El suave viento de la rambla

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Caro y Fredo caminaron despacito hacia la rambla. Un viento fresco los acompañaba. El aburrimiento se fue volando. Había una química agradable en el aire que los dos respiraban y no la querían dejar ir. Fredo se dio cuenta de que Carolina era una mina con la que valía la pena encarar algo más en serio.

—Pronto cumplo los dieciocho, Caro. Ja, ja, si me hubieras llamado dentro de unos meses, hoy te hubiera pasado a buscar en auto.

—Pero, divino, ¿de qué auto me hablás? Acá en Pocitos no vale la pena traer auto. Mirá lo que es esto, imposible andar. Con la vereda de la Rambla para caminar, tenemos de sobra.

Caro lo miró con una carita para derretir una estatua. Fredo se sonrió, un poco confuso. Se sentaron en el murito. Ella le empezó a contar cosas de su vida, que era bastante sencilla, sin sobresaltos.

—Vos, Caro, tenés, ¿cómo le dicen? Mucho estilo para hablar.

—Y vos tenés muchas ganas de hablar, pero no te animás a hacerlo sin perder tu estilo.

Fredo se rio a carcajadas del juego de palabras de Caro, se soltó y empezó a charlar de cualquier cosa. Cuando se quiso acordar, en vez de contarle de sus andanzas veraniegas puntaesteñas, le estaba contando toda la historia de su familia. Empezó queriendo impresionarla y, casi sin darse cuenta, le “advertía” a Caro con quién se estaba metiendo. Un pibe mucho más complejo de lo que parecía. Ella, fascinada, escuchaba.

Su padre, Porfirio, había hecho una inversión muy audaz a principios de los ochenta y se llenó de plata con apenas veinte. Ese verano fue impresionante; primera vez en Punta del Este, tres meses gastándosela toda. Menos la droga, cometió todos los excesos. Cuando el verano se iba, la fiesta no paraba y el short con chancletas le daba paso al vaquero con championes, vino su redención: en Semana Santa conoció a Margarita Mitjans, una porteña que le robó el corazón. De inmediato empezó un trabajo fino con sus futuros suegros y se casó a fin de año. Todo muy rápido. En un año y medio, un cambio de vida vertiginoso. Después, bruta casa con piscina en Malvín, mellizos, colegio caro. Una vida de película que ninguno de sus antepasados gallegos se había permitido.

Caro le hizo un delicado gesto y comentó.

—¿No te digo que vos tenés un estilo también? Mucho estilo. Tenés de quiénes sacarlo.

—Ja, ja, no tanto como quisiera, Caro. De chico tuve muchas más cosas de las que tengo ahora. Estás hablando con el hijo de un exrico.

—A ver, ¿cómo fue eso?

Fredo paró de hablar. Caro se dio cuenta de que no le causaba gracia hablar de la ruina económica de su familia. Pero Fredo suspiró y dijo lo que sabía por cuentos. Otras cosas no las contó, pero eran evidentes, se sobrentendían.


Extracto de Amigos orientales, disponible en Amazon, próxima distribución impreso.

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Amigos orientales y colaboradores

FabioD+DiegoIpata_libroMe puse este libro al hombro para sacarlo adelante, pero miento si digo que lo hice solo.

Diego Ipata (Montevideo, 1995) es corrector de estilo profesional, con experiencia de trabajo para editoriales locales. Hace un tiempo participó en la primera fase de edición del libro. Me ayudó a adaptar la forma escrita de varias expresiones inventadas (cuando te gusta inventar palabras, después es un dolor de cabeza para los correctores). Quedé muy conforme con el resultado.

Quedó un libro montevideano, de estirpe oriental, con garra charrúa. ¿Frases hechas o realidades? Ya vas a tener ocasión de comprobarlo vos por tu propia cuenta.

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Miembro del Comité Directivo (Secretario General) de Letras & Poesía

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Con mucha satisfacción les anuncio que estoy integrado al Comité Directivo del sitio web Letras & Poesía en calidad de Secretario General. Acompaño a Daniel, Natalia y Aarón en la toma de decisiones colectiva de esta aluvional movida literaria, en donde participo desde hace unos nueve meses. Un espacio que me ha dado muchas satisfacciones y en donde conocí un montón de gente maravillosa. Y ahora, en esta nueva tarea, espero cumplir con las expectativas de todos ellos.

Pueden ver la integración haciendo clic aquí.

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Las pruebas en mis manos

Revisando pruebas

Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

De chico ayudé a papá a plantar más de un árbol frutal en el amplio jardín de casa.

Al cambiar el milenio Dios nos bendijo con la llegada de Natalia.

Hace algunos años se comenzó a gestar el manuscrito de un proyecto que sigue en marcha. Todo proyecto insume esfuerzo organizativo, recursos, colaboraciones. Ahora, acá está, en mis manos, una de las porciones más llamativas de la nueva criatura, mi libro Amigos orientales. Todo cuesta, todo lleva tiempo, todo merece su cuidado.

¡Me encanta ver y vivir cómo va naciendo el libro! Seguir leyendo “Las pruebas en mis manos”

La cabeza agarrada

sadguy

Gonza estaba muy enojado. Fredo lo miraba incrédulo.

—Fredo, quería que me ayudaras a pensar algo, si no te queda mal.

—Bueh. Dale. Tirá. ¿Quién fue…?

—Moro. Lo encontraron tirado en la calle, de madrugada. Drogado hasta las patas.

—Uuuuuh, ¡qué feo! ¡Noooo! —Fredo se agarró la cabeza, los ojos desencajados, como con ganas de caerse muerto—. ¡Justo Moro, que nunca mató una mosca!

—Paco lo tuvo que sacar de la comisaría. Ahora se debe de estar despertando, Andy le está haciendo el aguante. Cuánto te apuesto que Moro ni se acuerda de lo que pasó.

—Está bravo esto…

—Hacía días que nadie sabía nada de él.

—Pero, ¿alguien sabía que se fumaba…?

—Antes, aunque debe de haber probado muy poco, casual. Pero esto de ahora fue un reventón. Un bajón mal. Por la madre, ¿entendés? Enojado con la vida. Sin nadie que lo frene. Es horrible.

Gonza cerró los ojos, respiró, y siguió. Fredo quedó en blanco.

—Vamos a tener que hacer algo.

—Ah, sí, qué fácil.

—Fredo, vos sabés muy bien lo que vale un amigo, ¿no?

—Obvio, macho. ¿Qué haría yo sin vos? ¿Y vos sin mí?

—También sabés lo importante que es tener una familia atrás.

—Más bien. Te rebancan.

—Moro ahora no tiene a nadie. ¿Te pusiste a pensar? A nadie. Solo nosotros.

Fredo empezó a ponerse nervioso.

—Y yo, ¿qué querés que haga? Tenemos cero onda. Moro es como una piedra. Ni habla.

—Justo por eso. No lo podemos dejar solo. Nos vamos a tener que turnar.

—¿Eh?

—Entre todos, no nos va a costar tanto. Pero todos tenemos que ponernos.

—Pará, macho. Si Moro está sin guita y precisa morfar, le llevo milanesas al pan, lo que sea. Pero que se maneje.

Gonza lo miró muy duro. Tomó aire y empezó a hablarle de otra manera.

—Fredo, vos pensá. Sabés lo que es perder todo, lo material, esa historia te la contaron, ¿eh?

—Ni me lo repitas. Obvio que sé. Hasta me acuerdo yo de cosas que perdí. Paaaah, casi seis años tenía cuando tuvimos que dejar esa casa…

—Imaginate, además, perder a tu padre. Y a tu madre. Y a tu abuelo. Y también a tu tía.

—Noooooo, no podés…

—Y también imaginate que tus hermanos que viven allá lejos no te dan ni la hora. No tenés pasaporte para irte, no tenés plata para pagarte pasaje, nada. Vos solo, acá, en la calle.

Fredo escuchaba con los ojos mirando para abajo.

—Después de pasarte todo eso, ¿qué pasa si, además, yo, Pedri, y todos los demás del cuadro te damos la espalda? “Que se maneje”. ¿Eh?

—¡Me muero muerto!

—Bueno. Seguite imaginando, de ahí para abajo.

—No puedo…

—No necesitás seguirte imaginando nada más. Andá a verlo a Moro, y vas a ver lo que es todo eso junto, y peor.

Fredo se restregó las dos manos por los ojos, que le quedaron rojos. Levantó la mirada como un perro mojado.

—’Ta bien. Te prometo que voy a ayudar. No sé cómo, pero voy a hacerlo.

—Más te vale.

En eso, llega Amir, mientras Fredo y Gonza seguían de lo más enfrascados.

—Está complicado esto de Moro. Tenemos que pensar algo más.

—No se me ocurre nada que vos no hayas dicho ya.

—Paren. Tienen que ver a Moro. Ahora. Recién.

—¿Qué otra hizo ahora? —Gonza temía escuchar algo peor.

—Está con Malik.

—¿Cómo? —Fredo y Gonza comentaron al unísono.

—Yo le hablé a Malik. Le dije “andá a verlo”.

—¿Malik? ¿A qué?

Gonza se acordó de aquel viejo juego de manos.

—Entonces querés decir que…

—Hace rato. Cerca del mercado. Un baldío. Vengan.


Extracto de Amigos orientales, de próxima aparición.

Amigos orientales. A un año del blog.

Amigos orientales. A un año del blog.

Hoy hace ya un año que comencé a escribir en este blog. Te doy las gracias a vos por seguirme siempre. Por alentarme a seguir. Me acompañaste a lo largo de este apasionante año. Sumaste a mi experiencia, a mis expectativas, a mi sentir. Como decís por acá: gracias por hacerme el aguante. O, como se dice por todas partes: te agradezco por tu compañía, hermano.

Este blog, con el que tanto me acompañaste, es apenas la parte visible de lo que me pasó todo este tiempo. Una vidriera de ideas, inquietudes, aspiraciones y gustos culturales. Mientras tanto, yo seguí ocupado tras bambalinas en un trabajo que ya había comenzado hace casi tres años. El resultado de todo este tiempo de labor es mi primer libro, Amigos orientales. Acá te muestro la portada:

portada final

Se divide en cuatro capítulos, uno para cada protagonista. Ambientado en un tradicional barrio de Montevideo, Amigos orientales te cuenta las andanzas de los cuatro pibes que ves en la imagen: Moro, Fredo, Gonza, Amir. Los acompañan en todas sus amigos y compañeros de cuadro: Andy, Jagu, Tris, Tóbal, Paco, Pedri y el Paisa. Sí, los ONCE orientales (la mayoría, uruguayos) que juegan al fútbol. Pero el fútbol es apenas un pretexto para que se junten. No es (solo) una novela sobre fútbol, es sobre la vida misma.

Forma parte de ONCE relatos del juego de la vida, un proyecto más ambicioso que me ocupa desde aquel lejano octubre de 2014, con mucha ilusión. Está imaginado y escrito por un adulto con adolescentes en su familia. Un adulto que también supo ser adolescente. Ahora sale a la calle y a la cancha este equipo de personajes, listo para darse a conocer. Con todas las cosas que les pasan, se les ocurren, inventan, cómo se la juegan por lo(s) que quieren…

Ya sé que los adultos van a disfrutar de muchas de sus páginas. Porque es seguro que vos, que ya peinás canas, también te vas a acordar de aquella vez que…

No te lo pierdas. Muy pronto en librerías.


Amigos orientales, por Fabio Descalzi. Baluarte, 2017, 184 páginas. ISBN 978-9974-91-583-1.

Si querés descargarlo de Amazon, este es el enlace:

Y si querés escuchar la música, acá está toda: ONCE con música.