Etiqueta: Adolescentes

Botijas en cana. Epílogo.

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: La despedida).

La escena está vacía. Diego aparece tras la cortina, se acerca al borde del escenario y se sienta.

DIEGO: No tengan miedo, estoy muerto, pero no soy un zombi, no; soy una especie de ángel. Uno de los buenos.

Las cárceles para botijas como la que vieron, existen de verdad. En las Filipinas, por ejemplo. Pero no solo ahí. No son tan raras como se imaginan.

¿Qué les parece, cómo sigue esta historia? Se los cuento: Jonathan vuela con los padres de vuelta a casa. Ahí hace mucho para que se enteren de las cárceles de botijas. Mucho no puede conseguir. Igual, Mariel y Ariel quedan sueltos. Los dos tienen suerte. La gente de Don Bosco, una obra de ayuda para niños, los auxiliaron. Los dos van a la escuela; en verano, en las vacaciones, Jonathan va a visitar a Mariel. Eso es lindo, ¿no?

Pero es solo una versión, podría seguir así: Jonathan vuelve a casa y se olvida pronto de Mariel. ¿Quién se quiere acordar de los malos tiempos? Ariel y Mariel serán liberados en algún momento. Un par de días después, Ariel queda de casualidad en el medio de dos bandas enemigas y lo balean. Mariel queda de golpe sola. Ahora vive de la calle, y a veces se acuerda de Jonathan. Pero eso también va quedando atrás.

¿Qué versión les gusta más? No me miren así, yo no puedo arreglar eso. Solo soy una especie de angelito, no soy Dios. Hay que joderse.

Diego se para y camina entre medio de las filas de espectadores hacia la salida del teatro.

FIN


BOTIJAS EN CANA. traducción al castellano rioplatense (variante uruguaya) por Fabio Descalzi, a partir de la versión original en alemán de Knastkinder, por Rüdiger Bertram.

© 2007 Rüdiger Bertram (original en alemán). www.ruedigerbertram.com, www.knastkinder.de

© 2008 Fabio Descalzi (esta traducción al castellano). Contacto: fabiodescalzi@netgate.com.uy

IMPORTANTE: para publicar o poner en escena esta obra, es imprescindible ponerse en contacto con el autor.

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El adolescente que no podía traducir lo que sentía

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Letras & Poesía

Originalmente publicado en inglés en nuestro sitio “Letters & Poetry”

Abriendo la puerta con cuidado entró Amir; volvía tarde de la práctica de fútbol. Sus hermanos menores ya dormían. Bueno, no todos; la cama de Malik estaba vacía. ¡Ese sabandija! ¡Otra vez saliendo de noche! Después de tantos rezongos no aprende a comportarse. Siente y hace lo que le parece. Y no está bueno. No para esta familia.

El problema es que Malik se hizo adolescente acá, en este país adonde llegaron hace un año. Siempre se junta con todos esos revoltosos maleducados. Y es obvio que les falta la madre que tanto adoraban. Pobre mamá, falleció cuando Amir, el mayor, apenas tenía trece. Y Malik, siempre la oveja negra, la necesita más que nadie. Es tan inmaduro…

Amir tampoco es tan maduro. Pero al menos es lo bastante consciente. Y eso le duele mucho. Porque él sí sabe cómo…

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Te hiciste un meteoro

Comparto esta poesía dedicada a un hijo adolescente. Me fascina porque representa un montón de apreciaciones sobre una vida que despierta y bulle. Autor: Alejandro Cifuentes.

SALTO AL REVERSO

leshuga

A mi hijo Mauricio Antonio, en sus 13 años.

¿En qué momento
te hiciste meteoro, niño,
dejaste de lleno la arena
por el mar entero
y trepaste en la cima
espumosa y brava
de sueños impensados e imposibles?

¿En qué instante tu mirada
se hizo tan elegantemente alta
sobrepasando mis ojos,
mi propio horizonte?

¿Cómo fue que tu sonrisa
amplia y fresca
se instaló frente al mundo
cual imán arrebatador y prodigioso,
desfibrilador y hermoso,
encantador y animoso,
un torbellino de colores delirantes,
una centella enmascarada de vida?

¿En qué minuto el tiempo
te dibujó un rostro juvenil,
dorado y arrebatador,
tan ajeno y despreocupado
del adulto que quieres ser,
tan distante y apasionado
del niño que quieres dejar lejos,
atrapado en un millar
de travesuras que caminar?

¿En qué momento
te hiciste meteoro, hijo,
burlándote de un proyecto de mostacho
que crece invisible en tu rostro aguzado,
imitación perfecta…

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Botijas en cana. Acto II: en la cárcel de menores. Escena 1. Llegada

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: Encuentro).

El área de la escena equivale a la superficie de la cárcel. Los muros que la rodean están insinuados en el borde de la escena. Detrás hay una pared de tablas que esconde el inodoro. En el medio hay un rancho precario. En todas partes de la escena se acuclillan botijas en grupitos. Se paran y sientan todo el tiempo y se vuelven a amontonar, de modo que siempre hay movimiento en el fondo de la escena. Todos parecen aturdidos, se mueven lentos, perezosos y vacilantes, como si estuviesen drogados, pero sin aparecer al frente. Solo están en el fondo de la escena.

Delante del rancho están sentados Diego, Mariel y Ariel. Jonathan está parado, nervioso, al lado de ellos, y camina de un lado para el otro como fiera enjaulada.

DIEGO: Por lo menos podrían haber pintado desde la última vez que estuve. Un naranja fuerte o algo así, y entonces estaría más bueno esto.

JONATHAN (se queda parado y sorprendido): ¿Ya estuvieron acá?

MARIEL: Cuando vivís en la calle, siempre vas a parar acá.

ARIEL: Pero igual de rápido volvés a salir.

DIEGO: Tarde o temprano. Más tarde que temprano.

JONATHAN: Pero hay abogados que los pueden sacar de acá. Hay leyes.

DIEGO: ¿No te parece que vivís en otro planeta, vos? Seguir leyendo “Botijas en cana. Acto II: en la cárcel de menores. Escena 1. Llegada”

Botijas en cana. Acto I, escena 2. Encuentro

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: Perdido).

Del otro lado de la escena se acercan Ariel, Diego y Mariel. Al lado de Jonathan, que todavía está tirado en el piso, Sami dejó la bolsa con el pegamento.

ARIEL: ¿Cuánta plata te queda, Diego?

DIEGO: Mis bolsillos están tan vacíos como mi panza.

ARIEL: ¿Y vos, Mariel?

MARIEL: Mirá, ahí hay uno tirado.

DIEGO: Se la pegó feo. Mirá la bolsa.

Los tres se acercan. Diego levanta la bolsa con el pegamento.

ARIEL: Éste no se la pegó. Lo afanaron.

MARIEL: Lo tenemos que ayudar.

DIEGO: ¿Cómo? Nadie nos ayuda a nosotros.

Ariel y Mariel se arrodillan al lado de Jonathan, que vuelve en sí de a poco.
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Botijas en cana. Acto I, escena 1. Perdido

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

Jonathan (de unos 13 años) tiene un plano de la ciudad en la mano. Lo mira inseguro, después da una vuelta en círculo. Es evidente que anda perdido. Jonathan viste vaquero, championes caros, remera de marca y un iPod. La escenografía muestra un callejón oscuro que se angosta hacia atrás. Jonathan mira inseguro a la derecha y a la izquierda, vuelve a mirar el plano y se aproxima a la escenografía, se entrevera con el impráctico mapa plegable y apenas puede volverlo a doblar.

De la izquierda vienen tres chicas a la escena: Pat, Sara y Sami. Sami tiene una bolsa con adhesivo en la mano, en la que aspira varias veces, y se la da a las otras. Las tres se empujan entre sí en broma y pasan al lado de Jonathan, quien les habla.

JONATHAN: Che, hola, perdoná, creo que me perdí. Me pueden decir cómo…

Las chicas quedan paradas. Pat, la más grandota, lo mira a Jonathan de arriba abajo.

PAT: ¿Así que te perdiste?

Mira riendo irónicamente a las otras dos, que devuelven una sonrisa sarcástica.

JONATHAN: Pah, creo que sí. Quiero volver al hotel. Es el Victoria. (SEÑALA EN EL PLANO.) Está como por acá. Pero no tengo ni la más pálida idea de dónde estoy. Seguir leyendo “Botijas en cana. Acto I, escena 1. Perdido”