Chicos en la cárcel. Pibes presos. Botijas en cana (Knastkinder) de Rüdiger Bertram

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Jonathan es un adolescente berlinés, hijo de un filipino y una alemana, de vacaciones en Manila. Se escapa del hotel y lo roban en un barrio peligroso de la ciudad. Un grupo de chicos de la calle lo ayuda, pero todos son apresados por la policía y van a dar a la cárcel. Como cientos de chicos más, quedan encerrados en condiciones infrahumanas. Jonathan no tiene manera de comunicarse con sus padres, no tiene documentos ni dinero. Una pesadilla se le hace realidad. Recién varias semanas después, con un truco logra ponerse en contacto con sus padres, que finalmente pueden rescatarlo de la cárcel. Pero sus nuevos amigos quedan adentro.

Niños en la cárcel. Pibes presos. Gurises encarcelados. Botijas en cana. Así les decimos en mi país. Y hace varios años, a mis manos llegó esta obra de teatro juvenil sobre el tema. Un original en alemán, Knastkinder, escrito por Rüdiger Bertram en 2007. Un amigo me pidió que le hiciese el favor de traducirla al español. La labor de traducción representó un gran desafío. El texto, si bien es muy simple y lineal, fácil de entender, también está lleno de horrores. No solo miserias humanas, también muchas palabrotas. Como no es posible traducir las malas palabras de manera genérica, opté por el español rioplatense en su variante montevideana, y el título elegido fue Botijas en cana. Si alguien tiene problemas para entender el vocabulario, ofrezco una ayuda en línea, clic aquí.

Fue mi involuntario inicio en la traducción literaria. ¿Una primera influencia para escribir ficción sobre problemáticas de adolescentes…? Si quieren, busquen ustedes sus propias conclusiones. Aquí tienen la traducción completa. Tras obtener la autorización del dramaturgo que escribió el original hace una década, podrán apreciarla y horrorizarse ustedes también.

Advertencia: no apto para menores de 12 años. Contiene vocabulario y escenas que hieren la sensibilidad de los niños en edad escolar. Quien tenga interés en representar esta obra, deberá ponerse en contacto con el autor, desde ya me ofrezco como nexo.

Aquí están los personajes:

  • Jonathan (varón, turista)
  • Ariel (varón, callejero)
  • Mariel (chica vestida de varón, callejera)
  • Diego (varón, callejero)
  • Pat (chica, callejera)
  • Sami (chica, callejera)
  • Sara (chica, callejera)
  • Guardia (hombre)
  • Benja (varón grandote en cana)
  • Policía en la calle (hombre)
  • Otros botijas en cana

Acto I, escena 1. Perdido.

Jonathan (de unos 13 años) tiene un plano de la ciudad en la mano. Lo mira inseguro, después da una vuelta en círculo. Es evidente que anda perdido. Jonathan viste vaquero, championes caros, remera de marca y un iPod. La escenografía muestra un callejón oscuro que se angosta hacia atrás. Jonathan mira inseguro a la derecha y a la izquierda, vuelve a mirar el plano y se aproxima a la escenografía, se entrevera con el impráctico mapa plegable y apenas puede volverlo a doblar.

De la izquierda vienen tres chicas a la escena: Pat, Sara y Sami. Sami tiene una bolsa con adhesivo en la mano, en la que aspira varias veces, y se la da a las otras. Las tres se empujan entre sí en broma y pasan al lado de Jonathan, quien les habla.

JONATHAN: Che, hola, perdoná, creo que me perdí. Me pueden decir cómo…

Las chicas quedan paradas. Pat, la más grandota, lo mira a Jonathan de arriba abajo.

PAT: ¿Así que te perdiste?

Mira riendo irónicamente a las otras dos, que devuelven una sonrisa sarcástica.

JONATHAN: Pah, creo que sí. Quiero volver al hotel. Es el Victoria. (SEÑALA EN EL PLANO.) Está como por acá. Pero no tengo ni la más pálida idea de dónde estoy.

PAT: Mirá, yo te lo voy a decir: te metiste en la otra punta de la ciudad.

JONATHAN: Qué cagada, ya me parecía.

PAT: Y tuviste tanto culo, que nos encontraste a nosotras tres. Acá hay muchos tipos peligrosos en la vuelta. ¿Eh, chicas?

SARA: Sí, un culo de aquellos.

SAMI: Un culo así de grande.

JONATHAN: ¿Me pueden decir cómo salgo de aquí? Les agradecería.

PAT (gesticula exageradamente): Más bien. Dale. Bueno, lo mejor es que camines allá a la izquierda, después a la derecha, otra vez a la derecha, después otra vez a la izquierda, derecho por el cruce, después a la derecha, después a la izquierda, pero no mucho, después otra vez…

JONATHAN: Pará, pará, no tan rápido que no te sigo.

PAT (lo ignora): … después derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda…

Sami y Sara se ríen para adentro. Jonathan se da vuelta muy nervioso.

JONATHAN: Ta, ya entendí, le voy a preguntar a otro. (SUSURRA) ¡Boludas!

Jonathan trata de pasar por delante de ellas tres. Pero no puede. Las chicas se le plantan firme delante.

PAT: Che, no tan rápido.

SARA: Te olvidaste…

SAMI: … de darnos las gracias.

JONATHAN: ¿De qué?

PAT: ¿No te enseñaron modales? Esto te va a costar unos mangos.

JONATHAN: ¿Qué? ¿Que me pelotudeen? ¿Eso también sale guita?

PAT: Te lo voy a explicar bien amable. Te dije el camino gratis con gran lujo de detalles. Pero nos tenés que garpar para que te dejemos ir. Así que largá la guita.

JONATHAN: ¡’Tan de la nuca! Ni pienso.

Pat saca de golpe un cuchillo con el que amenaza a Jonathan.

PAT: Lo voy a pensar bien.

Hay una pelea de manos, Jonathan trata de defenderse pero no puede. Las tres chicas lo golpean y le sacan todo. iPod, vaquero, remera, championes, billetera. Casi desnudo, queda en calzoncillos.

PAT: Con esto alcanza. Qué sorete. Nos lo podría haber dado él mismo. Ya va a conseguirlo de vuelta.

Pat le da una patada más a Jonathan que está tirado en el piso.

PAT: ¡Vamos, a rajar!

Las tres corren hacia el costado y desaparecen de la escena.


Acto I, escena 2. Encuentro.

Del otro lado de la escena se acercan Ariel, Diego y Mariel. Al lado de Jonathan, que todavía está tirado en el piso, Sami dejó la bolsa con el pegamento.

ARIEL: ¿Cuánta plata te queda, Diego?

DIEGO: Mis bolsillos están tan vacíos como mi panza.

ARIEL: ¿Y vos, Mariel?

MARIEL: Mirá, ahí hay uno tirado.

DIEGO: Se la pegó feo. Mirá la bolsa.

Los tres se acercan. Diego levanta la bolsa con el pegamento.

ARIEL: Éste no se la pegó. Lo afanaron.

MARIEL: Lo tenemos que ayudar.

DIEGO: ¿Cómo? Nadie nos ayuda a nosotros.

Ariel y Mariel se arrodillan al lado de Jonathan, que vuelve en sí de a poco.

ARIEL: Vamos, Diego. Conseguite algo para que tome.

Diego olfatea en la bolsa con el adhesivo que las chicas se olvidaron.

ARIEL: ¡Dejá eso, la puta madre!

DIEGO: Se puede seguir aspirando.

Ariel lo mira muy fijo. Diego deja caer la bolsa y se va. Mientras hablan, Jonathan se termina de despertar. Mira con desconfianza a los extraños.

DIEGO: Ya está, jefe. Aquí voy.

Diego se va. Jonathan aprovecha la distracción, se levanta con dificultad y trata de escaparse corriendo. Solo a la fuerza Ariel y Mariel lo pueden sujetar.

JONATHAN (con miedo): ¿Qué quieren de mí? ¡Déjenme ir!

MARIEL: No tengas miedo de nosotros.

ARIEL: Ya traemos agua.

MARIEL: Te queremos ayudar.

JONATHAN: Tengo que volver al hotel. ¡Ir a la policía!

Jonathan se endereza. Se nota que le duele todo.

ARIEL: Pero no así.

Ariel se saca la camisa y se la da. La camisa está bastante mugrienta. Debajo, Ariel tiene una camiseta.

ARIEL: Che, ponete esto.

JONATHAN (espantado): ¿Esto?

ARIEL: Lo lamento, pero tengo mi traje en el lavadero. Dale, boludo, no te cagues y ponételo.

Jonathan mira con poco entusiasmo, pero igual se pone la camisa, que le queda muy justa. Se siente destrozado y acabado.

JONATHAN: Gracias.

MARIEL: ¿Cómo se llama tu hotel?

JONATHAN: El Victoria.

Mariel y Ariel se miran y se ríen.

JONATHAN: ¿De qué mierda se ríen?

ARIEL: Ese lugar es muy pituco. ¿Lavás platos ahí? ¿O qué?

JONATHAN: Mis padres están ahí. Estamos de vacaciones.

MARIEL: Eso contáselo a otro. ¡Mirate! Alguien como vos no para en el Victoria.

JONATHAN: Estoy en bolas porque me afanaron todo. Quise tomarme una tarde para mí, no ver solo museos y eso. Por eso me rajé del hotel y ya ves, me cagaron. Y…

Ariel y Mariel se miran dudando. De un lado viene Diego corriendo y lo interrumpe a Jonathan en medio de la frase. Tiene una botella de plástico de litro y medio con agua bajo el brazo. Sin aliento se queda parado al lado de los otros. Primero resopla antes de poder hablar.

DIEGO (sin aliento): ¡Rápido! Rajen. Me sigue la cana.

JONATHAN (esperanzado): Bárbaro, voy a poder denunciar…

ARIEL: Eso lo hacés más tarde. Tenemos que rajar.

JONATHAN: Pero yo no hice nada.

MARIEL: Entonces tratá de explicarles.

Un policía amenazante aparece por la izquierda. Mariel empuja a Jonathan con los otros para el otro lado de la escena. Cuando los cuatro botijas llegan allí, de golpe aparece otro policía que mete miedo. Se repite lo mismo cuando tratan de ir para atrás. Se cierra el círculo cada vez más, los botijas reculan, hasta que quedan contra el borde de la escena.

Se apaga la luz.


Acto II, en la cárcel de menores. Escena 1. Llegada.

El área de la escena equivale a la superficie de la cárcel. Los muros que la rodean están insinuados en el borde de la escena. Detrás hay una pared de tablas que esconde el inodoro. En el medio hay un rancho precario. En todas partes de la escena se acuclillan botijas en grupitos. Se paran y sientan todo el tiempo y se vuelven a amontonar, de modo que siempre hay movimiento en el fondo de la escena. Todos parecen aturdidos, se mueven lentos, perezosos y vacilantes, como si estuviesen drogados, pero sin aparecer al frente. Solo están en el fondo de la escena.

Delante del rancho están sentados Diego, Mariel y Ariel. Jonathan está parado, nervioso, al lado de ellos, y camina de un lado para el otro como fiera enjaulada.

DIEGO: Por lo menos podrían haber pintado desde la última vez que estuve. Un naranja fuerte o algo así, y entonces estaría más bueno esto.

JONATHAN (se queda parado y sorprendido): ¿Ya estuvieron acá?

MARIEL: Cuando vivís en la calle, siempre vas a parar acá.

ARIEL: Pero igual de rápido volvés a salir.

DIEGO: Tarde o temprano. Más tarde que temprano.

JONATHAN: Pero hay abogados que los pueden sacar de acá. Hay leyes.

DIEGO: ¿No te parece que vivís en otro planeta, vos?

ARIEL: Estamos acá porque no tenemos un mango. Si tuviésemos guita para abogado, no estábamos acá.

JONATHAN: Yo acá no me quedo. (GRITA CON PÁNICO) ¡HEY, QUIERO SALIR!

MARIEL: Mejor te quedás quieto. Los guardias no quieren que ninguno acá la empiece.

JONATHAN: Me importa un carajo lo que no quieran. ¡QUIERO SALIR DE ACÁ! ¡NO HICE NADA!

Del costado viene el guardia.

GUARDIA: ¿Quién la empezó, eh?

JONATHAN: ¡Yo! Yo no me robé nada. Al revés, me robaron todo. Hay leyes, tengo derechos. No me pueden dejar acá.

GUARDIA (casi gruñendo): ¿Y ahora le querés hablar a un abogado, no?

JONATHAN: Claro.

GUARDIA: YO soy tu abogado, así que te dejás de joder.

JONATHAN: Yo no soy de acá. Soy turista.

El guardia lo mira de arriba abajo, estudiándoselo.

GUARDIA: Yo conozco muchos turistas, se ven muy distintos.

JONATHAN (muy excitado, casi en pánico): Pero esto es todo una confusión.

GUARDIA: ¿Tenés pasaporte?

JONATHAN: Sí, pero me lo…

GUARDIA: Mirá botija, yo no soy ningún monstruo, por eso te voy a dar un consejo: no armes relajo, quedate quieto, portate bien y en unos meses estás afuera otra vez. ¿Ta? Así es más fácil para vos y para mí.

JONATHAN: Pero…

El guardia se da vuelta y deja a Jonathan con la palabra en la boca. En el fondo suena una campana.

DIEGO: Al fin, comida.

ARIEL: Hacemos como la otra vez. Mariel agarra el arroz, yo me encargo de la sopa y Diego busca el pan. Vamos.

JONATHAN: ¿Cómo pueden pensar en comida ahora? ¡Nos encerraron!

ARIEL: ¿Y por eso vamos a pasar hambre?

MARIEL (a Jonathan): Si agarrás solo el arroz, después ya no queda sopa. Si agarrás sopa, no agarrás arroz. Por eso nos repartimos. Vos podés encargarte del té, pero apurate. Después no alcanza para todos.

Los niños se reparten. Solo Jonathan queda quieto, confundido.

Se apaga la luz.


Acto II, escena 2. Aclara.

Los botijas se sientan en el piso y comen. Jonathan prueba un bocado de su plato, pone cara de asco total y tira el plato lejos, que rueda por el escenario.

JONATHAN: ¡Paaaah! ¿Cómo pueden comerse esto? Es inmundo.

ARIEL: Con un sorbo de té está mejor, pero no se pudo.

MARIEL: Dejalo tranquilo.

DIEGO: Cuánto te apuesto que en el Victoria no es mucho mejor, solo más caro.

JONATHAN: Esto no lo como. Ni en pedo.

ARIEL: Pero deberías, precisás algo en la barriga.

JONATHAN: ¿Para qué? Mis padres me van a sacar de acá, hoy mismo.

MARIEL: Pero no saben que estás acá.

JONATHAN: Ya me van a encontrar.

ARIEL: ¿Cómo? Nadie afuera sabe dónde estás. Nadie.

Esta frase le pega feo a Jonathan. Necesita un momento para volver en sí.

JONATHAN: Pero, ¿qué pasa con los padres de ustedes? ¿No los buscan?

ARIEL: Tienen otros problemas.

DIEGO: Un rancho así de grande, les da mucho laburo, y además el jardín enorme… Boludo, no tienen tiempo de buscarnos, siempre están en recepciones de gala y fiestas de sociedad.

JONATHAN: ¿Cómo?

MARIEL: Te estaba jodiendo, boludo. Diego es así.

JONATHAN: Pero… ¡si son apenas unos pibes!

Los tres se miran sin entender.

ARIEL: ¿Y?

GUARDIA (gruñe): En cinco minutos se apaga la luz.

Los niños (también los del fondo) se paran de un salto y buscan un lugar para dormir. Se agolpan confusamente. Solo Jonathan se queda parado porque no entiende lo que pasa ahí.

JONATHAN: ¿Qué pasa ahora?

MARIEL: Tenés que buscarte un rincón para dormir.

JONATHAN: ¿Y? ¿Cuál es el problema?

ARIEL: Bajo el techo no hay lugar para todos.

JONATHAN: Pero afuera hace calor.

MARIEL: Sí, pero parece que viene lluvia. Apurate.

Jonathan corre de un lado para otro, hasta que encuentra un lugar. Se acuesta en el piso. Pero no por mucho rato. Viene otro botija. Es más grandote que Jonathan.

BENJA: Che, ese es mi lugar, así que borrate.

JONATHAN: Pero yo llegué primero.

BENJA: ¿Desde cuándo?

JONATHAN: Recién, recién.

BENJA (se ríe): Sos nuevo, ¿no? ¡’Cuchame! Yo duermo ahí hace mucho tiempo, ahí donde te tiraste. Así que te rajás.

Jonathan se para y se va. Benja le patea el culo cuando se va. Jonathan está demasiado cansado como para reaccionar. Se acuesta un poco de lado. Mariel, Diego y Ariel se le acercan.

ARIEL: Mejor no empieces peleas acá. Acá hay tipos que no los metieron solo por robar una botella de agua.

JONATHAN: No me tenés que decir todo el tiempo lo que tengo que hacer.

ARIEL (mira dudando para arriba): ¿Acá querés dormir?

JONATHAN: Sos peor que mi vieja, puedo cuidarme solo.

ARIEL (criticón): Justo, por eso fuiste a parar aquí.

MARIEL (se preocupa): ¿Te parece que funcione?

JONATHAN: Ahora no empieces vos, tampoco. Che, gente, esta es mi única noche acá. Mañana vuelvo a salir. Les aseguro. No se preocupen.

MARIEL: Entonces, que duermas bien.

DIEGO: Que tengas dulces sueños.

Los otros se acuestan. Solo Ariel se acerca al borde de la escena y se dirige al público.

ARIEL: Yo me encargo de Mariel y de Diego. Alguien los tiene que cuidar. Sobre todo Mariel, que… Bueno, Mariel y yo somos hermanos. Éramos diez en casa. Mamá es la mejor madre que puedan imaginarse. Nos adora. Pero no puede hacer nada porque es muy pobre y no alcanza para todos. Por eso, Mariel y yo nos fuimos cuando tuvimos edad para revolvernos solos. Cuando tenga hijos van a estar mejor. Por eso me gustaría tener una cocina. Podría cocinar y vender comida a los ricos. Tienen guita. Más de la que precisan. Yo no tengo, por eso no me puedo comprar una cocina, y como no tengo cocina, no puedo ganar plata. Así de fácil…

Se apaga la luz.


Acto II, escena 3. Tramando planes.

La mañana después. Jonathan está acuclillado en el piso y se ve congelado. Tirita de frío y pone los brazos alrededor del cuerpo tratando de calentarse.

GUARDIA (gruñe): ¡DE PIE!

Diego, Ariel y Mariel se acercan a Jonathan y se acuclillan al lado de él en el piso.

ARIEL: ¿Dormiste bien?

JONATHAN: ¿Por qué no dijiste que hay un agujero así de grande en el techo? Me empapé cuando llovió de noche.

MARIEL: Se supone que no te tenía que decir lo que tenías que hacer.

DIEGO: Vos mismo lo dijiste, boludo.

Los tres le sonríen burlonamente a Jonathan, que también tiene que terminar riéndose.

JONATHAN: La verdad, tuve suerte de encontrarme con tres pintas como ustedes.

MARIEL: Suerte en la mala suerte, diría yo.

Los cuatro se miran sonriendo irónicamente; después, un momento de silencio con vergüenza.

JONATHAN (avergonzado): Y Diego, ¿de veras robó la botella para mí?

DIEGO (sacude la cabeza): No, claro que no, boludo, yo también tenía sed.

MARIEL: Fue a propósito a buscar agua para vos.

JONATHAN: Si no fuera por mí no estaban acá, ¿no?

ARIEL: Nos metían en cana igual por cualquier cosa. Meten para adentro a cualquiera que no esté vestido como a ellos les gusta.

MARIEL (a Jonathan): Dale, boludo, parate, ya viene el desayuno. Tenés que morfar algo.

Jonathan se endereza decidido.

JONATHAN: Sí, y va a ser en mi hotel. Los metí acá, así que los vuelvo a sacar.

ARIEL (divertido): ¿Y? ¿Cómo vas a conseguirlo?

JONATHAN: Ni idea. Pero esto es una reverenda cagada: meter pibes presos. Esto se tiene que saber, si no, nada va a arreglarse.

ARIEL (burlón): Podés hacer una obra de teatro. Cuando vuelvas a casa.

DIEGO: Claro. Entre rejas, los botijas en cana.

MARIEL: Y Diego con el papel principal.

Los tres se ríen, y solo Jonathan se queda serio.

JONATHAN: Y, ¿por qué no?

ARIEL (se pone serio de golpe): Porque no cambiás nada con eso.

JONATHAN: ¿Estás seguro? Pero primero tengo que salir de acá. ¡¡GUARDIA!!

MARIEL: Dejá eso mejor.

JONATHAN: Me voy a casa ahora. Y ustedes también. ¡¡GUARDIA!!

El guardia viene muy enojado.

GUARDIA: ¿Quién me molesta en el desayuno? (Se queda parado cuando descubre a Jonathan) ¡Vos otra vez!

JONATHAN: Tiene que haber un anuncio de desaparición. Seguro que mis padres ya estuvieron en la policía. Y ellos tres aquí, son inocentes. Yo devuelvo la botella, si de eso se trata. Si es por mí, hasta un casillero lleno.

GUARDIA (burlón): Sos muy cómico, vos.

JONATHAN: Quiero hablar con el director.

GUARDIA: Pero él no te quiere hablar a vos.

JONATHAN: Pero…

GUARDIA: Callate la boca de una vez.

El guardia le pega con la porra y Jonathan cae al piso. Ariel, Mariel y Diego lo arrastran lejos rápido hacia un rincón de la escena. El guardia va a la rampa del escenario y le habla al público.

GUARDIA: No es que no me gusten los botijas. Yo tengo los míos. Cinco gurises espléndidos. Tres varones, dos nenas. Pero los de acá no son ningunos botijas. Son delincuentes, no están acá por casualidad. Algunos se ponen bien descarados, como este recién. Entonces, francamente, acá están mejor que en la calle. Esto es una especie de sanatorio para ellos. Se les podría dar algo más, escuela y eso, pero la mayoría son de lo más burros, porque con esa manía de aspirar adhesivo ya se quemaron el cerebro. Pero igual se siguen pagando el pegamento, como si les sirviera para algo. Yo tampoco gano mucho, y además, ¿no les dije acaso que tengo cinco hijos?

El guardia se va sin preocuparse más de los botijas.

Se apaga la luz.


Acto II, escena 4. Ganar plata.

Jonathan, Ariel, Mariel y Diego se acuclillan en el piso.

ARIEL: Vas a quedarte un buen rato con nosotros acá.

JONATHAN: Eso es imposible. La semana que viene vuelve a empezar el liceo.

MARIEL: ¿Vas al liceo?

JONATHAN: Todos van al liceo o a la escuela. Te lleva la policía si no querés ir.

DIEGO: Aquí, la policía te agarra por cualquier cosa. Pero nunca me dijeron que la policía te meta en cana por no ir al liceo.

ARIEL: No te estoy diciendo solo una semana, boludo.

JONATHAN (sin entender)
¿Cómo es?

MARIEL: La última vez estuvimos cuatro meses acá.

DIEGO (señala a Benja, el botija grandote que echó ayer a Jonathan): Y aquél está acá desde hace un año.

JONATHAN: Me estás jodiendo.

DIEGO: Esta vez no. Hay que joderse.

JONATHAN: No me va a pasar a mí. Yo voy a salir. Nosotros vamos a salir.

ARIEL: Y, ¿me querés decir cómo?

JONATHAN: Nos escapamos. El muro no es tan alto.

MARIEL: No es alto, pero te rompés las manos. Está lleno de culos de botella.

JONATHAN: Y ¿qué tal cavar un túnel?

DIEGO (gira como un rotor): ¿O un helicóptero, ya que estamos?

ARIEL (a Jonathan): Vas demasiado al cine, vos.

JONATHAN: ¿Y si hacen algo entre todos? ¿Todos los que están acá encerrados? Una revuelta o algo de eso.

ARIEL: La mitad de los que están acá están contentos, si se pueden acordar del nombre. Están todo el día pirados. (Se ríe) ¡Una revuelta! No jodas, olvidate.

JONATHAN: Pero tiene que haber alguna manera…

MARIEL: Podrías tratar de sacar para afuera una hojita con algo escrito. Para tus padres.

JONATHAN: ¡Pero claro! Pero ¿cómo no se me ocurrió antes?

DIEGO: ¿Vos también aspirás pegamento?

JONATHAN (hace una mueca): ¡Tarado!

ARIEL: Pero cuesta guita. No dejan escribir cartas, por eso tenés que coimear al guardia.

DIEGO: Pide lo menos mil pesos por eso.

JONATHAN: ¿Y de dónde los consigo?

ARIEL: Te los tenés que ganar.

MARIEL: ¿Qué sabés hacer?

JONATHAN: Tengo sote en ciencias sociales y puedo tocar la guitarra. Y soy buen delantero izquierdo.

DIEGO: Genial, te pagan un millón si pateás la pelota para el cuadro de los botijas en cana.

MARIEL: ¿Podés escribir?

JONATHAN: Obvio.

MARIEL: La mayoría acá, no sabe. Podrías escribirles cartas. Para sus padres. Así podrías ganarte unos pesos.

DIEGO: Al guardia le va a encantar. Engorda su negocio.

JONATHAN (a Ariel): ¿Te parece que funcione?

ARIEL: Probá, puede funcar.

Se apaga la luz.


Acto II, escena 5. Escribiendo cartas.

Jonathan está sentado con Diego en el piso al borde de la escena. En el lado opuesto se acuclillan Mariel y Ariel. Durante la conversación, Jonathan mira a cada rato a Mariel.

JONATHAN: Mariel es muy amable.

DIEGO: ¿Cómo es eso, “amable”?

JONATHAN: Sí, me cae muy bien, es muy amable. Ariel también es amable, pero siempre muy plantado. En cambio, con Mariel es algo, qué se yo…

DIEGO (divertido): ¿Algo… qué?

JONATHAN: No sé, algo… algo más capaz de entenderme, muy amable, no sé. Me gusta, así de fácil. Algo.

DIEGO (burlón): ¿Sos trolo?

JONATHAN: ¡Tarado!

DIEGO: Me da lo mismo, mientras no te metás conmigo.

JONATHAN (protesta): No soy…

Del costado viene Benja hacia los dos. Jonathan se para nervioso de un salto cuando lo ve acercarse. Benja debe sujetar a Jonathan para que no se vaya corriendo.

BENJA: Quieto, quedate quieto. Te podés quedar quieto ahí, no es mi lugar.

JONATHAN (desconfiado): Entonces, ¿qué querés de mí?

BENJA: Escuché que escribís cartas. ¿Cuánto?

JONATHAN: Una, y si va bien puedo escribir dos por día.

BENJA: Quise decirte que cuánto cuesta. Una carta.

DIEGO: Si es por hacer negocios, no voy a joder. (Burlón) ¿Le doy un beso a Mariel de tu parte?

Diego se para, Jonathan frunce la frente enojado mirando a Diego, el que lo mira con cara insolente y se va.

BENJA: Entonces, ¿cuánto me cobrás por una carta así?

JONATHAN: Cien pesos.

BENJA: Te doy treinta. Tengo papel y lápiz también.

JONATHAN: Dale.

Jonathan se vuelve a sentar. Benja le da papel y lápiz y se acuclilla al lado de Jonathan.

BENJA: La carta es para mis padres. Escribí: Hola mamá y papá, estoy bien. En el campamento adonde me trajeron hacemos deportes todos los días. Nadamos en el lago y después nos dan el desayuno. Ya engordé bastante. Después hasta el mediodía tenemos clase.

JONATHAN (sorprendido): ¿Y esto qué es? ¿Una novela?

BENJA: Te pago por escribir, no por tus comentarios, así que dale. También me enseñaron a escribir aquí. La carta la escribí solo. No se preocupen por mí. Los quiero, Benja. ¿’Ta?

Jonathan dice que sí con la cabeza. Benja agarra la carta y mira la hoja.

BENJA: Che, tiene una falta. El tipo que les lee la carta a mis viejos puede escribir. Fue un año a la escuela.

JONATHAN: No pasa nada, está todo bien ahí, menos lo que dice.

Benja dobla la carta prolija y la pone en el bolsillo, después le da el dinero a Jonathan.

BENJA: ¿Y qué? Eso a vos te importa un carajo…

Benja se acerca al borde del escenario, donde dice un monólogo.

BENJA: Robé una rueda de bicicleta porque la mía estaba hecha pelota. Toda emparchada. Pero necesitaba la rueda para mi laburo de cadete. Con la plata ayudaba a mis viejos. Lástima que no pude comprarme otra rueda con lo que sobraba. Entonces me agarraron justo al robar. Una mierda. Mis padres me extrañan, claro. Me adoran, pero piensan que el que roba tiene que marchar en cana. No importa quién sea. Por eso no los quiero complicar contándoles cagadas. Ya tienen la vida bastante jodida.

Benja se va. Jonathan se acerca a Ariel, Mariel y Diego. Ariel está acostado en el piso. Duerme.

JONATHAN: ¿Todo bien?

MARIEL: Ariel no se siente bien.

JONATHAN: ¿Qué le pasa?

MARIEL: Dolor de barriga. Ahora duerme.

JONATHAN: Tiene que venir un doctor. En seguida.

DIEGO: Recién vuelve en cuatro semanas, me dijeron. Ya estuvo y solo viene una vez al mes.

JONATHAN: Entonces tenemos que decirle al guardia. Lo tiene que ir a buscar. Es una emergencia.

DIEGO: ¿Conocés este? El guardia le dice al preso: Tengo un ojo de vidrio. Si adivinás cuál es, te dejo ir. El preso mira al guardia a los ojos y le dice: El izquierdo. El guardia le pregunta: Che, ¿cómo supiste? El preso le dice: Muy fácil, me mirás con más amabilidad.

JONATHAN: Pero no lo pueden dejar tirado ahí.

MARIEL: Sí que pueden.

Jonathan quiere enderezar a Ariel, pero Diego lo sujeta fuerte.

JONATHAN: Soltame, se lo vamos a llevar al guardia.

DIEGO: Ariel es fuerte, solo precisa estar tranqui. Mañana va a estar mejor, creeme. Voy a ver si le traigo algo de tomar. Ya no me pueden meter preso por eso otra vez.

Diego se va, Mariel y Jonathan se quedan a solas.

MARIEL: ¿Ya tenés tu guita?

JONATHAN: Casi.

MARIEL: Nada mal para ser un mes.

JONATHAN: No es un mes, son justito 27 días.

MARIEL (con sorpresa): ¿Los contaste de a uno?

Jonathan saca piedritas de su bolsillo izquierdo.

JONATHAN: Mirá. Son justo 27. Cada día junté una.

MARIEL: Cuando tus padres reciban la hoja, te van a sacar en seguida de acá.

JONATHAN: Si les llega.

MARIEL: No te aflijas. Les va a llegar. (Pausa) ¿Qué vas a hacer cuando salgas?

JONATHAN: Volver al liceo.

MARIEL: ¿Y después?

JONATHAN: Ni idea. Quería hacer algo de computación, pero tampoco estaría mal ser abogado, todavía no sé. Falta tiempo. ¿Y vos?

MARIEL: Maestra, me gustaría ser maestra.

JONATHAN: Querrás decir “maestro”.

MARIEL: ¿Qué aprenden en los liceos?

JONATHAN
¿Cómo es? (Tarda un momento en darse cuenta. Cuando se cae del árbol, Jonathan queda totalmente sorprendido). ¡¿Sos una mina?!

MARIEL: Gritá más fuerte, así se enteran.

JONATHAN: ¿Pero, por qué?

MARIEL: ¿Qué te parece que puede pasar, si se enteran que soy mina? ¿Qué pasa?

JONATHAN: Ni idea…

MARIEL: Ya la tenés clara ahora, ¿no?

JONATHAN: Pah, ¡la puta madre!

MARIEL: Eso lo podés decir fuerte. Y entonces, ahí sí que quedo en bolas, justo ahora que Ariel está enfermo.

JONATHAN: Pero yo…

MARIEL: “Pero yo”, ¿qué?

JONATHAN: Te podría cuidar.

MARIEL: Qué amoroso.

JONATHAN: Te lo digo en serio. De veras.

MARIEL: Ya sé.

Mariel mete la mano en el bolsillo y le da dinero a Jonathan. La mira sorprendido.

MARIEL: Tomá, es mi reserva. Esto con tu plata te tiene que alcanzar para la carta.

JONATHAN: No te lo puedo aceptar.

MARIEL: No precisás más que yo. Y cuando salgas, nos sacás a nosotros. ¿Trato?

Mariel le da un beso en la mejilla y deja solo a Jonathan, todavía aturdido. Mariel va al borde del escenario y se dirige al público.

MARIEL: Tenía siete años cuando un tipo me la puso. No entendía al principio lo que pasaba. Había visitado a una amiga, que la madre trabaja de puta, y el tipo se pensó que las dos estábamos adentro del precio. Desde ese día, solo uso ropa de varón. Mientras mis tetas sean chicas, banco así. ¿Qué pasa después? Ni idea. Muchas de mis amigas ya se venden. No tienen a nadie que las cuide. Yo tengo a Ariel. Él quiere tener una cocina, porque mamá cocinaba muy bien. Era lo único que sabía hacer: cocinar y mamarse. Ariel no lo quiere ni escuchar. Para él, mamá es una santa, pero de verdad no le importábamos un sorete. Los padres de Jonathan se deben de haber vuelto putos buscándolo. Él sí que tuvo un culo de aquellos al no nacer acá. A mí también me hubiera gustado nacer en otro lado.

Se apaga la luz.


Acto II, escena 6. Reencuentro.

Jonathan se dirige al guardia que está parado al borde del escenario y no les pierde la mirada a los botijas. Del otro lado de la escena están sentados Diego y Mariel al lado de Ariel, que está tirado en el piso.

GUARDIA: ¿Qué querés? ¿Celebrar elecciones libres? ¿Convocar a una manifestación? ¿O solicitar una audiencia con el presidente? (Se ríe).

JONATHAN: Es por un negocio. Tengo una carta y mil pesos para que salga de acá. ¿Le alcanza?

Jonathan le da la carta y el dinero al guardia.

GUARDIA: ¿Y esto qué es? ¿Una nota de protesta a las Naciones Unidas?

JONATHAN: Es algo personal.

El guardia cuenta el dinero.

GUARDIA: Entendido.

JONATHAN: ¿Puedo fiarme de usted?

GUARDIA: ¿Qué, parezco un estafador?

JONATHAN: Y hay otra cosa. Mi amigo está enfermo. Precisa ya mismo un doctor.

GUARDIA: Ya lo llamamos.

JONATHAN (esperanzado): ¿De veras? ¿Cuándo viene?

GUARDIA: En tres semanas, como siempre; y ahora te borrás, tengo cosas que hacer.

El guardia le da una patada a Jonathan, que casi se cae al piso. Vuelve a Ariel, Diego y Mariel. Ariel está débil.

MARIEL: ¿Y, te salió?

JONATHAN: Lo de la carta sí, lo del doctor no.

De un lado, un policía trae tres nuevos presos a la cárcel y se los entrega al guardia. Son Sami, Sara y Pat, que tiene puestos los championes de Jonathan.

DIEGO: Mirá, carne fresca. Una tiene flor de championes, la grande ahí.

JONATHAN (sorprendido e indignado): ¡Son los míos! ¡Son mis championes!

MARIEL (a Jonathan): Che, quedate quieto.

JONATHAN: ¿Cómo querés que me quede quieto? Si no fuera por ellas, yo no estaba acá. Ellas tienen toda la putísima culpa de que yo esté metido en esta mierda.

Mariel trata de sujetar a Jonathan, pero se zafa. Jonathan se abalanza sobre Pat, le pega en el hombro y se le planta delante. Está furioso.

JONATHAN: Che, ¡ya mismo me das mis cosas!

PAT: ¿Qué cosas? ¿Qué querés?

SAMI: Está de la nuca.

SARA: ¿Te piraste, o qué?

JONATHAN: Dale, largá de una vez mi pasaporte, así muestro quién soy.

PAT (recién ahora lo reconoce): Ah, ¡sos vos! Qué flaco quedaste. ¿No te gusta estar acá?

JONATHAN: Dale o te reviento.

PAT: ¿Vos? Callate, que estás liquidado. ¡Mirate!

Alarmado por el escándalo, se acerca el guardia.

GUARDIA: ¿Qué pasa aquí? (A Jonathan). Vos otra vez, ya me imaginaba.

JONATHAN (enojadísimo): Ellas, ésas son las que me asaltaron.

GUARDIA (a Pat): ¿Es cierto eso?

PAT: Ni idea de qué habla. Jamás lo vi. (Se da vuelta hacia Sami y Sara). ¿Ustedes?

SAMI: Tampoco.

SARA: No lo conozco.

PAT (al guardia): Y la verdad, ¿tiene pinta de ser uno al que le hayamos sacado algo que podamos robar?

JONATHAN (confundido): Ahora ya no.

GUARDIA (a Jonathan): Dejá en paz a las nuevas. Aquí no quiero líos.

Mariel y Diego se acercan, lo sacan del medio a Jonathan, que en su confusión empieza a sollozar.

MARIEL: En unos días, tus padres van a recibir la carta. Tenés que comportarte ahora.

PAT (llama a Jonathan desde atrás): Eso, andá a llorar con tu mamita.

Diego y Mariel se llevan al resistido Jonathan al lugar donde está Ariel. Pat, Sami y Sara los miran riéndose.

Se apaga la luz.


Acto II, escena 7. Pelea.

Jonathan consiguió dos frutas que escondió debajo de su camisa. Cuando pasa frente a Pat, le pone una pierna. Jonathan se cae y las frutas ruedan por el piso. Jonathan, que no se deja provocar, las vuelve a recoger. Sami y Sara se matan de risa.

PAT (burlona): Ay, disculpá, fue sin intención…

JONATHAN (presionado): Idiota.

PAT (burlona): Che, me disculpé, ¿no?

Las tres chicas se ríen. Jonathan está que hierve de rabia y vuelve hacia Mariel, Diego y Ariel, que todavía sigue muy débil. Jonathan le da a Ariel las frutas y se sienta al lado de Mariel.

JONATHAN (a Ariel): Todavía tenía algo de dinero. Entonces pensé, voy a conseguir la fruta. Esto te va a hacer bien.

ARIEL: Tené cuidado con esa. Te hace calentar como un chivo.

JONATHAN: Por ella estoy acá, ¿cuánto más puede hacerme calentar?

MARIEL: Ariel tiene razón, mejor tené cuidado. Mientras esté enfermo, no nos puede defender.

JONATHAN: ¡Pero yo también estoy acá!

ARIEL: ¿Cuántas veces te peleaste?

JONATHAN: Muchas veces, en el patio de la escuela.

ARIEL: Mostrame tus cicatrices.

JONATHAN: ¿De qué cicatrices me hablás?

ARIEL: De tus peleas. Si fueran peleas de las de verdad, te queda esto.

DIEGO: El cuerpo de Ariel parece la Luna.

JONATHAN (avergonzado): Tengo una cicatriz en la rodilla de cuando me caí de la bicicleta.

ARIEL: No te les cruces. Creeme, es mejor así.

Jonathan no contesta.

MARIEL: Prometelo, por favor.

JONATHAN: Está bien, lo prometo.

Mariel se para.

JONATHAN: ¿Adónde vas?

MARIEL: Al inodoro, no hay nadie.

Mariel desaparece tras la pared de tablas. Jonathan, Diego y Ariel se quedan aparte. Pat y su pandilla, sentadas del otro lado de la escena, se paran. Pat le hace seña a Sami y Sara, que se deslizan silenciosamente tras Mariel.

DIEGO: Cuando salga de aquí, voy a la televisión y me hago famoso.

JONATHAN: ¿A la televisión?

ARIEL: ’Tas loco.

DIEGO: ¿Por qué? Puedo hacer reír a la gente. (Frunce una morisqueta, Jonathan se ríe). ¡Ya ves! En una tienda así de grande, había una tele en la vidriera, miré y vi que había un hombre trajeado de pelo negro, tenía un saquito tejido. Era muy cómico. Eso también lo puedo hacer yo.

JONATHAN: Lo conozco, es Mr. Bean.

ARIEL: ¿Quién es ése?

DIEGO: Ni idea, pero yo voy a hacer algo parecido a eso. La gente frente a la vidriera se reía. Yo también, y hasta me olvidé de que ese día no comí nada.

JONATHAN: ¿Por qué no lo vas a lograr?

DIEGO: Me estás jodiendo, ¿no?

JONATHAN: No precisás título para hacer reír. No precisás ir a facultad ni nada de eso. Ni siquiera a la escuela. O sos cómico o no sos.

DIEGO (muy agradecido)
¿De veras?

JONATHAN: Obvio.

ARIEL: Ustedes dos tendrían que armar un dúo.

Tras la pared del inodoro se oyen gritos. Mariel se cae para afuera, Pat, Sami y Sara corren tras ella. Pat, Sami y Sara le pegan a Mariel empujándola de una a la otra.

PAT: Te dije que era una mina.

SARA: Y qué linda.

PAT: Yo lo digo. Una princesita. Nos puede dejar mucha guita cuando esté afuera.

MARIEL: Váyanse. Déjenme tranquila.

De un lado se acercan Jonathan y Diego. Ariel quiere seguirlos pero no lo logra. Está todavía demasiado débil.

JONATHAN: Déjenla en paz.

Pat la empuja a Mariel apartándola. Se cae y queda tirada en el piso.

PAT: Ay, la bestia me mordió.

JONATHAN (hirviendo de rabia): No la toques.

PAT: Ay, ¡el héroe!

JONATHAN: Te lo digo en serio.

Jonathan y Pat están frente a frente muy cerca. Detrás de Pat están Sami y Sara, detrás de Jonathan está Diego. Ariel sigue todo desde lejos, como Mariel. Del guardia ni se oye la voz.

PAT: Esto no es ningún jueguito. Esto es la vida, sin apoyacabezas y sin cinturón de seguridad. Esto es demasiado para vos.

JONATHAN: No lo es.

PAT: Aunque quieras, no podés pelear. No a ganar o morir. Te falta el instinto; lo perdés cuando dormís en camita blanda. Ahí no le pegan a las minitas.

JONATHAN: ¿Y qué te pasa? En unos años vas a tener sida, si no lo tenés ya. Después se te van a caer los dientes, y de aspirar pegamento vas a ponerte cada vez más débil y después, una de las dos idiotas detrás de vos…

SAMI: ¿Habla de nosotras, ese sorete?

PAT (a Sami, que está detrás de ella): Callate.

JONATHAN: Va a decir lo que puede ella, yo ya lo conozco hace rato y te va a echar. Si no es que ya te baleó en la calle otra pandilla. ¿Y te voy a tener miedo? Te arrugás, y además, ¿sabés una cosa? Si estuviera en tu lugar, me iría igual.

PAT: Yo te mato.

Pat se tira furiosa encima de Jonathan. Se arma una pelea, todo es muy confuso. Sami y Sara miran y no se meten. Alrededor de los luchadores, los demás botijas forman un semicírculo y miran curiosos.

De repente, Pat saca un cuchillo y ataca, Jonathan cae al piso, Mariel se le tira encima a protegerlo, Diego aparece dentro del círculo y ataca a Pat, que vuelve a acuchillar. También Diego cae al suelo. Un grito. Diego está en el piso y ya no se mueve.

Pat quiere volver a tirarse encima de Jonathan, que se volvió a enderezar. Pero de la multitud sale Benja y la sujeta. Mariel y Jonathan corren hacia Diego.

BENJA: Ya basta, termínenla.

PAT (odiosa): ¡Yo lo mato de un cuchillazo! ¡Yo lo mato de un cuchillazo!

Del costado viene finalmente el guardia.

SAMI: ¡Cuidado! ¡Ahí viene uno!

Benja deja a Pat, que tira lejos el cuchillo, dejándolo caer bien lejos en la escena. Mariel y Jonathan se arrodillan junto a Diego.

MARIEL: ¡Diego! Despertate.

JONATHAN: ¡Decite algo!

GUARDIA: ¿Qué está pasando ahora? (A Jonathan). ¡¿Otra vez vos?!

Pat, Sami y Sara se reparten detrás de los otros botijas. El guardia encuentra a Diego muerto.

GUARDIA: ¡La mierda!

JONATHAN (apuntando a Pat): Ella lo mató.

GUARDIA: Tenemos que sacarlo de aquí.

JONATHAN: Pero ¿es que no me oye? ¡Ella lo acuchilló!

GUARDIA: Y el papeleo que va a haber que hacer con esto…

JONATHAN: Ella lo limpió como a una rata. ¡Y eso no le importa nada!

GUARDIA: Uno más o menos, qué importa. Lo único que me importa es que esto llegue sin líos a las actas públicas.

Mariel aparta al descontrolado Jonathan. Lo agarra del brazo.

GUARDIA: Y yo que me esperaba un día tranquilo. Vamos, ayuden.

El guardia se busca unos botijas que lo ayudan a sacar el cuerpo de Diego de la escena.

Se apaga la luz.


Acto II, escena 8. La despedida.

Jonathan, Mariel y Ariel, que todavía está mal, están acuclillados a un lado de la escena, Pat, Sami y Sara en el otro. Pat mira fijo todo el tiempo a Jonathan, que está sentado cruzado de brazos al lado de Mariel. Se le ve cómo se la trabaja.

ARIEL: Ya no te vas a quedar solo. ¿Me entendiste?

JONATHAN: Ya no soy un pendejo.

ARIEL: Sí que lo sos. Le mostraste qué miserable es su vida. Eso no te lo va a perdonar.

MARIEL: ¿Cómo fue que el cuchillo no te lastimó?

Jonathan saca las piedritas de sus bolsillos.

JONATHAN: Ya son casi cuarenta.

MARIEL: Solo sobreviviste, porque hace tiempo que estás acá.

JONATHAN: Qué loco, ¿eh? (Pausa). Solo que a Diego no le ha servido de mucho.

MARIEL: Sí, pobre Diego.

ARIEL: Al menos, ya no está sufriendo.

Pat se para y se adelanta hacia Jonathan. Sami y Sara la siguen a distancia.

PAT: Nosotros dos todavía tenemos una deuda que arreglar.

MARIEL: ¿No te alcanza que Diego esté muerto?

ARIEL: ¡Dejalo tranquilo a Jonathan!

PAT: Borrate, guacho de mierda.

JONATHAN: Mataste a Diego.

PAT: Y también te voy a matar a vos.

JONATHAN: Entonces, me vas a tener que acuchillar de atrás. No voy a volver a pelear.

PAT (se miran con Sami y Sara): Se los dije, es un cagoncito.

JONATHAN: No soy cagón, tengo algo que perder, no como vos. Un futuro, cuando salga de acá. ¿Sabés lo que es eso, futuro?

PAT (furiosa): No me des la espalda, si no…

Desde atrás hay un escándalo. Todos miran alrededor alborotados, y de repente se oye la voz potente del guardia.

GUARDIA (sin aliento): ¿Quién de ustedes es Jonathan?

JONATHAN: ¡Yo!

GUARDIA: ¿Vos? Por qué no lo dijiste de entrada. Tus padres recibieron la carta. Desde hace semanas toda la policía está dando vuelta la cuidad buscándote. Todos te buscan, y ahora te tenés que ir en seguida de acá. Orden de muy arriba.

Pat, que escuchó, se mete entre el guardia y Jonathan.

PAT: Él no es Jonathan. Yo soy Jonathan.

Todos la miran fijo. Pat agarra el pasaporte de su bolsillo.

PAT: Tomá, es mi pasaporte. Es una foto infantil, por eso no me veo igual.

GUARDIA: Jonathan, ¡¿eso es un nombre de varón?!

PAT: Ni tanto. De donde vengo, también hay niñas que se llaman así.

GUARDIA: ¿Es cierto eso?

Pat asiente

JONATHAN (desconcertado): Miente. Eso es una mentira descarada.

GUARDIA (totalmente fuera de sí): ¿Quién es el verdadero Jonathan?

PAT (señalando a Jonathan): Ése es solo un guachito sucio de la calle. Ya lo ven.

GUARDIA (a Pat): Bueno, entonces agarrá tus cosas y…

MARIEL: ¡Ni siquiera sabe leer, dale, leé! (Mariel le arranca el pasaporte a Pat de la mano y se lo pone en la cara a Jonathan). ¿Qué dice ahí?

PAT: Ah, ahí dice,… hm… hm…

Jonathan agarra el pasaporte.

JONATHAN: Ahí dice Jonathan Baum, nacido el 20 de noviembre de… ¿Tengo que seguir leyendo?

GUARDIA: No hace falta. (Vuelve a mirar inseguro de Jonathan a Pat). Ahora que queda claro, vámonos. Tus padres te esperan en el hotel.

JONATHAN: Y ¿qué hay de mis amigos?

GUARDIA: ¿Qué creés vos? Se van a alegrar cuando estés de nuevo en casa.

JONATHAN: Digo, mis amigos acá. Ariel y Mariel.

GUARDIA: Hay motivos para que estén aquí. Yo no tengo la culpa.

JONATHAN: Si ellos no salen, yo tampoco.

GUARDIA: Dale, dejate de pavadas y salí, esto ya se puso bastante espeso.

JONATHAN: Si ellos no se van, yo tampoco.

ARIEL: Dale, boludo, andate. Afuera podés hacer más por nosotros que acá adentro. Deciles lo que está pasando.

GUARDIA: Aquí no pasa nada, ¿me entendieron?

MARIEL: Dale, andate. ¡Dale!

JONATHAN: Pero nos vamos a ver de nuevo.

MARIEL: Claro que nos volvemos a ver.

ARIEL (irónico): Te vamos a visitar. Los vuelos no son caros… hubiera dicho Diego.

JONATHAN: Los voy a venir a visitar.

MARIEL: Sí, claro, ahora andate.

GUARDIA: Al fin un pensamiento razonable. Vamos.

A regañadientes, Jonathan sigue al guardia, que conduce un pequeño grupo. Mariel, Ariel, Pat, Sami y Sara lo miran irse. También Jonathan se da vuelta, después corre a abrazar a Ariel y Mariel. A ella, un buen rato.

JONATHAN: Voy a cumplir mi palabra. Prometido.

Jonathan se va con el guardia. Los otros lo miran irse hasta que finalmente desaparece detrás de la escena.

Se apaga la luz. Cae el telón.


Epílogo.

La escena está vacía. Diego aparece tras la cortina, se acerca al borde del escenario y se sienta.

DIEGO: No tengan miedo, estoy muerto, pero no soy un zombi, no; soy una especie de ángel. Uno de los buenos.

Las cárceles para botijas como la que vieron, existen de verdad. En las Filipinas, por ejemplo. Pero no solo ahí. No son tan raras como se imaginan.

¿Qué les parece, cómo sigue esta historia? Se los cuento: Jonathan vuela con los padres de vuelta a casa. Ahí hace mucho para que se enteren de las cárceles de botijas. Mucho no puede conseguir. Igual, Mariel y Ariel quedan sueltos. Los dos tienen suerte. La gente de Don Bosco, una obra de ayuda para niños, los auxiliaron. Los dos van a la escuela; en verano, en las vacaciones, Jonathan va a visitar a Mariel. Eso es lindo, ¿no?

Pero es solo una versión, podría seguir así: Jonathan vuelve a casa y se olvida pronto de Mariel. ¿Quién se quiere acordar de los malos tiempos? Ariel y Mariel serán liberados en algún momento. Un par de días después, Ariel queda de casualidad en el medio de dos bandas enemigas y lo balean. Mariel queda de golpe sola. Ahora vive de la calle, y a veces se acuerda de Jonathan. Pero eso también va quedando atrás.

¿Qué versión les gusta más? No me miren así, yo no puedo arreglar eso. Solo soy una especie de angelito, no soy Dios. Hay que joderse.

Diego se para y camina entre medio de las filas de espectadores hacia la salida del teatro.

FIN


BOTIJAS EN CANA. traducción al castellano rioplatense (variante uruguaya) por Fabio Descalzi, a partir de la versión original en alemán de Knastkinder, por Rüdiger Bertram.

© 2007 Rüdiger Bertram (original en alemán). www.ruedigerbertram.com, www.knastkinder.de

© 2008 Fabio Descalzi (esta traducción al castellano). Contacto: fabiodescalzi@netgate.com.uy

IMPORTANTE: para publicar o poner en escena esta obra, es imprescindible ponerse en contacto con el autor.

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3 comentarios sobre “Chicos en la cárcel. Pibes presos. Botijas en cana (Knastkinder) de Rüdiger Bertram

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