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Reseña de Amigos Orientales por Luna Paniagua

TAPA AMIGOS ORIENTALES
Qué hermoso regalo para la Navidad. Ayer se me apareció en redes sociales una amiga bloguera, Luna Paniagua, para decirme que había leído mi libro, hacerme un par de preguntas (claro indicio de que le interesaba mucho comprender a fondo el texto) y contarme que hoy salía publicada en su blog una reseña.

Muy agradecido y contento, esta entrada es un broche de oro para un año que me trajo algo magnífico. Porque el esfuerzo que significó escribir Amigos orientales, estudiarme el mercado editorial, conseguir ilustrador, mandarlo imprimir, presentarlo, distribuirlo… me ha significado una cosecha riquísima de lectores y amigos que me han venido acompañando de las más diversas formas.


Esta novela nos da a conocer a un grupo de amigos residente en un barrio de Montevideo, Uruguay. Son once adolescentes muy próximos a la mayoría de edad y de distintos orígenes. Todos ellos son integrantes de un mismo equipo de fútbol.

Escrito en español rioplatense y lenguaje coloquial. Oriental, en este caso, es sinónimo de uruguayo y de ahí su título: Amigos orientales.

Está dividido en cuatro partes, centradas en cuatro de los jóvenes: Amir, Moro, Fredo y Gonza. A través de ellos y de su relación con el resto del grupo el autor aborda temas propios de la adolescencia como la amistad, la incertidumbre hacia el futuro, la relación con los padres y, muy en particular, la revolución hormonal y el despertar de la sexualidad. Seguir leyendo “Reseña de Amigos Orientales por Luna Paniagua”

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Celebración

Misa alegre

Los padres de Gonza cumplían veinte años de casados. El mismo día, Inés cumplía los cuarenta. Quería festejar con toda su gente querida. Organizó un almuerzo para el primer sábado de marzo. Además, aunque no era muy practicante, se sintió muy a gusto con la idea de celebrar una misa, tenía ganas de festejar de varias maneras. Muy agradecida con Dios y con la vida. Imposible olvidarse que, tan solo cuatro años atrás, con su operación, había estado cerca de no poder contar el cuento.

Tras la bendición inicial, el cura párroco, de atildados modales franceses, agradeció la presencia de tantos visitantes, especialmente los jóvenes, en esa misa en la que se celebraban veinte años de casados de un feliz matrimonio. También pidió que, por favor, apagasen los celulares y se dedicasen a vivir ese rato que, lo sabía, iba a ser diferente para muchos.

Llegado el momento de la homilía, el párroco improvisó unas palabras para la ocasión. Tras la conversación previa con Inés, era consciente de que, además de los locatarios y otros feligreses católicos, había varios visitantes de otros credos, amigos de la familia. Evangélicos, valdenses, armenios, algún musulmán y por lo menos tres judíos, uno de ellos viejo amigo de la casa, el florista. El clérigo, de brillante cultura general, puso como ejemplo a esa pareja, integrada por una católica y un evangélico luterano que, si bien no se había convertido, había aceptado celebrar su boda en ese templo por puro amor a su compañera de vida. Un ejemplo para la historia; venían a cuento las memorias de siglos atrás cuando la ancestral Europa se destrozaba en guerras de religión, justamente entre católicos y luteranos. Profundizó en la necesidad de entendimiento y respeto entre las distintas culturas y religiones, más en el mundo de este tumultuoso siglo veintiuno.

Amir, con la ayuda de sus amigos, entendió perfecto la alusión a la necesidad de diálogo interreligioso. No era la primera vez que escuchaba eso en suelo uruguayo, se acordaba de la charla dictada por un rabino; había dicho lo mismo casi palabra por palabra. Por su cabeza pasaron las escenas terribles de lo que sufría su patria; ansiando un cambio profundo, le salió bien desde adentro un Insha’Allah!.

Nace la primera dupla de “Amigos orientales”

Te contaba en mi anterior entrada de un proceso creativo en una madrugada solitaria. Una reflexión fue tomando forma sola, fue adoptando un inesperado espesor, el de un personaje. Un “raro” que profería juicios de valor muy duros contra una sociedad. Un par de ojos ajenos que nos miraban a “nosotros” desde afuera. Ahora es el turno de mirar desde adentro. Bien adentro. Atención porque lo que vas a leer ahora fue saliendo todo así, casi sin reflexionar, tal cual.

gonza+fredoSiguen brotando las palabras de la lapicera. Siguen apareciendo rasgos faciales difusos. Todavía sin tener nombre ni rostros definidos aparece como insinuado un dúo de amigos muy jovencitos. Trece años, la edad en la que los cambios hormonales aparecen sin vuelta atrás. Como no tienen nombre (y no quiero apurar esa definición), voy a llamarlos “el ligero” (por apurado) y “el tranqui” (por tranquilo). Esos juegos de opuestos que tanto gustan, que tantas veces suceden en la vida. Que tantas veces me pasaron también a mí.

El ligero está muy apurado con las cosas que le pasan. Hace sin preguntar, lo tienen que frenar. Creció muy de golpe, ya mide un metro ochenta (estatura exagerada para ser latino), se da cuenta de que su estatura le permite pasar por grande si se hace el serio, aprovecha, es muy vivo, se hace el vivo. Muy diferente del tranqui, más sobrio, lento, viene despacito, todavía medio niño (aunque la procesión va por dentro). Este juego de contrastes me lleva a expresar las diferencias en un diálogo muy animado.

El propio juego de contrastes me dicta que el tranqui tiene ancestros nórdicos, tal vez un estereotipo de cabeza fría y racionalidad. Listo, la dupla está hecha, funciona, me sirve, es eficiente. Y pide más. Mucho más.

¿Qué pide? ¿Cómo les doy satisfacción al pedido? En la próxima te cuento.

El equipo está listo. ¡A la cancha!

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Esta semana se lanza Amigos orientales. Amir, Tóbal, Fredo, Moro, Jagu, Andy, Paco, Paisa, Tris, Pedri y Gonza pronto estarán desbordando las librerías, las estanterías, las bibliotecas, las mesas de luz. ¿Querés verlo todo?

Ya lo encontrás en las librerías de Uruguay.

O pedímelo que te lo envío por correo.

O si preferís Kindle, ya lo tenés en Amazon.


Amigos orientales, por Fabio Descalzi. Baluarte, 2017, 184 páginas. ISBN 978-9974-91-583-1.

Si querés descargarlo de Amazon, este es el enlace:

Cercanía riesgosa

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Un verano, apenas terminado quinto de escuela, Gonza fue con los padres a pasar las vacaciones en un pequeño balneario del este. Disfrutaron de tres semanas muy tranquilas. Lamentando mucho, eso sí, no haberle podido dar hermanitos a su único hijo. Pero Gonza, siempre activo, hacía cosas, paseaba, recorría, miraba, preguntaba. Sin pausa pero sin prisa, él es así.

En la casa de al lado había una vecinita muy amistosa. Usaba el pelo morocho atado en dos colitas. Gonza le hablaba de autos de carreras, de astronautas, de superhéroes y cracks del fútbol. Ella le seguía toda la charla y le comentaba lo que sabía. Los días pasaban sin apuro, Gonza estaba entretenido sanamente. No era muy de jugar con nenas, extrañaba el fútbol, pero con esa nena le gustó.

Sin saber cómo, una tarde Gonza le empezó a contar que él iba a ser un novio alto y rubio, que un día se iba a casar con una chica morocha. Ella se entusiasmó pensando que hablaba de ella, tan soñadora con príncipes azules y galanes de telenovelas. Porque claro, ella vivía prendida a la tele, no se perdía nada, la abuela ponía programas para ver con las tías, ella se veía todo. La gente se enamora. Y cuando se enamora, se abraza. Y se besa. Y están juntos.

Gonza descubrió, con once años, lo que era una novia. Darle besos. Hasta ensayaron, así como les salió, un beso de lengua. Pasó sin mayor trascendencia; Gonza pensaba que no los miraba nadie. El niño grandote se ponía grande, aunque todavía jugaba como niño. Le faltaba un tiempo para entender eso tan indefinido que se llama preadolescencia.


Extracto de Amigos orientales, disponible en Amazon y en librerías.

Once amigos. Aquellos primeros trazos.

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Un borrador, bosquejo, esbozo, como quieran llamarle. Cuando se te da por crear, siempre tenés cosas bosquejadas en los cajones, en la mesa, hasta en tu bolsillo.

Esta imagen es el borrador de una de las láminas para la serie ONCE relatos del juego de la vida. Un proyecto que me llena de ilusión.

Pero no podés vivir de ilusiones, tenés que hacerlas realidad. Por eso, cuando decidí publicar este proyecto (o su parte visible), resolví que era necesario tener un buen gancho visual. Con amigos que me asesoraron encontré un ilustrador excelente. Seguir leyendo “Once amigos. Aquellos primeros trazos.”

La cabeza agarrada

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Gonza estaba muy enojado. Fredo lo miraba incrédulo.

—Fredo, quería que me ayudaras a pensar algo, si no te queda mal.

—Bueh. Dale. Tirá. ¿Quién fue…?

—Moro. Lo encontraron tirado en la calle, de madrugada. Drogado hasta las patas.

—Uuuuuh, ¡qué feo! ¡Noooo! —Fredo se agarró la cabeza, los ojos desencajados, como con ganas de caerse muerto—. ¡Justo Moro, que nunca mató una mosca!

—Paco lo tuvo que sacar de la comisaría. Ahora se debe de estar despertando, Andy le está haciendo el aguante. Cuánto te apuesto que Moro ni se acuerda de lo que pasó.

—Está bravo esto…

—Hacía días que nadie sabía nada de él.

—Pero, ¿alguien sabía que se fumaba…?

—Antes, aunque debe de haber probado muy poco, casual. Pero esto de ahora fue un reventón. Un bajón mal. Por la madre, ¿entendés? Enojado con la vida. Sin nadie que lo frene. Es horrible.

Gonza cerró los ojos, respiró, y siguió. Fredo quedó en blanco.

—Vamos a tener que hacer algo.

—Ah, sí, qué fácil.

—Fredo, vos sabés muy bien lo que vale un amigo, ¿no?

—Obvio, macho. ¿Qué haría yo sin vos? ¿Y vos sin mí?

—También sabés lo importante que es tener una familia atrás.

—Más bien. Te rebancan.

—Moro ahora no tiene a nadie. ¿Te pusiste a pensar? A nadie. Solo nosotros.

Fredo empezó a ponerse nervioso.

—Y yo, ¿qué querés que haga? Tenemos cero onda. Moro es como una piedra. Ni habla.

—Justo por eso. No lo podemos dejar solo. Nos vamos a tener que turnar.

—¿Eh?

—Entre todos, no nos va a costar tanto. Pero todos tenemos que ponernos.

—Pará, macho. Si Moro está sin guita y precisa morfar, le llevo milanesas al pan, lo que sea. Pero que se maneje.

Gonza lo miró muy duro. Tomó aire y empezó a hablarle de otra manera.

—Fredo, vos pensá. Sabés lo que es perder todo, lo material, esa historia te la contaron, ¿eh?

—Ni me lo repitas. Obvio que sé. Hasta me acuerdo yo de cosas que perdí. Paaaah, casi seis años tenía cuando tuvimos que dejar esa casa…

—Imaginate, además, perder a tu padre. Y a tu madre. Y a tu abuelo. Y también a tu tía.

—Noooooo, no podés…

—Y también imaginate que tus hermanos que viven allá lejos no te dan ni la hora. No tenés pasaporte para irte, no tenés plata para pagarte pasaje, nada. Vos solo, acá, en la calle.

Fredo escuchaba con los ojos mirando para abajo.

—Después de pasarte todo eso, ¿qué pasa si, además, yo, Pedri, y todos los demás del cuadro te damos la espalda? “Que se maneje”. ¿Eh?

—¡Me muero muerto!

—Bueno. Seguite imaginando, de ahí para abajo.

—No puedo…

—No necesitás seguirte imaginando nada más. Andá a verlo a Moro, y vas a ver lo que es todo eso junto, y peor.

Fredo se restregó las dos manos por los ojos, que le quedaron rojos. Levantó la mirada como un perro mojado.

—’Ta bien. Te prometo que voy a ayudar. No sé cómo, pero voy a hacerlo.

—Más te vale.

En eso, llega Amir, mientras Fredo y Gonza seguían de lo más enfrascados.

—Está complicado esto de Moro. Tenemos que pensar algo más.

—No se me ocurre nada que vos no hayas dicho ya.

—Paren. Tienen que ver a Moro. Ahora. Recién.

—¿Qué otra hizo ahora? —Gonza temía escuchar algo peor.

—Está con Malik.

—¿Cómo? —Fredo y Gonza comentaron al unísono.

—Yo le hablé a Malik. Le dije “andá a verlo”.

—¿Malik? ¿A qué?

Gonza se acordó de aquel viejo juego de manos.

—Entonces querés decir que…

—Hace rato. Cerca del mercado. Un baldío. Vengan.


Extracto de Amigos orientales.

Amigos orientales. Mi libro publicado. A un año del inicio del blog.

TAPA AMIGOS ORIENTALES
El 13 de junio ya hace año de que empecé a escribir en este blog. Te doy las gracias a vos por seguirme siempre. Por alentarme a seguir. Me acompañaste a lo largo de este apasionante año. Sumaste a mi experiencia, a mis expectativas, a mi sentir. Como decís por acá: gracias por hacerme el aguante. O, como se dice por todas partes: te agradezco por tu compañía, hermano.

Este blog, con el que tanto me acompañaste, es apenas la parte visible de lo que me pasó todo este tiempo. Una vidriera de ideas, inquietudes, aspiraciones y gustos culturales. Mientras tanto, yo seguí ocupado tras bambalinas en un trabajo que ya había comenzado hace casi tres años. El resultado de todo este tiempo de labor es mi primer libro, Amigos orientales.

Se divide en cuatro capítulos, uno para cada protagonista. Ambientado en un tradicional barrio de Montevideo, Amigos orientales te cuenta las andanzas de los cuatro pibes que ves en la imagen: Moro, Fredo, Gonza, Amir. Los acompañan en todas sus amigos y compañeros de cuadro: Andy, Jagu, Tris, Tóbal, Paco, Pedri y el Paisa. Sí, los ONCE orientales (la mayoría, uruguayos) que juegan al fútbol. Pero el fútbol es apenas un pretexto para que se junten. No es (solo) una novela sobre fútbol, es sobre la vida misma.

Forma parte de ONCE relatos del juego de la vida, un proyecto más ambicioso que me ocupa desde aquel lejano octubre de 2014, con mucha ilusión. Está imaginado y escrito por un adulto con adolescentes en su familia. Un adulto que también supo ser adolescente. Ahora sale a la calle y a la cancha este equipo de personajes, listo para darse a conocer. Con todas las cosas que les pasan, se les ocurren, inventan, cómo se la juegan por lo(s) que quieren…

Ya sé que los adultos van a disfrutar de muchas de sus páginas. Porque es seguro que vos, que ya peinás canas, también te vas a acordar de aquella vez que…

No te lo pierdas.


Amigos orientales, por Fabio Descalzi. Baluarte, 2017, 184 páginas. ISBN 978-9974-91-583-1.


Te lo puedo enviar a domicilio. Para Uruguay, Mercado Libre. Otros países, consultar.

Disponible en librerías:

Si querés descargarlo de Amazon (para dispositivos móviles), hacé clic aquí.

Y si querés escuchar la música, acá está toda: ONCE con música.

Remolinos de porcelana

Remolinos de porcelana

Una pareja se fascina en sus primeras semanas.
Ella es agradable y delicada como una porcelana.
Él parece que lucha contra los molinos de viento.
Flor de remolino se les arma en cualquier momento.

Les petits moulins à vent (Los pequeños molinos de viento), exquisita melodía barroca compuesta por el francés François Couperin en 1722, describe la cómica situación de Gonza, un adolescente muy tranquilo y ubicado que, de repente, tiene que rendirle cuentas a su nuevo cuñado. ¿Cómo? Con paciencia para no estropear algo que es muy delicado. Y también, con muchas ganas. Poniendo garra charrúa. Oriental.

Tambores árabes, flautas tristes, golpeteo electrónico, ahora un clavecín barroco…

Te di a entender que Gonza es centrado. Pone orden. Lo que falta acá…

Está bien, te prometo que para la próxima no te sigo recargando de expectativa.

Te la voy a decir de una. El próximo martes, sin falta.

Uno para dos y dos para uno

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—Fredo, ¿qué pensás hacer con todo esto?

—Está bravo, Gonza. No sé, macho, son muchas cosas todas juntas. Como que… qué se yo… Quiero saber ya mismo todo lo que preciso saber, para poder hacer todo lo que quiero hacer. Me muero de ganas… pero no quiero que me pase nada de todo eso horrible que me dijo el viejo, y quién sabe cuántas cosas más que te podrán pasar —la voz de Fredo no era de miedo, sino de decepción, aunque con un dejo de determinación.

—Vos hablá con los que saben. Seguí hablando con tu padre…

—Ya le volveré a hablar cuando se enfríe más esto. Anoche estaba muy caliente conmigo. Mal. Ah, atajate esto. Después que terminó de decirme de todo, me dejó solo, pensando. Me dijo que no tocara ni la tele, ni la play, ni el celular. Que tenía que pensar.

—Te bajó el acelere.

—Antes de cenar, fui a pedirle perdón, pero me frenó.

—¿Eh? Seguir leyendo “Uno para dos y dos para uno”

Sufrido pesar

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Detalle de El Descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden (1435).

Una necrológica municipal. Un lugar vacío adonde no va nadie. Pero los amigos sí que fueron.

Moro les pidió para estar primero él solo.

—Déjenlo tranquilo. —Tris sabía que Moro no quería que vieran sus lágrimas.

Entró a ese lugar, donde el cajón descubierto lo hizo estallar en llanto. Moro pegó con los puños en la pared mientras seguía gritando y llorando. Todos se pusieron muy nerviosos con ese olor a plástico quemado y pétalos mustios. No era normal.

—¡Así no! ¡Este pibe se terminó de enloquecer! —dijo Pedri, ofuscado.

—Esto no me gusta. Voy a entrar ya mismo —dijo Tris, más enojado.

Gonza apartó con sus brazos grandotes a los demás. No se podían apurar a entrar. Tris lo conocía más, sabía lo que hacía. Cuando entró, vio a Moro tirado en un rincón, tapándose la cara con las manos. Frente al cajón había una gran corona de claveles rojos; en donde habría estado la cinta con el nombre, las flores estaban chamuscadas.


De a poco fueron entrando los demás.

Cuando hay duelo, uno tiene que hacer lo que siente.

El Paisa, con toda sencillez, se acercó al cajón, se santiguó, estuvo unos instantes con la cabeza gacha, los ojos semicerrados. Hizo una reverencia cortita, volvió a santiguarse y se apartó.

Casi todos se fueron persignando, algunos sin ganas. Les preocupaba más el dolor de Moro.

Pili les dio la mano a Andy y a Jagu. Con candor pronunciaron la plegaria a Dios y a la Virgen del Pilar, por el descanso de esa alma. Después, hicieron silencio.


Nadie se inmutó con lo que había en el cajón, justo al lado del rostro de la difunta.

Un clavel del aire.

Moro sí se imaginaba quién lo podría haber traído. Alguien que no tenía ni para comprar una margarita.

¿Gabi?

¡Cobarde! Entró, miró y voló. Antes que todos. ¿Cómo supo?

No.

Mejor dejar las cosas así. No preguntes nada. No cuentes nada.

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