Ciencia ficción: “Alive Alive Oh” #04

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Semana anterior: la hija se vuelve cada vez más curiosa, ansía una comida deliciosa.


Megan nunca había comido nada crudo, así que no entendía lo que significaba cocinar. Lo más cercano a los mariscos que había comido en su vida fue un salmón enlatado que comimos en Año Nuevo.

“Hay que cocinarlos al vapor para poder abrir las caparazones y llegar a la carne que tienen dentro”. Megan se veía decepcionada. Ella se regocijaba ante la idea de un festín vivo y coleando, comida lista para ser tomada. Nuestra dependencia con la colonia era tan constante que la idea de alimentarse por sus propios medios era una fuente inagotable de maravillas para ella.

Me gustaba consentirla. “A veces los podés atrapar con las valvas abiertas. Yo atrapaba baldes de almejas navaja en el estuario. Encontraba un agujero en la arena, es allí donde se entierran. Solo tenés que echar un poquito de sal en el agujero y luego meter la mano y sacar la almeja de sus valvas. Son gordas y carnosas. Si estás muy hambrienta podés comértelas ahí mismo. En los viejos tiempos había cuchillos especiales para abrir las valvas y comerlas vivas.”

“¿Y cómo sabías que no eran venenosas?”

“No hay mucho que venga del mar que te pueda matar, no si está fresco.”

***

Al menos no en el Mar Céltico. Miro las olas venenosas de G851.5.32; son un misterio para mí. Quién sabe el tipo de bestias que acechen bajo las brillantes olas. El olor es penetrante y químico en contraste con la suave brisa salina de la bahía de Swansea. Todo en este lugar es tóxico.

“¿Y a qué tiene gusto? Quiero decir la comida que atrapaste por tu cuenta.” Para cuando Megan tenía trece ya había renunciado a toda esperanza de volver a casa. Éramos “autosuficientes” y una perfecta colonia de experimentación para el futuro, con cápsulas esterilizadas enviando información a la Tierra. Todo es maravillosa investigación, salvo que nunca me anoté para esto, nunca quise pasarme toda la vida en el espacio, nunca hubiera empezado una familia si hubiera sabido que esta vida estéril es todo lo que ella iba a ver en su vida. La curiosidad de Megan se volvió insaciable a medida que me rogaba por detalles de la “vida normal” de las cosas que se había perdido. Le conté acerca del vino y de tormentas eléctricas y sobre aviones y guitarras. Le enseñé himnos de la iglesia y canciones de Bonnie Tyler y cánticos de rugby. Megan seguía escapándose de la cúpula, “tomándose su seguridad a la ligera” decían los informes. La seguridad de la colonia no estaba diseñada para contener adolescentes rebeldes; a ella no se le hacía difícil. Yo nunca dije nada. ¿Cómo puede ser que ella creciera en esta aglomeración de edificaciones de plástico? Ella necesitaba explorar.

Owen se preocupaba cada vez más. “La estás haciendo extrañar un mundo que jamás conoció”, me dijo. No me importaba. Quería que supiera, que entendiera de dónde había venido. Así que seguí contándole historias, contestando sus preguntas. Nunca me di cuenta de cuán frecuentemente tocábamos el tema de la comida.

“Las ostras son lo más rico que hay en todo el universo”, le dije. “Especialmente si las atrapaste tú misma. Solíamos decir que el aire fresco les agregaba sabor. Pero es porque hiciste el esfuerzo, tú hiciste que la comida llegara.”

“¿Pero específicamente, gusto a qué tienen? ¿Cómo es el gusto de los berberechos y mejillones?”

No sabía cómo contestar. Ella nunca había comido nada que no estuviera lleno de conservantes y sal. “Tienen el gusto del mar. Tienen un gusto sencillo y esencial. Tienen un gusto salobre de profundidades azul oscuro. Es un sabor de la Tierra. No te lo puedo explicar”.


Próxima semana: el final de la curiosidad.


©2013 por Sylvia Spruck Wrigley, autora del original en inglés “Alive Alive Oh” (disponible en línea en la revista digital Lightspeed Magazine).

Traducción al castellano de Marcel Sirer, año 2014, en el marco de su proyecto final para el Diploma en Traducción del IMUC. Tutor del proyecto: Fabio Descalzi.

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