Etiqueta: Adolescencia

Un amigo es una luz

Andy_mitad

Te fui mostrando al más triste. Al más amargado. También, al más apagadito. Este con mucha fe, con luz interior. El mejor amigo del que te voy a mostrar ahora.

Andy tiene toda la pinta de un rockero rebelde, usa melena, toca música hasta muy tarde. Es deslenguado para hablar, espontáneo, ocurrente. Pero todo lo que te dice es así como lo dice.

Y también tiene mucha fe. Siente devoción por el Padre Pío, al que le debe muchos milagros, por ejemplo, estar vivo. Demuestra mucha alegría. Por esa razón, sus amigos le llaman “el bicho de luz”.

Así, con estas breves líneas, va culminando la presentación de los personajes que componen la serie ONCE relatos del juego de la vida.

Hago una pausa en los cuentos sobre la historia detrás de los cuentos. Y para la próxima te muestro adónde llegaron los amigos…

Anuncios

Amigo cohibido, fuerza interior

Jagu rincón
En todos los grupos está el más tímido. Ese que se queda sentadito en un rincón. Porque le parece que si se instala más adelante va a molestar a los que son más expansivos, inquietos, dicharacheros.

La semana pasada te mostraba al más popular del grupo. Que además siempre tiene un celular en la mano. Pero este es muy distinto. Bastante diferente.

Es de familia armenia católica muy tradicional, no es raro verlo con un rosario en la mano. Tiene dos nombres muy armenios, Hagop Hovagim, que en castellano significarían Jacobo Joaquín; pero los amigos le dicen Jagu, así es su apodo en la canchita. Y contra todo lo que puedan imaginarse, tiene fuerza interior.

Porque es el mejor amigo del que pasa serios problemas. Tiene sentido común. Tiene fe. Es coherente con lo que cree. Cuando lo ves con cara de afligido, sus preocupaciones son reales. Jagu siempre quiere ayudar a quien lo necesita.

¿Quién es su mejor amigo? Dicen que los polos opuestos… Ya lo vas a ver en la próxima.

Un amigo loco por los celus

Pedri_chico_9985

Te venía presentando al más triste y al más amargado. Ahora le toca el turno al más popular. El infaltable flaco macanudo al que todos llaman por un diminutivo como muestra de cariño.

Pedri siempre se aparece de repente. Tira buena onda para los amigos y guiños cómplices para los socios en potencia. Porque también tiene un fino olfato comercial heredado de sus padres. Siempre busca estar bien con todos, no quiere guerra ni pelea. Además, tiene una verdadera locura por los celus. Colecciona teléfonos celulares, los muestra, los presta, se los piden, a veces los pierde.

Loco por los celus. Eso suena con un doble sentido: ¿loco por los celos? Celoso de la hermana, sin duda. Pero las veces que tiene una discusión con un amigo, siempre agota su enojo para terminar mostrando una amplia sonrisa con dientes enormes.

Pedri es muy generoso para abrir su casa, que siempre está concurrida. No se le da por concurrir a la iglesia, aunque no duda de su fe en Dios.

La creencia en Dios será el tema determinante en los personajes que van faltando dibujar. Y no te imaginás qué distintos que pueden llegar a ser. Empezando por el más calladito. No te lo pierdas la semana próxima.

Historia de muchachos. Juan de Marsilio reseña a los amigos.

Hombre hecho de libros

El pasado viernes 29 realicé una presentación de mi libro Amigos orientales ante un nutrido auditorio de adolescentes de 15 a 17 años en el Colegio y Liceo Clara Jackson de Heber, debían de ser más de ciento cincuenta. Fue fabuloso poder interactuar con ellos, intercambiar impresiones, recibir preguntas inesperadas e inventarme para responderlas en el momento. Una instancia que mucho le agradezco a la institución y a sus autoridades.

En el plantel docente del colegio se destaca el profesor Juan de Marsilio (Montevideo, 1963), que también escribe y bloguea. Estuvo en la presentación y realizó un resumen muy lúcido; poco antes me enteré de que escribió un largo artículo en el que reseña mi obra.

Aquí se los muestro.


Historia de muchachos

Me resultaría del todo imposible escribir narrativa para adolescentes. Trabajo con ellos y para ellos cinco días a la semana. Tengo que tratar de entenderlos cada día más (a ellos, que cambian de semana en semana, en su desarrollo personal; a ellos, que camada a camada, de año en año, son cada vez más lejanos y distintos de aquellos primeros estudiantes míos, en el Liceo de Aiguá (al norte de Maldonado). Tengo que asumir que cada día los entiendo menos. Tengo el deber de moralizarlos de a ratos, aunque sin dejar de enseñarles Literatura priorizando lo estético, que al cabo se trata de un arte. Pero eso es mucho más fácil que escribir ficción para muchachos. Soy uno más del bando adulto que los incordia, más o menos por su bien y con menor o mayor torpeza. Para ellos soy un “profe” más. No soy uno que tenga que entretenerlos hoy. Ni conmoverlos en su presente de transición, que es cosa más difícil. Alcanza con que dentro de quince o veinte años algunos de ellos exhume alguna cosa que yo le haya dicho en el aula, sin siquiera acordarse de quién la dijo, y la use para vivir un poco más felices. Sí, enseñarles a los muchachos es más fácil que escribir para ellos.

Casi tan difícil me resulta reseñar narrativa para muchachos. Era yo “maduro para mi edad”, cuando tenía la edad de mis estudiantes. Lo que es decir: me moría de miedo ante el mundo –yo, gordito, yo, tristón, yo torpe, yo, que intuía la parte jodida de la existencia– y era más bien amargadito y pretencioso. Pocos libros leí sobre muchachos y para muchachos. Uno solo recuerdo, breve y entrañable, por su excelencia literaria y humana: un cuento largo de Morosoli, “Tres niños, dos hombres y un perro”, que leí en edición bellamente ilustrada. Reseñar narrativa juvenil me da miedo, porque temo que aflore mi cinismo, mis ganas de aprovechar cualquier defecto, cualquier facilismo doctrinal del texto para destriparlo, acaso por envidia. Sé que soy malo, Dios me perdone, pero no me gusta serlo y trato de no empeorar.

Así que algo debe tener de bueno esta novelita* de la que voy a ocuparme con brevedad. Lo primero a decir es que puede leerse de un tirón. Teniendo que presentarla en un colegio en el que enseño, el 29 de setiembre, me puse a leerla hoy, 5 de setiembre, con mucho tiempo para hacerlo, y en menos de cuatro horas la había liquidado.

En segundo lugar, señalo que usa el tema del fútbol con acierto y sin exagerar: los protagonistas, todos varones, juegan en el mismo cuadro, pero el fútbol es una excusa – para juntar a los personajes y para algunas metáforas que usa el autor– y no una trampa para ocultar la falta de qué decir o la inhabilidad para narrar.

Es una novela que aborda muy bien el tema de la diversidad y la convivencia: en el cuadrito hay gurises de todas las procedencias, incluido un sirio, Amir, el golero del cuadro, llegado a Uruguay con su padre y hermanos, huyendo de la guerra. En un país acomplejado por la falta de una identidad étnica monolítica y añeja, Descalzi se atreve a reivindicar como valor identitario de la uruguayez la capacidad de amalgamarnos entre diferentes. Se atreve a hacerlo cuando estamos perdiendo ese valor: muchos de los peruanos y bolivianos que viven en Ciudad Vieja reciben desprecio, muchos dominicanos y sobre todo dominicanas reciben nuestra desconfianza primero que ninguna otra cosa. ¿Ingenuidad del autor? ¿Nostalgioso planteo trasnochado? Prefiero leerlo cono lúcida defensa de un valor en el que el autor cree.

Al ser un libro sobre adolescentes, es un libro sobre el despertar a la sexualidad. Acierta el autor al plantear que, con distintas opciones morales, lo central es educar, y educar para que la sexualidad se vincule al afecto y al respeto por el otro. Sin receta única –en estos tiempos de recetas únicas contrapuestas y vociferantes sobre el tema– pero dejando clara la responsabilidad adulta, y argumentando de modo persuasivo para que los muchachos busquen apoyo adulto. Hay varios modos de abordaje, según los padres de los distintos personajes jóvenes, y esto puede ser interesante para el lector adulto, pues lo puede llevar a que repiense su postura en el tema. Está muy bien contada la historia de Gofi e Inés, los padres de Gonza, uno de los protagonistas adolescentes.

Es un libro que en nuestro Uruguay laico se atreve a plantear el problema de la religiosidad humana, de nuestra necesidad de trascendencia. Y lo hace de modo amplio, fraterno y respetuoso, sin imponer las posturas dogmáticas del autor. Y sin hacérnoslo fácil a los que practicamos y predicamos alguna fe en concreto. Como reza Moro, un gurisito que lleva sangre guaraní y las ha pasado mal: “Que los que hablan de Dios, hablen bien claro, que se les entienda”.

Tiene incluso el libro algunas pinceladas de humor certero. Recomiendo, en este sentido, atender a Malik, uno de los hermanos menores de Amir, un rostro de piedra, atrevido y enamoradizo, con un español apurado y entreverado desopilante.

No es que el libro no tenga defectos. Descalzi, a mi juicio, es un narrador que promete —no es un jovencito y la novela vale, pero el autor tiene aún aspectos por pulir en su oficio narrativo, por eso escribo lo de que promete, y qué bueno es que un escritor siga siendo de algún modo una promesa, alguien de quien lectores puedan todavía esperar algo nuevo— venía escribiendo que Descalzi es un narrador que promete, pero que en el apuro por cumplir, hace que en esta novela a los jugadores de su cuadro, al que ubica en la Aguada, les ocurra todo lo que les podría pasar a unos adolescentes, por lo que recurre un poquito demasiado a la casualidad. En segundo lugar, hay algunos intermedios líricos no del todo logrados. Pero el saldo me resulta más que positivo. Recomiendo.

*AMIGOS ORIENTALES, de Fabio Desclazi. Baluarte, Montevideo, 2017. 184 págs.

Fuente: elMontevideano – Laboratorio de Artes

Feo rostro, gran amigo

Tris_mitad_9989En todos los grupos de amigos de barrio hay uno de pocas pulgas. Que dice las cosas así nomás, como le vienen, sin vueltas. Que no le importa nada hacerse odiar cuando lo que dice suena feo o es desagradable. Porque sabe que es así como lo dice. Si además de eso es feo de cara, poco elegante, se está empezando a quedar pelado antes de los dieciocho, su vida amorosa es una desgracia, entonces estás empezando a conocer a Tristán. Para que no tenga tanto eco de “tristón”, los amigos le dicen Tris.

En la entrega pasada te mostré al personaje más triste, al que todo le falta. Tris es distinto en ese sentido, él sí tiene padre y madre, vive en una casa decorosa, además de dormitorio tiene su propio cuarto para escribir y leer en el sótano de la casa. Tiene una veta de escritor en ciernes, lleva un diario desde que era muy chico, escribe observaciones muy lapidarias.

Y es flor de amigo. De los mejores. Honesto, derecho, incapaz de hacerle una maldad a alguien que quiera. Después, si no te lo aguantás porque te gruñe, es problema tuyo. Porque él es así como lo ves y lo sentís. No le importa que le llamen “el amargo”.

¿Querés conocer al más popular de todos? Para la próxima te lo cuento.

Un amigo con rostro de desgracia

rostro Moro

En la entrega pasada te contaba de unos movedizos personajes que, de repente, tienen historia y familia por detrás. También, de otros personajes que todavía quedaban más perdidos. Uno de ellos, absolutamente.

Mientras el barco me llevaba de regreso a Montevideo, surcando las aguas del Río de la Plata, me vino a la mente una imagen de la Escollera Sarandí, ese parteaguas que marca una frontera entre la Bahía y el estuario. Un muchacho solitario, tirado ahí, la mirada perdida en el horizonte, el reflejo en el agua (no se sabe si del sol o la luna). Humo que brota de su boca, no importa lo que fuma. Nada importa. Nada tiene. Nada le queda. El rostro mismo de la desgracia.

Y es otro integrante del cuadro. Va a necesitar mucha ayuda de sus amigos para ponerse de pie y salir adelante. Porque le falta familia. Le falta dinero. Le falta apoyo. Le falta todo.

Muchos días después, con casi todos los personajes más definidos, este muchacho retomó vigor para pedirle cosas al autor. Le pidió un rostro, un físico, un lugar donde vivir. Y mi imaginación gritó: un indígena discriminado, con ecos del poema Tabaré. Pero viviendo en un apartamento viejo y horrible, como recalcando que no pertenece a ese lugar.

Las melodías que acompañaban mi proceso creativo eran todas tristes. Como esta.

Este es Moro, el personaje más triste. Para la semana próxima viene el personaje más amargado. Porque hay para todos los gustos.

Tito domina la cancha

Tito de Mi Mundial

Mi mundial, la película basada en el libro del mismo nombre de Daniel Baldi, destila la esencia del sentir de muchos niños y adolescentes que sueñan con una carrera futbolística. ¿De verdad se puede?

Se logran dos ambientes claramente definidos. Por un lado, un plácido pueblito del medio rural, donde vive una familia muy humilde con un padre sin estudio que trabaja en lo que puede para mantener a tres hijos que dan mucho trabajo. De ellos, Tito se destaca como un fenómeno con la pelota, al tiempo que trata de tapar con picardía su flojera para el estudio. Por otro lado, pronto aparece el ambiente futbolístico de la capital, lleno de muchachos de origen social muy frágil que se dejaron tentar por la gran vida que les prometieron. El camino no será nada fácil para Tito, ese adolescente de trece años talentoso pero poco preparado para tantos cambios repentinos.

Esta película lleva casi tres meses de éxito de taquilla ininterrumpido, un récord para el cine uruguayo. Fui a verla con mi sobrino en vacaciones de julio y quedé impactado. No solo por las excelentes actuaciones de los fogueados actores Néstor Guzzini (un gordo y pobre padre que apenas puede con su vida), Verónica Perrotta (una madre sencilla y discretamente contenedora) y Roney Villela (un representante de futbolistas con aires de traficante de carne humana). La habilidad futbolística del jovencito Facundo Campelo consigue que los más chicos (y los no tan chicos) realmente disfruten con pasión de lo que pasa en esas canchas, se enganchen entusiasmados con la historia, lo sigan a Tito en su camino por los vestuarios y conferencias de prensa hacia una carrera deportiva brillante, para terminar cargando con un hondo dramatismo sobre sus piernas y recibiendo una imperdible lección de vida.

¿Qué esperás? ¿Ya tenés tu butaca?


Leer también un artículo en El Observador (clic aquí).

Ficha de la película en Internet Movie Database.

Ver el tráiler: