Mes: febrero 2018

Identidad y escritura (V)

Written justice

En entregas anteriores se viene reivindicando el derecho a escribir sobre lo que no se conoce, sobre lo que uno no es.

En su obra La farmacia de Platón, Derrida anota que «el sujeto hablante es el padre de su habla […] El logos es un hijo, pues, y que se destruiría sin la presencia, sin la asistencia presente de su padre. De su padre que responde. Por él y de él. Sin su padre no es ya, justamente, más que una escritura». No hay habla sin su anclaje en la persona que habla y su presencia física, pero en la escritura («signo sin aliento») siempre sucede que el autor simplemente no está ahí, incluso si tuviera una cuenta de Twitter activa. La escritura persiste sin su creador; lo que se te presenta es el texto, algo enteramente diferente. Si hablo y digo «yo», entonces ya sabés quién dijo la palabra; pero por el contrario, el «yo» escrito siempre es indeterminado, un enredo de mentiras y fantasías e ironías y pretensiones, es una persona como vos a medio mundo de distancia, la persona que sos vos, una cosa inmortal y cambiante. Si hablás y alguien interpreta lo que dijiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió es un malentendido; pero si escribís y alguien interpreta lo que escribiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió se llama literatura. La demanda de legitimar cualquier texto con la autoidentidad de su autor es la demanda de un texto que se comporte más bien como el habla. Y no cualquier habla. La escritura que responda a esa demanda es escritura «testimonial» o «confesional», y el lugar en el que tienen lugar los testimonios o confesiones es un tribunal. En la sala de un tribunal domina el logocentrismo; la preferencia la tiene una persona hablante, cuya verdad está garantizada por un juramento dicho, quien está presente para hablar y responder por sus propios dichos. Aquí el discurso no es de justicia, en el sentido estricto, sino de ley. Es la ley que, en primer término, exige saber quién es una persona antes de decidir qué hacer con ella. No se trata necesariamente de conceptos opuestos, pero no son lo mismo. La ley se puede deconstruir, la justicia no.


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Macarena vegetante

Comparto una de mis publicaciones en Salto al Reverso. Muchas gracias a todos quienes votaron esta publicación, el año que viene saldrá publicada en la Antología II.

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Macarena

Verde ramaje,
la virgen esperanza
rodea con fe.


Mosaico de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena en un muro del Hotel de Campo La Baguala, Montevideo, Uruguay.

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Identidad y escritura (IV)

impossible man pushing up rock mountain

Veíamos en la entrega anterior la cantidad de personas consideradas «minoritarias» que se supone que escriban sobre sí mismas, o sea, que parecerían no tener derecho a escribir sobre «otros».

Pues bien: si debe de haber una regla, entonces que sea que no escribamos solo lo que conocemos. Si no escribimos sobre una ignorancia aparte de nosotros mismos, al final todo lo que queda es un yo mudo, rechinante, desamparado. No existe ninguna escritura que sea solo legible para gente que ocupe una determinada posición-sujeto y que haya sido creada por esa misma gente; sí existen experiencias que son únicas e inconmensurables, incluso incomunicables. Pero si este fuera el caso, entonces no habría posibilidad de escribir sobre ellas, porque cualquiera con entendimiento ya las sabría de antemano.


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Identidad y escritura (III)

women-writing-the-nation-cultural-history-of-bengali-muslim-women

En la entrega anterior se trataba sobre los escritores profesionales, sus oportunidades en el mercado editorial, sus diferencias con el público al que sirven. Existe, es cierto, una tendencia a borrar esas diferencias.

Pero en vez de esto, en aquellos discursos que buscan la justicia como finalidad existe una tendencia a la subdivisión demográfica y selectiva en el campo del entendimiento humano. Así, los escritores afro deberán escribir sobre celebridades, música y experiencias afro; las escritoras pueden y deben escribir sobre feminismo, estilos de vida, tendencias y experiencias femeninas; las trans deben escribir sobre sus propias experiencias; los hombres musulmanes sobre sus experiencias (y las mujeres musulmanas sobre las suyas propias); los discapacitados sobre sus experiencias. En una publicación abiertamente feminista interseccional, las mujeres tienen acceso a una «encuesta de identidad», un cuestionario horrendo en donde se les pide que detallen todas las experiencias terribles a las que hayan sobrevivido y, a continuación, se les indica que las escriban en forma de breves artículos compartibles e intercambiables por jornales de 90 dólares. Me violaron, viví una relación abusiva, me hice un aborto, sufrí; como una minería a cielo abierto de identidades vendibles, una especie de acumulación primitiva sobre el territorio del trauma. Mientras tanto, el sujeto universal, el único que no necesita sufrir para que lo escuchen, sigue siendo blanco y masculino. El derecho de las mujeres negras a escribir sobre Beyoncé es importante, sí; pero también se supone que sean capaces de escribir sobre ecología de los fondos oceánicos, sobre filosofía kantiana, sobre la escritura en sí misma y sobre lo que no se sabe. Mientras que hay tantas personas que lo hacen, la subrepresentación de escritoras de otras etnias, trans y otras personas marginadas que se dedican a escribir sobre oceanografía, idealismo alemán, deconstructivismo e ignorancia es mucho más pronunciada. Es abrumadora la cantidad de hombres blancos a los que se les brinda la oportunidad de ser «otros», de no tener que decir todo el tiempo «yo»; y esto es así, porque la validez de su identidad ya está asegurada desde el vamos, porque el mundo ya está escrito a su imagen. Y mientras que para toda persona es esencial la capacidad de poder declararse frente a un mundo que preferiría que no lo hiciera, el dogma de que escribir puede y debe ser solo una autodeclaración abandona a las personas marginadas en su condición. La crítica a esto es muy limitada: dentro de este discurso se hace evidente que son la presencia y la particularidad del «yo» que legitiman la escritura, que la hacen adecuada o inadecuada, que la convierten en presencia o en ausencia de otra cosa. Y esto no ayuda en nada.


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Identidad y escritura (II)

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En la entrega anterior se veía que escribir se siente como una violencia; escribir implica una carencia del mundo que rodea a las palabras.

Un ejemplo del discurso en cuestión: no escribas nada sobre Beyoncé si no sos una mujer afro. No vas a entender del tema, no de manera adecuada, va a ser un desperdicio. No es para vos. (Como si la cultura-objeto comoditizada fuese realmente para cualquiera). Lo realmente notable aquí es dónde se ubica la demanda. Lo que se necesita, y lo que generalmente se articula, es una crítica de la economía periodística y sus prácticas de contratación desiguales, el espinoso nexo de las prácticas sociales que crean una clase de escritores profesionales que, en general, se parecen a la clase social de la que proceden. Pero a menudo puede ocurrir una metafísica del texto: lo ilegítimo de la escritura no es la escritura en sí, sino una ausencia, la ausencia de todo lo demás que podría estar allí en su lugar. Cualquier persona que esté escribiendo implica que hay otra que no puede hacerlo; el pecado está en lo que se escribió, la culpa es del escritor en sí. Pero, mientras que muchos escritos son intolerablemente malos, la única nota a su favor es que la posibilidad de escribir es ilimitada. Es el complejo industrial de la escritura que está restringido, con cierta cantidad de personas que pueden vivir de esta raída actividad: aquí, como en otras partes, se trata de reproducir en la economía a gran escala la infinidad que ya existe en la economía del lenguaje, abolir la diferencia entre el escritor profesional y el público al que sirve, o bien negarla para asegurar que nadie más pase hambre.


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