¡Ochocientos abrazos!

Hug in grey

Una noticia que me llena de alegría por lo inesperada: siguen aumentando los visitantes. Y digo así, noticia inesperada, porque últimamente la frecuencia de mis publicaciones en el blog se ha reducido mucho, y por esa razón creí que no iba a merecer esto.

No es posible desdoblarse y estar en dos partes al mismo tiempo; dedicarme a presentar y distribuir mi libro impreso me está demandando energías, además de las que me exige mi vida usual. También sucede otra cosa: vivo en un país chico, casi como un pueblo grande, en donde todos nos conocemos, todos sabemos algo de algún conocido de alguien… Y ahora me ha tocado a mí recibir llamadas y comentarios de mucha gente que se entera que publiqué un libro. Es una dicha muy grande que, honestamente, les deseo a todos los escritores, ojalá que puedan vivirla algún día.

Abrazos. He recibido muchos en estas semanas. Algunos de personas que no veía desde hacía más de veinte años. Es algo muy intenso, indescriptible, intransferible.

Que también me gustaría compartir con todos los colegas blogueros que me acompañan. Que me siguen acompañando. Que me han dado vida a lo largo de más de un año, mientras todavía luchaba por sacar adelante mi primera publicación. Me dieron vida, oportunidades de participación, presencia. Hasta me permitieron labrarme parte de una bio como autor (lo que pueden leer en la sección “Acerca de mí” también se los debo a ustedes).

Gracias a Carlos Vásquez, que se convirtió en mi bloguero seguidor número ochocientos. Gracias a todos estos ochocientos blogueros que me siguen. Gracias a ellos y también a tantos otros lectores invisibles que, semana a semana, me regalan sus abrazos desde todos los rincones del planeta. ¡Muchas gracias!

Anuncios

Amigos orientales. Mi libro publicado. A un año del inicio del blog.

TAPA AMIGOS ORIENTALES
El 13 de junio ya hace año de que empecé a escribir en este blog. Te doy las gracias a vos por seguirme siempre. Por alentarme a seguir. Me acompañaste a lo largo de este apasionante año. Sumaste a mi experiencia, a mis expectativas, a mi sentir. Como decís por acá: gracias por hacerme el aguante. O, como se dice por todas partes: te agradezco por tu compañía, hermano.

Este blog, con el que tanto me acompañaste, es apenas la parte visible de lo que me pasó todo este tiempo. Una vidriera de ideas, inquietudes, aspiraciones y gustos culturales. Mientras tanto, yo seguí ocupado tras bambalinas en un trabajo que ya había comenzado hace casi tres años. El resultado de todo este tiempo de labor es mi primer libro, Amigos orientales.

Se divide en cuatro capítulos, uno para cada protagonista. Ambientado en un tradicional barrio de Montevideo, Amigos orientales te cuenta las andanzas de los cuatro pibes que ves en la imagen: Moro, Fredo, Gonza, Amir. Los acompañan en todas sus amigos y compañeros de cuadro: Andy, Jagu, Tris, Tóbal, Paco, Pedri y el Paisa. Sí, los ONCE orientales (la mayoría, uruguayos) que juegan al fútbol. Pero el fútbol es apenas un pretexto para que se junten. No es (solo) una novela sobre fútbol, es sobre la vida misma.

Forma parte de ONCE relatos del juego de la vida, un proyecto más ambicioso que me ocupa desde aquel lejano octubre de 2014, con mucha ilusión. Está imaginado y escrito por un adulto con adolescentes en su familia. Un adulto que también supo ser adolescente. Ahora sale a la calle y a la cancha este equipo de personajes, listo para darse a conocer. Con todas las cosas que les pasan, se les ocurren, inventan, cómo se la juegan por lo(s) que quieren…

Ya sé que los adultos van a disfrutar de muchas de sus páginas. Porque es seguro que vos, que ya peinás canas, también te vas a acordar de aquella vez que…

No te lo pierdas.


Amigos orientales, por Fabio Descalzi. Baluarte, 2017, 184 páginas. ISBN 978-9974-91-583-1.


Disponible en librerías:

Si querés descargarlo de Amazon (para dispositivos móviles), hacé clic aquí.

Y si querés escuchar la música, acá está toda: ONCE con música.

Un amigo con rostro de desgracia

rostro Moro

En la entrega pasada te contaba de unos movedizos personajes que, de repente, tienen historia y familia por detrás. También, de otros personajes que todavía quedaban más perdidos. Uno de ellos, absolutamente.

Mientras el barco me llevaba de regreso a Montevideo, surcando las aguas del Río de la Plata, me vino a la mente una imagen de la Escollera Sarandí, ese parteaguas que marca una frontera entre la Bahía y el estuario. Un muchacho solitario, tirado ahí, la mirada perdida en el horizonte, el reflejo en el agua (no se sabe si del sol o la luna). Humo que brota de su boca, no importa lo que fuma. Nada importa. Nada tiene. Nada le queda. El rostro mismo de la desgracia.

Y es otro integrante del cuadro. Va a necesitar mucha ayuda de sus amigos para ponerse de pie y salir adelante. Porque le falta familia. Le falta dinero. Le falta apoyo. Le falta todo.

Muchos días después, con casi todos los personajes más definidos, este muchacho retomó vigor para pedirle cosas al autor. Le pidió un rostro, un físico, un lugar donde vivir. Y mi imaginación gritó: un indígena discriminado, con ecos del poema Tabaré. Pero viviendo en un apartamento viejo y horrible, como recalcando que no pertenece a ese lugar.

Las melodías que acompañaban mi proceso creativo eran todas tristes. Como esta.

Este es Moro, el personaje más triste. Para la semana próxima viene el personaje más amargado. Porque hay para todos los gustos.

Tito domina la cancha

Tito de Mi Mundial

Mi mundial, la película basada en el libro del mismo nombre de Daniel Baldi, destila la esencia del sentir de muchos niños y adolescentes que sueñan con una carrera futbolística. ¿De verdad se puede?

Se logran dos ambientes claramente definidos. Por un lado, un plácido pueblito del medio rural, donde vive una familia muy humilde con un padre sin estudio que trabaja en lo que puede para mantener a tres hijos que dan mucho trabajo. De ellos, Tito se destaca como un fenómeno con la pelota, al tiempo que trata de tapar con picardía su flojera para el estudio. Por otro lado, pronto aparece el ambiente futbolístico de la capital, lleno de muchachos de origen social muy frágil que se dejaron tentar por la gran vida que les prometieron. El camino no será nada fácil para Tito, ese adolescente de trece años talentoso pero poco preparado para tantos cambios repentinos.

Esta película lleva casi tres meses de éxito de taquilla ininterrumpido, un récord para el cine uruguayo. Fui a verla con mi sobrino en vacaciones de julio y quedé impactado. No solo por las excelentes actuaciones de los fogueados actores Néstor Guzzini (un gordo y pobre padre que apenas puede con su vida), Verónica Perrotta (una madre sencilla y discretamente contenedora) y Roney Villela (un representante de futbolistas con aires de traficante de carne humana). La habilidad futbolística del jovencito Facundo Campelo consigue que los más chicos (y los no tan chicos) realmente disfruten con pasión de lo que pasa en esas canchas, se enganchen entusiasmados con la historia, lo sigan a Tito en su camino por los vestuarios y conferencias de prensa hacia una carrera deportiva brillante, para terminar cargando con un hondo dramatismo sobre sus piernas y recibiendo una imperdible lección de vida.

¿Qué esperás? ¿Ya tenés tu butaca?


Leer también un artículo en El Observador (clic aquí).

Ficha de la película en Internet Movie Database.

Ver el tráiler:

Rostros y mañas se hacen amigos

9986d

En la entrada de la semana pasada te comentaba que necesité un papel aparte para que pudieran nacer más personajes, los integrantes de un equipo de fútbol de barrio. Pero lo bastante indefinidos como para que la imaginación no se quedase con ninguna idea fija. Tenés que poder imaginarte a ese flaco inquieto con tres piercings en la oreja izquierda que le guiña un ojo bandido al grandote musculoso que mete miedo… Eso quiere decir que ya hay una complicidad entre esos dos. Y también con el petisito ingenuo que se cree todo lo que le dicen pero que se siente seguro al lado de ellos porque en esa ciudad es un extraño. Ahí tenemos un trío de amigos.

Hay que darles permiso para que se expresen, no solo en el papel, también en el espacio. Imaginárselos con suficiente volumen como para asociar libremente con otras sensaciones. Paco, el grandote musculoso, es retacón, compadre, tiene el empaque de un guapo de barrio (“guapo” en la acepción rioplatense del término, lo que en España llamarían “chulo”), es capaz de darle una piña al que hable mal de su abuelo que fue ministro mucho antes de que él naciera. Tóbal, el flaco de los tres piercings, es nieto de un sindicalista que tuvo que exiliarse. El petisito ingenuo es un paisanito de un pueblo del interior, desciende de una familia de caudillos de tierra adentro. Como ves, estoy pintando tres tradiciones políticas diferentes, pero en el país de ahora; trato de mostrar qué queda de todo aquello y qué fue lo que cambió. Porque hay algo que está claro. ¡Están juntos! ¡Son amigos! La metáfora de un país que camina unido, de una sociedad que se abraza (no es necesariamente el retrato de la realidad, pero sí el deseo de que así sea). Y además, jovencitos cómplices que se las saben todas para vivir la noche a pleno. Les gustan las chicas.

Los tres tienen padre y madre. Tóbal tiene un hermano mayor. El Paisa es el sexto de siete hermanos. Estos tres personajes ya tienen familias presentes con sus tradiciones detrás. Los demás integrantes siguen un poco indefinidos, o están como perdidos. Hay que dejar que esas sensaciones vibren solas hasta que esos otros personajes también pidan lo suyo. Ya vas a ver cómo piden. Hasta qué extremos llegan.