Etiqueta: Términos

Bucal, oral, verbal, vocal

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Hay palabras que se parecen mucho. Pero con usos muy distintos. Aunque también pueden ser intercambiables. Es el caso de estas cuatro palabras: «bucal», «vocal», «oral» y «verbal». Para evitar confusiones en su correcta utilización y escritura, lean las explicaciones que nos da el filólogo Javier Álvarez en un artículo:

Bucal: este adjetivo proviene del latín bucca, que es de donde procede la actual palabra española «boca»; por tanto, debe escribirse con ‹b› (y con ‹u›). En principio, hace referencia simplemente a lo relacionado directamente con la cavidad donde se encuentran los dientes, la lengua, etc. No debe emplearse, por tanto, para referirse al habla o a la voz —para esto emplearemos la siguiente palabra, «vocal»—. Por cierto, que el bozal que se les pone a los perros para que no ladren también se escribe con ‹b›, ya que comparte la misma raíz.

Oral: de la raíz or- (os, oris) latina, que implicaba la boca y en algunas situaciones la cara por completo; esta palabra carecía de ‹h› ya en latín, por lo que es incorrecta también en español. Este adjetivo puede emplearse en dos sentidos: con menos frecuencia, para referirse a la boca en sí misma (cuasisinónimo de «bucal»; primer ejemplo); con más frecuencia, para referirse al habla (cuasisinónimo de «vocal»; segundo ejemplo), de cuyo uso hay otras palabras como «orador», «oratoria», etc.

Verbal: procede de la palabra verbum en latín, que significaba en su origen simplemente «palabra». Por tanto, podemos concluir que es un sinónimo (sin el cuasi‑ que empleamos anteriormente) de «oral» cuando se refiere al habla.

Vocal: comparte la raíz latina de vox ‘voz’, lo que indica que siempre se escribe con ‹v›. Como adjetivo se refiere a lo relacionado con la voz, y no es oportuno usarlo para referirse a cualquier elemento relacionado con la boca, a pesar de que la voz salga de esta.

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Neología, nicho de mercado

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“Mercado” por Tarsila do Amaral. Fuente: http://wp.me/Pychf-55h

Un mercado no es otra cosa que un montón de necesidades y oportunidades de satisfacerlas. Con esta definición, parecería que todo es mercado. Bueno, no todo; pero casi. Si pensamos que en una lengua se usan miles de palabras viejas, nuevas, anticuadas, recuperadas, resignificadas, cambiadas, bastardeadas, prestadas… sí, es un mercado. Listo. ¿Y entonces?

Una lengua también tiene su propio mercado entre la gente. Se la vende bien y le damos valor, o se la esconde y la asfixiamos. Aquí no queremos ningunear ninguna lengua, queremos que valgan, que se aprecien, que la gente las compre. Que las oiga con gusto. Que aprecie y use su rico vocabulario.

Si se trata de una lengua hablada en un ambiente cultural en inferioridad de condiciones frente a otra cultura con un rol más destacado, inevitablemente se sufren procesos de erosión lingüística, se adoptan préstamos y calcos, se extranjeriza parte de la lengua propia. Un proceso no exento de conflictividad, pero muchas veces llevado por la necesidad.

Y al hablar de necesidades, volvemos a lo que es un mercado: un cúmulo de necesidades que se busca satisfacer. Si la terminología no satisface las nuevas necesidades, es porque la solución pasa por crear neologismos. Y ahí es donde llegamos a los temas de traducción, cultura, identidad. Y ética.

Un autor que menciono con mucho gusto en el ámbito traductoril es Antoine Berman. A partir de su obra se fue planteando un giro ético en traducción. Sería muy largo adentrarnos en eso; pero, para resumir algo que sirva en estos apuntes sobre terminología y neologismos, quiero hacer hincapié en un concepto: experiencia. La necesidad de reflexionar sobre la experiencia acumulada en la generación de textos traducidos, y en la producción de terminología que acarrea inevitablemente. Una tensión muy grande aparece cuando se entiende a la traducción como una reescritura, como una creación de algo que se sabe incompleto, tan incompleto como el propio escritor y como el sujeto traductor. La ética hace posible la traducción, consiste en aceptar la traducción como texto otro, como escritura, como experiencia que el traductor desarrolla durante su tarea.

Frente a tantos planteamientos centrados en lo lingüístico, Berman propone un enfoque diferente, centrado en la crítica. Se puede criticar mejor lo que se experimenta. La experiencia nos termina remitiendo, a su vez, a otro concepto relacionado con el ámbito cultural: descolonización. Pero eso ya merecería otro espacio. Es una ardua tarea para el día a día.

Sea como fuere, se tropieza con un montón de obstáculos al salir a ese mercado de palabras. Existe una obsesión por distinguir entre usos correctos y usos incorrectos, el purismo, el misoneísmo (rechazo cerrado de «lo nuevo»), la descalificación de usos (lo que «me suena mal», las palabras «feas», etc.) y una nostalgia por un pasado (a veces inexistente) en el que supuestamente se hablaba mejor.

También se perfilan inesperadas tendencias a futuro. Si nos fijamos en el caso de África Subsahariana, se está dando un intenso intercambio económico y cultural con China, incluso a nivel literario. Esto plantea nuevas influencias entre culturas y, por qué no, nuevos retos terminológicos.

Un gran desafío espera. Llenar un nicho de mercado con neologismos que, en la medida de lo posible, representen lo propio (o la apropiación), pero sin perder de vista la permanente e inevitable existencia de lo Otro.

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Artículo escrito como parte de la preparación para el Seminario Internacional sobre Traducción, Terminología y Lenguas Minorizadas. Jaguerojera ñane Ñe’ẽ Guarani, a celebrarse del 26 al 28 de agosto de 2016 en la Fundación Yvy Marãe’ỹ, San Lorenzo, Paraguay.