Etiqueta: Muerte

Botijas en cana. Epílogo.

knastkinder_intro_555_200

Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: La despedida).

La escena está vacía. Diego aparece tras la cortina, se acerca al borde del escenario y se sienta.

DIEGO: No tengan miedo, estoy muerto, pero no soy un zombi, no; soy una especie de ángel. Uno de los buenos.

Las cárceles para botijas como la que vieron, existen de verdad. En las Filipinas, por ejemplo. Pero no solo ahí. No son tan raras como se imaginan.

¿Qué les parece, cómo sigue esta historia? Se los cuento: Jonathan vuela con los padres de vuelta a casa. Ahí hace mucho para que se enteren de las cárceles de botijas. Mucho no puede conseguir. Igual, Mariel y Ariel quedan sueltos. Los dos tienen suerte. La gente de Don Bosco, una obra de ayuda para niños, los auxiliaron. Los dos van a la escuela; en verano, en las vacaciones, Jonathan va a visitar a Mariel. Eso es lindo, ¿no?

Pero es solo una versión, podría seguir así: Jonathan vuelve a casa y se olvida pronto de Mariel. ¿Quién se quiere acordar de los malos tiempos? Ariel y Mariel serán liberados en algún momento. Un par de días después, Ariel queda de casualidad en el medio de dos bandas enemigas y lo balean. Mariel queda de golpe sola. Ahora vive de la calle, y a veces se acuerda de Jonathan. Pero eso también va quedando atrás.

¿Qué versión les gusta más? No me miren así, yo no puedo arreglar eso. Solo soy una especie de angelito, no soy Dios. Hay que joderse.

Diego se para y camina entre medio de las filas de espectadores hacia la salida del teatro.

FIN


BOTIJAS EN CANA. traducción al castellano rioplatense (variante uruguaya) por Fabio Descalzi, a partir de la versión original en alemán de Knastkinder, por Rüdiger Bertram.

© 2007 Rüdiger Bertram (original en alemán). www.ruedigerbertram.com, www.knastkinder.de

© 2008 Fabio Descalzi (esta traducción al castellano). Contacto: fabiodescalzi@netgate.com.uy

IMPORTANTE: para publicar o poner en escena esta obra, es imprescindible ponerse en contacto con el autor.

Guardar

Botijas en cana. Acto II, escena 7. Pelea

knastkinder_intro_555_200

Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: Reencuentro).

Jonathan consiguió dos frutas que escondió debajo de su camisa. Cuando pasa frente a Pat, le pone una pierna. Jonathan se cae y las frutas ruedan por el piso. Jonathan, que no se deja provocar, las vuelve a recoger. Sami y Sara se matan de risa.

PAT (burlona): Ay, disculpá, fue sin intención…

JONATHAN (presionado): Idiota.

PAT (burlona): Che, me disculpé, ¿no?

Las tres chicas se ríen. Jonathan está que hierve de rabia y vuelve hacia Mariel, Diego y Ariel, que todavía sigue muy débil. Jonathan le da a Ariel las frutas y se sienta al lado de Mariel.

JONATHAN (a Ariel): Todavía tenía algo de dinero. Entonces pensé, voy a conseguir la fruta. Esto te va a hacer bien.

ARIEL: Tené cuidado con esa. Seguir leyendo “Botijas en cana. Acto II, escena 7. Pelea”

Ciencia ficción: “Alive Alive Oh” #05

red-violent-planet


Semana anterior: la desesperante curiosidad de una adolescente que quiere conocer los sabores naturales.


Megan me miró fijo y se fue de la habitación pisoteando. Ella quería hechos, no metáforas. Ella quería saber y yo no estaba ayudando. Ella quería ir a casa y probarlos por sí misma.

***

El sedimento de la costa es suave y polvoriento, nada que ver con la arena dorada de la Bahía de Swansea. Cuando apoyo mi mano en el suelo, las puntas de mis guantes comienzan a quemarse contra el terreno húmedo que tocan. Todo en este planeta es veneno. Nunca debió ser un sitio para familias.

El día en que Megan me dijo que le dolía el estómago, no pensé mucho en eso. Seguir leyendo “Ciencia ficción: “Alive Alive Oh” #05”

Ciencia ficción: “Alive Alive Oh” #02

red-violent-planet


Semana anterior: nace una niña en otro planeta.


Owen y yo estuvimos en la tercera ola de científicos que fueron a la colonia; llegamos a ser unos pocos miles como máximo. Era un viaje largo: cinco meses de viaje y luego diez años en la base, más cinco meses más de regreso. Y aún así, parecía razonable, hasta que unos años después nació Megan.La primera misión de regreso a California fue un desastre. Los investigadores originales –incluyendo a mi amiga Jeanine Davies– estaban tan emocionados acerca del regreso a casa. Jeanine se quedó despierta toda la noche por la expectativa. Me dijo que se iba a dar una panzada de frutas y verduras frescas y luego iba a salir a disfrutar de sentir el viento contra su cara. Hicimos planes para encontrarnos en Cardiff cuando el contrato de Owen hubiera terminado. De lo único que se arrepentía era de no poder ver a Megan por unos años. Estaba tan llena de energía, era la viva imagen de la salud. Se iba a casa.

Cuando la cápsula los dejó en el centro especial en el desierto de California, los tripulantes cayeron gravemente enfermos. Tomó un tiempo recibir las noticias. Jeanine estaba muerta. Todos ellos, muertos. Eran portadores de una bacteria desconocida en sus entrañas, la cual se volvió maligna en la atmósfera terrestre. Y no solo los recién llegados, todos: la bacteria se propagó con una virulencia que no había sido vista desde la Peste Negra. Así que G851.5.32 fue puesto bajo cuarentena y todos los viajes programados a la Madre Tierra fueron cancelados sin tener la más mínima idea de cuándo íbamos a poder volver. Seguir leyendo “Ciencia ficción: “Alive Alive Oh” #02”

Hierba humeante, rastas rechinantes

Dreadlocks backHace una semana una revista literaria publicaba mi relato La peluca de rastas (hacer clic aquí para leerlo). Varios ya lo leyeron y me hicieron sus comentarios, que mucho agradezco. Hubo elogios, identificaciones, sentimientos, también críticas. Como siempre sucede cuando algo se publica. En especial, cuando toca temas tan actuales como peliagudos. El pelo peinado en forma de rastas les causa repulsión a muchos; y, si además de eso, quien lo usa fuma marihuana, son varios los que ponen el grito en el cielo. Seguir leyendo “Hierba humeante, rastas rechinantes”

La peluca de rastas

Dreadlocks back

Isaura me acarició las rastas, mientras me dormía despacio sobre las sábanas verdosas. El humo de marihuana apenas brotaba de los restos del cenicero de madera. Se acarició la barriga de seis meses donde Roni disfrutaba de su confort amniótico. Se recostó boca arriba y poco a poco fue conciliando el sueño.

***

—Crispín, no te me quedes. Te tengo que hablar.
Abrí los ojos medio despistado. Hacía tiempo que no escuchaba esa voz.
—Crispín, mi hijo querido. Te estás quedando. Ya no te queda tiempo.
Era mamá. Se me apareció en una visión radiante. Su figura esbelta flotaba encima de la perfecta redondez de la barriga de Isaura. Mis rastas adornaban el conjunto.

***

Las rastas. Esa moda rara que a papá no le gustaba nada, ahora era un furor. Mucha gente quería lucirlas. Pocos tenían paciencia para hacérselas. Fue otro de mis caprichos. Papá no supo detenerme. Como tampoco pudo frenarme otras cosas.

***

A los quince traje a la casa una novia de rastas que fumaba marihuana. Papá fumaba en pipa mientras me veía envuelto en humo verde, yo parecía tan feliz con esa chica de ideas raras. Yo aprendía como podía lo que era el amor. Había tenido durante doce años el feliz ejemplo de mis padres. Yo también quería hacer mi vida, reinventarme, lo hacía como me salía. Papá no rehizo su vida, siguió muy solo. Nadie iba a poder ocupar el lugar de mamá, y no tenía forma de darme una nueva madre. Le remordía la conciencia por no haberme hablado nunca con claridad sobre la muerte. Yo no sufría con la palabra muerte, no me dolía; la desconocía. Y corría peligro de terminar desconociendo también la palabra vida.

Seguir leyendo “La peluca de rastas”

Sufrido pesar

Weyden,_Rogier_van_der_-_Descent_from_the_Cross_-_Detail_women_(left)
Detalle de El Descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden (1435).

Una necrológica municipal. Un lugar vacío adonde no va nadie. Pero los amigos sí que fueron.

Moro les pidió para estar primero él solo.

—Déjenlo tranquilo. —Tris sabía que Moro no quería que vieran sus lágrimas.

Entró a ese lugar, donde el cajón descubierto lo hizo estallar en llanto. Moro pegó con los puños en la pared mientras seguía gritando y llorando. Todos se pusieron muy nerviosos con ese olor a plástico quemado y pétalos mustios. No era normal.

—¡Así no! ¡Este pibe se terminó de enloquecer! —dijo Pedri, ofuscado.

—Esto no me gusta. Voy a entrar ya mismo —dijo Tris, más enojado.

Gonza apartó con sus brazos grandotes a los demás. No se podían apurar a entrar. Tris lo conocía más, sabía lo que hacía. Cuando entró, vio a Moro tirado en un rincón, tapándose la cara con las manos. Frente al cajón había una gran corona de claveles rojos; en donde habría estado la cinta con el nombre, las flores estaban chamuscadas.


De a poco fueron entrando los demás.

Cuando hay duelo, uno tiene que hacer lo que siente.

El Paisa, con toda sencillez, se acercó al cajón, se santiguó, estuvo unos instantes con la cabeza gacha, los ojos semicerrados. Hizo una reverencia cortita, volvió a santiguarse y se apartó.

Casi todos se fueron persignando, algunos sin ganas. Les preocupaba más el dolor de Moro.

Pili les dio la mano a Andy y a Jagu. Con candor pronunciaron la plegaria a Dios y a la Virgen del Pilar, por el descanso de esa alma. Después, hicieron silencio.


Nadie se inmutó con lo que había en el cajón, justo al lado del rostro de la difunta.

Un clavel del aire.

Moro sí se imaginaba quién lo podría haber traído. Alguien que no tenía ni para comprar una margarita.

¿Gabi?

¡Cobarde! Entró, miró y voló. Antes que todos. ¿Cómo supo?

No.

Mejor dejar las cosas así. No preguntes nada. No cuentes nada.

Safe Creative #1604217280829

Guardar

Guardar

Guardar