animó a gritarle “¡Adiós, Daniela!” a una que pasaba, que se dio vuelta para hacerle una carita.

No supo que justo Susi pasaba por detrás. ¡Se puso celosa!


Extraído de Amigos orientales, disponible en Amazon y librerías.

Los pibes fatales

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Los amigos siguen con sus andanzas. Correteando por las hojas del autor y también por las calles. Cuando son adolescentes, pueden pasar largos ratos de abandono, para de repente saltar y correr sin frenos. Así es como nacen tramos enteros de esta historia.


Moro estaba solo y pobre. No tenía dinero, pasaba hambre. Los amigos le llevaban comida y se quedaban a hacerle compañía; querían estar seguros de que se alimentara. La que era un hada con sus manos era Pili; con ingredientes muy sencillos le hacía cosas ricas que se veían muy apetitosas. Moro las disfrutaba como si fuesen el mejor banquete.

Un día, Pili había tenido que acompañar a la abuela al médico y mandó en su lugar a Susi. Moro se derritió al abrir la puerta y ver que estaba ella del otro lado. Por fin la veía bien cerquita. Cara de muñeca, no se ven así a cada rato. ¡Qué ojos verdes más lindos! Como piedras preciosas que no puede tocar.

—Hola, Moro. Me pidió Pili que te trajera esto.

—Ay, muchas gracias. Vos sos Susi, ¿no?

Ella puso una carita sonriente en señal de aprobación. Moro se volvió a derretir.

—¿Querés quedarte a comer conmigo?

—Perdoná, pero me tengo que ir.

—Susi, por favor…

—Pasa que estoy apurada, ¿sabés? Cuidate. Te va a gustar.

Moro no sabía si reír o llorar.

Devoró esa comida riquísima. Se tiró en la cama. Su cabeza perdida en divagaciones.

Cuando casi se había dormido, golpean a la puerta.

—¿Quién?

—Yegoyó. ¡Chupágil!

—Nooo, lo que me faltaba. Borrate. ¡Salí!

Malik, ese pibito que balbuceaba el español, tanteó la puerta y entró.

—Salíbó. Sisomacho.

—Qué, ¿ahora aprendés a hablar del Pepe, vos? Copiás de cualquiera. Andá, chanta.

—Pepetopu. Yochoma.

—Qué choma ni macho, vos. Machomenos.

—Dalebó. Salimo. Bamoefarra.

—Naah, qué farra. Vos sos pura labia. No levantás nada. Ni con cucharita.

—Mirásoimacho. ¿Kerépiña?

Moro y Malik se trenzaron. Casi vuela alguna piña. Forcejearon. Bobearon. Grandullonearon. Jugaron. Bromearon. Rieron. Salieron a caminar por ahí gritando cosas. Chamullaron a todas las chicas que veían pasar. Los vecinos miraban. No entendían.

Moro despertaba de su depresiva soledad.

¿Quería que Susi lo viera y se pusiera celosa…?


Extracto de Amigos orientales, disponible en Amazon y en librerías.

Amigos a escena

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Es increíble lo rápido que suelen suceder las cosas. No estaba preparado para verlo ya, tan rápido. Pero ahí los tuve, delante de mí. Cuatro adolescentes actores interpretando a mis personajes.

¿Cuándo? Hace una semana.

¿Dónde? En el Colegio Seminario, institución a la que asiste mi hija desde hace años.

¿Por qué? Tiempo atrás, presenté mi libro ante las autoridades del colegio, quienes lo derivaron al área de idioma español. El equipo docente organizó un taller de teatro y también realizó una labor de estímulo a los alumnos de primero de liceo. Estímulo a leer y también a investigar quién era el autor del texto. Los resultados se vieron el martes pasado, en un evento que duró una hora y media. Ya mismo te cuento los detalles.

El auditorio estaba lleno, casi 150 chicos de unos trece años. En primera fila, además, me acompañaban mi esposa y mi hija. Comenzó el evento con la puesta en escena de las primeras páginas de Amigos orientales. Amir, el Paisa, Tóbal y Andy se desenvolvieron en el escenario con mucha soltura, despertando risas y comentarios del público. (Es una pena que, por motivos de privacidad de los menores de edad, no se pueda publicar aquí la fotografía, pero así son las cosas).

Yo estaba realmente emocionado en mi butaca; sentía que mis personajes se convertían en personas. Al terminar la breve representación, hasta me daban ganas de abrazarlos. Pero no los quise cohibir delante de sus compañeros, y permití que el evento siguiese su curso normal.

La docente que animaba la reunión me presentó como autor. Antes de invitarme a pasar al podio, les preguntó a los alumnos qué habían averiguado de mí. Sabían que era arquitecto, que me gustaban los idiomas, que mi hija era alumna (“grande”) del colegio. Sí, habían averiguado quién era yo, una suerte de mini-taller de periodismo cultural.

Cuando finalmente pasé a hablar, no me extendí demasiado. Preferí dar cabida a las preguntas de los alumnos. Y ahí comenzó la verdadera fiesta. No miento: como mínimo 50 (sí, cincuenta) alumnos se animaron a levantar la mano y preguntarme, micrófono en mano, los temas que les causaban curiosidad. Sobre la obra, los personajes, el proceso creativo, la inspiración, valores, inquietudes, todo lo que te imagines.

Esa hora y media pasó volando. La inquietud mental de esos chicos fue algo fabuloso. Como si ellos mismos me hubiesen orientado para hacer la que fue, desde mi punto de vista, la mejor presentación del libro después de su lanzamiento.

Vaya mi agradecimiento al Colegio Seminario, a sus docentes y alumnos.

Un amigo es una luz

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Te fui mostrando al más triste. Al más amargado. También, al más apagadito. Este con mucha fe, con luz interior. El mejor amigo del que te voy a mostrar ahora.

Andy tiene toda la pinta de un rockero rebelde, usa melena, toca música hasta muy tarde. Es deslenguado para hablar, espontáneo, ocurrente. Pero todo lo que te dice es así como lo dice.

Y también tiene mucha fe. Siente devoción por el Padre Pío, al que le debe muchos milagros, por ejemplo, estar vivo. Demuestra mucha alegría. Por esa razón, sus amigos le llaman “el bicho de luz”.

Así, con estas breves líneas, va culminando la presentación de los personajes que componen la serie ONCE relatos del juego de la vida.

Hago una pausa en los cuentos sobre la historia detrás de los cuentos. Y para la próxima te muestro adónde llegaron los amigos…

Amigo cohibido, fuerza interior

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En todos los grupos está el más tímido. Ese que se queda sentadito en un rincón. Porque le parece que si se instala más adelante va a molestar a los que son más expansivos, inquietos, dicharacheros.

La semana pasada te mostraba al más popular del grupo. Que además siempre tiene un celular en la mano. Pero este es muy distinto. Bastante diferente.

Es de familia armenia católica muy tradicional, no es raro verlo con un rosario en la mano. Tiene dos nombres muy armenios, Hagop Hovagim, que en castellano significarían Jacobo Joaquín; pero los amigos le dicen Jagu, así es su apodo en la canchita. Y contra todo lo que puedan imaginarse, tiene fuerza interior.

Porque es el mejor amigo del que pasa serios problemas. Tiene sentido común. Tiene fe. Es coherente con lo que cree. Cuando lo ves con cara de afligido, sus preocupaciones son reales. Jagu siempre quiere ayudar a quien lo necesita.

¿Quién es su mejor amigo? Dicen que los polos opuestos… Ya lo vas a ver en la próxima.

Un amigo loco por los celus

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Te venía presentando al más triste y al más amargado. Ahora le toca el turno al más popular. El infaltable flaco macanudo al que todos llaman por un diminutivo como muestra de cariño.

Pedri siempre se aparece de repente. Tira buena onda para los amigos y guiños cómplices para los socios en potencia. Porque también tiene un fino olfato comercial heredado de sus padres. Siempre busca estar bien con todos, no quiere guerra ni pelea. Además, tiene una verdadera locura por los celus. Colecciona teléfonos celulares, los muestra, los presta, se los piden, a veces los pierde.

Loco por los celus. Eso suena con un doble sentido: ¿loco por los celos? Celoso de la hermana, sin duda. Pero las veces que tiene una discusión con un amigo, siempre agota su enojo para terminar mostrando una amplia sonrisa con dientes enormes.

Pedri es muy generoso para abrir su casa, que siempre está concurrida. No se le da por concurrir a la iglesia, aunque no duda de su fe en Dios.

La creencia en Dios será el tema determinante en los personajes que van faltando dibujar. Y no te imaginás qué distintos que pueden llegar a ser. Empezando por el más calladito. No te lo pierdas la semana próxima.

Historia de muchachos. Juan de Marsilio reseña a los amigos.

Hombre hecho de libros

El pasado viernes 29 realicé una presentación de mi libro Amigos orientales ante un nutrido auditorio de adolescentes de 15 a 17 años en el Colegio y Liceo Clara Jackson de Heber, debían de ser más de ciento cincuenta. Fue fabuloso poder interactuar con ellos, intercambiar impresiones, recibir preguntas inesperadas e inventarme para responderlas en el momento. Una instancia que mucho le agradezco a la institución y a sus autoridades.

En el plantel docente del colegio se destaca el profesor Juan de Marsilio (Montevideo, 1963), que también escribe y bloguea. Estuvo en la presentación y realizó un resumen muy lúcido; poco antes me enteré de que escribió un largo artículo en el que reseña mi obra.

Aquí se los muestro.


Historia de muchachos

Me resultaría del todo imposible escribir narrativa para adolescentes. Trabajo con ellos y para ellos cinco días a la semana. Tengo que tratar de entenderlos cada día más (a ellos, que cambian de semana en semana, en su desarrollo personal; a ellos, que camada a camada, de año en año, son cada vez más lejanos y distintos de aquellos primeros estudiantes míos, en el Liceo de Aiguá (al norte de Maldonado). Tengo que asumir que cada día los entiendo menos. Tengo el deber de moralizarlos de a ratos, aunque sin dejar de enseñarles Literatura priorizando lo estético, que al cabo se trata de un arte. Pero eso es mucho más fácil que escribir ficción para muchachos. Soy uno más del bando adulto que los incordia, más o menos por su bien y con menor o mayor torpeza. Para ellos soy un “profe” más. No soy uno que tenga que entretenerlos hoy. Ni conmoverlos en su presente de transición, que es cosa más difícil. Alcanza con que dentro de quince o veinte años algunos de ellos exhume alguna cosa que yo le haya dicho en el aula, sin siquiera acordarse de quién la dijo, y la use para vivir un poco más felices. Sí, enseñarles a los muchachos es más fácil que escribir para ellos.

Casi tan difícil me resulta reseñar narrativa para muchachos. Era yo “maduro para mi edad”, cuando tenía la edad de mis estudiantes. Lo que es decir: me moría de miedo ante el mundo –yo, gordito, yo, tristón, yo torpe, yo, que intuía la parte jodida de la existencia– y era más bien amargadito y pretencioso. Pocos libros leí sobre muchachos y para muchachos. Uno solo recuerdo, breve y entrañable, por su excelencia literaria y humana: un cuento largo de Morosoli, “Tres niños, dos hombres y un perro”, que leí en edición bellamente ilustrada. Reseñar narrativa juvenil me da miedo, porque temo que aflore mi cinismo, mis ganas de aprovechar cualquier defecto, cualquier facilismo doctrinal del texto para destriparlo, acaso por envidia. Sé que soy malo, Dios me perdone, pero no me gusta serlo y trato de no empeorar.

Así que algo debe tener de bueno esta novelita* de la que voy a ocuparme con brevedad. Lo primero a decir es que puede leerse de un tirón. Teniendo que presentarla en un colegio en el que enseño, el 29 de setiembre, me puse a leerla hoy, 5 de setiembre, con mucho tiempo para hacerlo, y en menos de cuatro horas la había liquidado.

En segundo lugar, señalo que usa el tema del fútbol con acierto y sin exagerar: los protagonistas, todos varones, juegan en el mismo cuadro, pero el fútbol es una excusa – para juntar a los personajes y para algunas metáforas que usa el autor– y no una trampa para ocultar la falta de qué decir o la inhabilidad para narrar.

Es una novela que aborda muy bien el tema de la diversidad y la convivencia: en el cuadrito hay gurises de todas las procedencias, incluido un sirio, Amir, el golero del cuadro, llegado a Uruguay con su padre y hermanos, huyendo de la guerra. En un país acomplejado por la falta de una identidad étnica monolítica y añeja, Descalzi se atreve a reivindicar como valor identitario de la uruguayez la capacidad de amalgamarnos entre diferentes. Se atreve a hacerlo cuando estamos perdiendo ese valor: muchos de los peruanos y bolivianos que viven en Ciudad Vieja reciben desprecio, muchos dominicanos y sobre todo dominicanas reciben nuestra desconfianza primero que ninguna otra cosa. ¿Ingenuidad del autor? ¿Nostalgioso planteo trasnochado? Prefiero leerlo cono lúcida defensa de un valor en el que el autor cree.

Al ser un libro sobre adolescentes, es un libro sobre el despertar a la sexualidad. Acierta el autor al plantear que, con distintas opciones morales, lo central es educar, y educar para que la sexualidad se vincule al afecto y al respeto por el otro. Sin receta única –en estos tiempos de recetas únicas contrapuestas y vociferantes sobre el tema– pero dejando clara la responsabilidad adulta, y argumentando de modo persuasivo para que los muchachos busquen apoyo adulto. Hay varios modos de abordaje, según los padres de los distintos personajes jóvenes, y esto puede ser interesante para el lector adulto, pues lo puede llevar a que repiense su postura en el tema. Está muy bien contada la historia de Gofi e Inés, los padres de Gonza, uno de los protagonistas adolescentes.

Es un libro que en nuestro Uruguay laico se atreve a plantear el problema de la religiosidad humana, de nuestra necesidad de trascendencia. Y lo hace de modo amplio, fraterno y respetuoso, sin imponer las posturas dogmáticas del autor. Y sin hacérnoslo fácil a los que practicamos y predicamos alguna fe en concreto. Como reza Moro, un gurisito que lleva sangre guaraní y las ha pasado mal: “Que los que hablan de Dios, hablen bien claro, que se les entienda”.

Tiene incluso el libro algunas pinceladas de humor certero. Recomiendo, en este sentido, atender a Malik, uno de los hermanos menores de Amir, un rostro de piedra, atrevido y enamoradizo, con un español apurado y entreverado desopilante.

No es que el libro no tenga defectos. Descalzi, a mi juicio, es un narrador que promete —no es un jovencito y la novela vale, pero el autor tiene aún aspectos por pulir en su oficio narrativo, por eso escribo lo de que promete, y qué bueno es que un escritor siga siendo de algún modo una promesa, alguien de quien lectores puedan todavía esperar algo nuevo— venía escribiendo que Descalzi es un narrador que promete, pero que en el apuro por cumplir, hace que en esta novela a los jugadores de su cuadro, al que ubica en la Aguada, les ocurra todo lo que les podría pasar a unos adolescentes, por lo que recurre un poquito demasiado a la casualidad. En segundo lugar, hay algunos intermedios líricos no del todo logrados. Pero el saldo me resulta más que positivo. Recomiendo.

*AMIGOS ORIENTALES, de Fabio Desclazi. Baluarte, Montevideo, 2017. 184 págs.

Fuente: elMontevideano – Laboratorio de Artes

Feo rostro, gran amigo

Tris_mitad_9989En todos los grupos de amigos de barrio hay uno de pocas pulgas. Que dice las cosas así nomás, como le vienen, sin vueltas. Que no le importa nada hacerse odiar cuando lo que dice suena feo o es desagradable. Porque sabe que es así como lo dice. Si además de eso es feo de cara, poco elegante, se está empezando a quedar pelado antes de los dieciocho, su vida amorosa es una desgracia, entonces estás empezando a conocer a Tristán. Para que no tenga tanto eco de “tristón”, los amigos le dicen Tris.

En la entrega pasada te mostré al personaje más triste, al que todo le falta. Tris es distinto en ese sentido, él sí tiene padre y madre, vive en una casa decorosa, además de dormitorio tiene su propio cuarto para escribir y leer en el sótano de la casa. Tiene una veta de escritor en ciernes, lleva un diario desde que era muy chico, escribe observaciones muy lapidarias.

Y es flor de amigo. De los mejores. Honesto, derecho, incapaz de hacerle una maldad a alguien que quiera. Después, si no te lo aguantás porque te gruñe, es problema tuyo. Porque él es así como lo ves y lo sentís. No le importa que le llamen “el amargo”.

¿Querés conocer al más popular de todos? Para la próxima te lo cuento.

Un amigo con rostro de desgracia

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En la entrega pasada te contaba de unos movedizos personajes que, de repente, tienen historia y familia por detrás. También, de otros personajes que todavía quedaban más perdidos. Uno de ellos, absolutamente.

Mientras el barco me llevaba de regreso a Montevideo, surcando las aguas del Río de la Plata, me vino a la mente una imagen de la Escollera Sarandí, ese parteaguas que marca una frontera entre la Bahía y el estuario. Un muchacho solitario, tirado ahí, la mirada perdida en el horizonte, el reflejo en el agua (no se sabe si del sol o la luna). Humo que brota de su boca, no importa lo que fuma. Nada importa. Nada tiene. Nada le queda. El rostro mismo de la desgracia.

Y es otro integrante del cuadro. Va a necesitar mucha ayuda de sus amigos para ponerse de pie y salir adelante. Porque le falta familia. Le falta dinero. Le falta apoyo. Le falta todo.

Muchos días después, con casi todos los personajes más definidos, este muchacho retomó vigor para pedirle cosas al autor. Le pidió un rostro, un físico, un lugar donde vivir. Y mi imaginación gritó: un indígena discriminado, con ecos del poema Tabaré. Pero viviendo en un apartamento viejo y horrible, como recalcando que no pertenece a ese lugar.

Las melodías que acompañaban mi proceso creativo eran todas tristes. Como esta.

Este es Moro, el personaje más triste. Para la semana próxima viene el personaje más amargado. Porque hay para todos los gustos.

Tito domina la cancha

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Mi mundial, la película basada en el libro del mismo nombre de Daniel Baldi, destila la esencia del sentir de muchos niños y adolescentes que sueñan con una carrera futbolística. ¿De verdad se puede?

Se logran dos ambientes claramente definidos. Por un lado, un plácido pueblito del medio rural, donde vive una familia muy humilde con un padre sin estudio que trabaja en lo que puede para mantener a tres hijos que dan mucho trabajo. De ellos, Tito se destaca como un fenómeno con la pelota, al tiempo que trata de tapar con picardía su flojera para el estudio. Por otro lado, pronto aparece el ambiente futbolístico de la capital, lleno de muchachos de origen social muy frágil que se dejaron tentar por la gran vida que les prometieron. El camino no será nada fácil para Tito, ese adolescente de trece años talentoso pero poco preparado para tantos cambios repentinos.

Esta película lleva casi tres meses de éxito de taquilla ininterrumpido, un récord para el cine uruguayo. Fui a verla con mi sobrino en vacaciones de julio y quedé impactado. No solo por las excelentes actuaciones de los fogueados actores Néstor Guzzini (un gordo y pobre padre que apenas puede con su vida), Verónica Perrotta (una madre sencilla y discretamente contenedora) y Roney Villela (un representante de futbolistas con aires de traficante de carne humana). La habilidad futbolística del jovencito Facundo Campelo consigue que los más chicos (y los no tan chicos) realmente disfruten con pasión de lo que pasa en esas canchas, se enganchen entusiasmados con la historia, lo sigan a Tito en su camino por los vestuarios y conferencias de prensa hacia una carrera deportiva brillante, para terminar cargando con un hondo dramatismo sobre sus piernas y recibiendo una imperdible lección de vida.

¿Qué esperás? ¿Ya tenés tu butaca?


Leer también un artículo en El Observador (clic aquí).

Ficha de la película en Internet Movie Database.

Ver el tráiler:

Rostros y mañas se hacen amigos

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En la entrada de la semana pasada te comentaba que necesité un papel aparte para que pudieran nacer más personajes, los integrantes de un equipo de fútbol de barrio. Pero lo bastante indefinidos como para que la imaginación no se quedase con ninguna idea fija. Tenés que poder imaginarte a ese flaco inquieto con tres piercings en la oreja izquierda que le guiña un ojo bandido al grandote musculoso que mete miedo… Eso quiere decir que ya hay una complicidad entre esos dos. Y también con el petisito ingenuo que se cree todo lo que le dicen pero que se siente seguro al lado de ellos porque en esa ciudad es un extraño. Ahí tenemos un trío de amigos.

Hay que darles permiso para que se expresen, no solo en el papel, también en el espacio. Imaginárselos con suficiente volumen como para asociar libremente con otras sensaciones. Paco, el grandote musculoso, es retacón, compadre, tiene el empaque de un guapo de barrio (“guapo” en la acepción rioplatense del término, lo que en España llamarían “chulo”), es capaz de darle una piña al que hable mal de su abuelo que fue ministro mucho antes de que él naciera. Tóbal, el flaco de los tres piercings, es nieto de un sindicalista que tuvo que exiliarse. El petisito ingenuo es un paisanito de un pueblo del interior, desciende de una familia de caudillos de tierra adentro. Como ves, estoy pintando tres tradiciones políticas diferentes, pero en el país de ahora; trato de mostrar qué queda de todo aquello y qué fue lo que cambió. Porque hay algo que está claro. ¡Están juntos! ¡Son amigos! La metáfora de un país que camina unido, de una sociedad que se abraza (no es necesariamente el retrato de la realidad, pero sí el deseo de que así sea). Y además, jovencitos cómplices que se las saben todas para vivir la noche a pleno. Les gustan las chicas.

Los tres tienen padre y madre. Tóbal tiene un hermano mayor. El Paisa es el sexto de siete hermanos. Estos tres personajes ya tienen familias presentes con sus tradiciones detrás. Los demás integrantes siguen un poco indefinidos, o están como perdidos. Hay que dejar que esas sensaciones vibren solas hasta que esos otros personajes también pidan lo suyo. Ya vas a ver cómo piden. Hasta qué extremos llegan.

Los once adoptan rostros y mañas

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Te vengo contando el nacimiento de las primeras criaturas. Primero fue un jovencito de tierras lejanas, después fueron otros dos “de los míos”, pero es el comienzo. Apenas un personaje tiene nombre. Hay mucha distancia entre el observador distante, muy discreto, y los otros dos que viven sus cosas con intensidad. Piden a gritos más personajes. Sí, piden a gritos. Porque esos personajes que ni siquiera tienen rasgos definidos ya están pidiendo un equipo.

Así es como se empiezan a delinear más personajes. De manera muy volátil, son gelatinosos, movedizos, inquietos, escurridizos. Pero además, no quiero distraerme del hilo principal del diálogo que hay entre el ligero y el tranqui, que a su vez retroalimenta los comentarios del observador exterior… Todo lo que ya empecé a escribir se necesita recíprocamente para seguir creciendo. Así que tomo otra hoja de papel, aparte, en vez de lapicera uso un lápiz, y empiezo a escribir características que podrían tener los demás. Y en qué contexto se mueven, por supuesto.

Me viene a la cabeza un cuadro de fútbol de barrio. En mi ciudad ha sido tradicionalmente un integrador social muy poderoso. El fútbol jugado en plena calle, en los terrenos baldíos, en el césped ralo de los parques. Es evidente que, además de diferentes posiciones en la cancha, son distintos físicos, temperamentos, rostros. Demasiado para hacer algo exhaustivo, por eso hay que ir sin apuro, poco a poco, darles permiso para que sigan siendo bastante indefinidos.

Son indefinidos. Son adolescentes. Son inmaduros. ¡Obvio que sí! Por lo tanto, si voy a seguir escribiendo sobre más personajes con estas características, no me voy a complicar mucho. En la hojita de papel, escribiendo con lápiz, empiezan a aparecer apodos provisorios para denominar al petisito que mira todo con cara de incrédulo, al forzudo que hace musculación y te da miedo acercarte, al alfeñique calladito y bandido que se las sabe todas, al pobre infeliz al que todo le salió mal, al flaco macanudo loco por los teléfonos celulares. Con esas definiciones se van enriqueciendo los personajes tan indefinidos, se llenan de gestos y mañas, adoptan actitudes reivindicativas de sus roles y espacios.

¡Queremos existir! Los personajes a la búsqueda de autor piden a gritos: ¡¡¡más!!!

La semana que viene vas a tener más, sin duda.