Ciencia ficción: “Alive Alive Oh” #05

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Semana anterior: la desesperante curiosidad de una adolescente que quiere conocer los sabores naturales.


Megan me miró fijo y se fue de la habitación pisoteando. Ella quería hechos, no metáforas. Ella quería saber y yo no estaba ayudando. Ella quería ir a casa y probarlos por sí misma.

***

El sedimento de la costa es suave y polvoriento, nada que ver con la arena dorada de la Bahía de Swansea. Cuando apoyo mi mano en el suelo, las puntas de mis guantes comienzan a quemarse contra el terreno húmedo que tocan. Todo en este planeta es veneno. Nunca debió ser un sitio para familias.

El día en que Megan me dijo que le dolía el estómago, no pensé mucho en eso. Le pregunté “¿Terminaste de hacer los deberes?” Tenía clases diarias personales con algunos de los mejores científicos de nuestros días; no es que le fuera a ser de mucha ayuda una educación en este sitio. Pero aun así nos apegábamos a las rutinas, haciendo de cuenta que había un futuro.

Me dijo, “no me siento nada bien”. Esas fueron sus últimas palabras coherentes. Se vino al suelo antes de que llegara hasta ella para tocarle la frente. Yo misma la llevé hasta la clínica, arrastrando sus piernas largas por los pasillos pulidos. Los ojos de Megan se abrieron cuando le grité a la enfermera para que me ayudara. Se retorció y comenzó a vomitar sangre mientras la subían a la camilla y se la llevaban a las salas de atrás. En unas pocas horas ya estaba muerta.

Owen encontró refugio en los procedimientos. Me dijo que ellos pensaban que era portadora de la misma bacteria que nos impedía volver a la Tierra, que ella podría ser la clave para encontrar la cura. Me fui y lo dejé tartamudeando frases hechas, que quizás ellos iban a poder levantar la cuarentena, quizás su muerte no fue en vano. No podía soportar escucharlo tratando de darle sentido a la tragedia. Se quedó en la clínica firmando formularios de consentimiento, supervisando el proceso de abrirla y examinar sus entrañas.

Me fui a casa y me senté en su cuarto, tocaba sus cosas. Apelmacé su vestido favorito en mis puños con la esperanza de borrarme la última imagen de ella, pálida como el mármol, cubierta de sangre, los ojos azules más fríos que cualquier hielo. Me dejé caer sobre su litera. Cuando las lágrimas comenzaron a parar, pasé mis dedos sobre el pulpo de trapo como si estuviera ciega, tocando la tela andrajosa y los ojos vidriosos como si aún pudieran retener algo de su esencia.

Me detuvieron los bordes afilados de algo bajo su almohada. Abrí los ojos y moví la almohada para ver un par de guantes protectores robados, con las puntas de los dedos quemadas y media docena de almejas de color rojo sangre. Dos de ellas estaban abiertas; adentro, de reluciente color nácar, totalmente limpias. Como lamidas.

Owen me dijo que la muerte de Megan no pudo haber sido prevenida. Fue debido a una enfermedad desconocida, me dijo, no hay nada que pudiéramos haber hecho. Él lloraba mientras me decía que había ingerido alguna clase de parásitos. Ellos habían arremetido a través de su carne, y se habían dado un festín con sus órganos. Me juró que fue rápido, como si yo no lo supiera, como si fuera un consuelo. Tomé las almejas que había bajo la almohada y no dije nada.

***

Presiono mis pies descalzos sobre el polvoriento sedimento de la desolada costa de G851.5.32. Arde, como si un millón de aguijones y alfileres me pincharan la carne. Cuando era chica, solíamos retarnos a lanzarnos en las gélidas aguas del mar, el agua tan fría que quemaba.

Me pregunto si voy a sentir lo mismo, en este mar extraterrestre tan lejos de casa. Aprieto las almejas en mis puños y corro hacia la rompiente de las olas.

Estoy segura de que va a ser lo mismo.


©2013 por Sylvia Spruck Wrigley, autora del original en inglés “Alive Alive Oh” (disponible en línea en la revista digital Lightspeed Magazine).

Traducción al castellano de Marcel Sirer, año 2014, en el marco de su proyecto final para el Diploma en Traducción del IMUC. Tutor del proyecto: Fabio Descalzi.

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