Etiqueta: Teatro

Botijas en cana. Acto II, escena 2. Aclara

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: Llegada).

Los botijas se sientan en el piso y comen. Jonathan prueba un bocado de su plato, pone cara de asco total y tira el plato lejos, que rueda por el escenario.

JONATHAN: ¡Paaaah! ¿Cómo pueden comerse esto? Es inmundo.

ARIEL: Con un sorbo de té está mejor, pero no se pudo.

MARIEL: Dejalo tranquilo.

DIEGO: Cuánto te apuesto que en el Victoria no es mucho mejor, solo más caro.

JONATHAN: Esto no lo como. Seguir leyendo “Botijas en cana. Acto II, escena 2. Aclara”

Botijas en cana, también aquí

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Niños en la cárcel. Pibes presos. Gurises encarcelados. Botijas en cana. Así les decimos en mi país. Al respecto, la semana pasada escribí una breve reseña sobre la obra de teatro en alemán Knastkinder. También hice referencia a mi labor como traductor al castellano rioplatense en su variante uruguaya. ¿Se quedaron con las ganas de leerla? Seguir leyendo “Botijas en cana, también aquí”

Niños en la cárcel. Botijas en cana.

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Jonathan es un adolescente berlinés, hijo de un filipino y una alemana, de vacaciones en Manila. Se escapa del hotel y lo roban en un barrio peligroso de la ciudad. Un grupo de chicos de la calle lo ayuda, pero todos son apresados por la policía y van a dar a la cárcel. Como cientos de chicos más, quedan encerrados en condiciones infrahumanas. Jonathan no tiene manera de comunicarse con sus padres, no tiene documentos ni dinero. Una pesadilla se le hace realidad. Recién varias semanas después, con un truco logra ponerse en contacto con sus padres, que finalmente pueden rescatarlo de la cárcel. Pero sus nuevos amigos quedan adentro. Seguir leyendo “Niños en la cárcel. Botijas en cana.”

Las rastas de peluca

Una contribución al proyecto #TextosSolidarios; reaparece el personaje de Crispín, el de La peluca de rastas, pero ahora más crecido:


dreadlocks_493px-living_statue_miami_beach_flSe miró en el espejo rajado. Se pintó un lagrimón en el cachete rosado. Se mesó con los dedos una rasta rubia. Tanteó en la mesa, qué raro: una gubia.

Crispín estaba a punto de debutar como actor en ese escenario popular. Le habían pedido, por favor, que no rechazara esa ocasión para ayudar. Iba a hacer de él mismo, como había sido antes. Pero ahora, recordando; tenía ayudantes. Los muchachos del barrio carenciado, ellos sí que estaban marginados.

¡Qué asco! Las rastas. Crispín se arrancó la peluca y la tiró al piso. Tiene piojos.

Un par de ojos lo miraron desde atrás de la cortina de arpillera. Un chico al que le habían pedido que leyera. Lo observaba de arriba abajo, entre divertido y resignado. Crispín se sintió extraño, como juzgado.

Ese galponcito con techo de chapa era un teatro improvisado. Y él, si vamos al caso, un actor impensado. Inimaginable el camino que había recorrido desde que era padre. Estimulado por la suave y remota voz de su finada madre.

—Vamos, hora de entrar a escena.

—Pero prolijo, bien plantado, elegante, aliñado.

—No, Crispín. Sé fiel al personaje que fuiste.

—¿Fiel? Si no era fiel a…

—No cambies de tema. El personaje del pasado por un rato estará resucitado. ¿O te olvidaste cómo te encontraron más de una vez…?

Crispín apretó los puños. Pero no quiso seguir insistiendo.

Levantó la peluca de rastas. Con piojos. Se la enfundó en la calva y salió a escena. Dispuesto a declamar monólogos de su imberbe andar desastrado. Con piojos para rascarse en serio. En el escenario de ese barrio carenciado. Cerca de ellos.

Llegarles a ellos. Sentirse como ellos.


Algunos me han preguntado por los antecedentes de Crispín. Hagan clic aquí para verlo.