Frases de arquitectura y diseño #15

Campo Baeza

Si una obra es intensa, válida y tiene una idea potente, hará que las imperfecciones queden en un segundo plano.

Alberto Campo Baeza

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Votación con cambios

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Continúa a buen ritmo la votación para los Premios Blogosfera 2017, podés participar haciendo clic aquí.

Hubo algunos cambios, las razones se pueden leer en esta otra entrada. En lo personal, me enorgullezco de mi participación como jurado y del hermoso grupo de compañeros que hemos constituido. Por mi parte, es todo lo que voy a decir.

Les deseo el mayor de los éxitos a los candidatos que continúan en carrera.

Flor de cita

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El día que ella cumplió diecisiete (él ya sabía perfecto que era ese día), no aguantó más y le llevó un enorme ramo de flores, la esperó en la puerta del liceo. Si para ella eso era un papelón, más valía que lo plantase ahora para siempre. Qué risa. Un galán bien anticuado, mucho mayor que ella, aunque casi los dos de la misma estatura. Iba a impresionarla. A mostrarle que él se interesaba en ella, y mucho. Pero tenía que ser ella quien lo rechazara. Ella se iba a dar cuenta, si era viva, de que no le servía fijarse en un viejo.

Porque además, pocos días antes, Gofi había cumplido las tres décadas. Solo que por dentro no se sentía nada viejo, iba por más en la vida. Pero no se imaginaba que Inés se iba a dar cuenta muy fácil de su juventud interior. Gofi no corría tras urgencias básicas, las cosas de la vida ya se las conocía. Pero su corazón, su muy fresco corazón, ahí estaba, pronto. A punto de caramelo.

¡A Inés le interesó él!

Porque ella quería mucho más que esos inmaduros guarangos que la rodeaban en el liceo. Quería mucho más que un “noviete” primerizo oportunista que después la dejase por otra más experimentada que ella. Inés quería. Quería vivir en serio. Encontrar por fin alguien que valiese la pena. Alguien que la valorase, que le diese seguridad. La ocasión de mostrarse tal cual era.

Gofi no daba crédito a todo lo que estaba escuchando. Inés le marcaba los tantos. Le ponía límites; obvio, una chica con dignidad y orgullo. Pero… ¡le hablaba de todo eso! ¡Se lo decía en la cara! Ella se expresaba, no paraba de hablar, soltaba frases al vuelo cargadas de significado. Cuando a uno le dicen un montón de cosas, le dan la oportunidad de responder a todo eso. De reaccionar.

Y los ojos. Esos ojitos divinos que no paraban de mirarlo. De escrutarle lo que había más adentro. De arrancarle cosas que todavía no se atrevía a decir en palabras. Sí, está claro. Ella se daba cuenta de todo eso, y también de aquello, tonto. Es intuitiva. Es mujer.

No duró mucho ese primer encuentro, se despidieron con un beso casi al descuido. Pero Gofi estaba tranquilo. Principio requieren las cosas, y ese era el fin del principio. Después, vendría todo lo otro.


Extracto de Amigos orientales, disponible en Amazon y en librerías.

Una luz

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Moro fuma recostado contra la puerta de los apartamentos donde vive. En eso, sale Andy. Un vecino y amigo con el que tiene mucho en común. A los dos les faltan padre y madre. Y sin embargo, Andy siempre parece como recién llegado de otra galaxia, lleno de novelería. Moro se incorpora para recibir un abrazo muy efusivo con sonrisa de regalo.

—¿Qué me contursi, compañero? Mirá que arrancó el cuadro con un muy buen partido, ¿eh?

—Ni un gol metimos…

—Pero arrancamos muy bien, pibe. Mirá que atacaste y atacaste, ¿eh? Mucho más que yo y Paco. Así se hace. Vas a ver que el próximo partido mojás —le guiñó un ojo bandido como si supiera algo más.

—Ay, Bicho, Bicho, Bichito de Luz… Vos sí que sos un amigo rebueno, siempre me ponés ficha. No sabés lo que es llorar, andás contento todo el tiempo. Vivís en una piecita de porquería como yo y ni te importa, igual llevás amigos. Cuando pasás por el pasillo siempre me invitás a ir a donde sea. ¿De dónde sacás toda esa alegría?

—Tiene que ser así, pibe. Además, ¡la tengo a la Pili! ¿Viste? Una colosa. El Padre Pío me la mandó del cielo. Salado.

—Tal vez precise una novia…

—¡Más bien, bo! Es como dicen. “No se puede vivir sin amor”… —Andy cantaba imitando a un guitarrista con las dos manos—. Y mirá que alguna te anda echando el ojo, pibe, ¿eeeeh?

—¿En serio? —Moro no se imaginaba que las chicas lo mirasen.

—En las tribunas, el otro día, muchas copaditas con Amir, pero las sentadas en la otra punta, las que esperaban nuestros goles, nos fichaban abierto a nosotros, ¿eeeeeeh? Hay una, Susi se llama, que es amiga de Pili. Retipa, macanudaza. Bueno, che, me voy que estoy llegando tarde, quieren que toque en un cumpleaños, tengo que buscar una ropa que me prestan. Me voy corriendo, si no voy a llegar cuando soplen las velitas del nene. Te veo, bo.

Andy ya se alejaba, pero antes se dio vuelta y le hizo gestos de que tirase lejos el porro, que estaba loco al seguir fumando esa porquería.


Extraído de mi libro Amigos orientales, disponible en Amazon y librerías.

La imagen es de una púa de guitarra Firefly (“luciérnaga”, “bichito de luz”). Crédito: http://www.thinkgeek.com/product/jhvp/

El de ajuera

Paisanito
Alvarito se levantó como todos los domingos. Se lavó la cara, se vistió y salió a la calle. Iba a la panadería a comprar bizcochos. Pero tenía que mirar bien para un lado y para el otro; esa enorme avenida era un peligro los fines de semana, porque cuando estaba vacía era cuando pasaba algún demente a más de cien por hora.

Los gurises del interior se las ven de figurillas para manejarse en la selva de cemento. Y a veces se sienten muy extranjeros en su propia tierra. Porque, a diferencia de los inmigrantes venidos de muy lejos, que ya saben perfecto que tienen que adaptarse a absolutamente todo de nuevo, los del interior sienten que están en un trozo de lo que se supone sea el mismo paisito chico de siempre, pero con cosas que nunca se habían imaginado que existían. Las enormes extensiones del vacío campo uruguayo insumen horas para desplazarse de un punto a otro; pero acá, en un trocito de tierra mucho más chico que una estancia, todo el tiempo te tropezás con gente apurada. Una gente que habla el mismo idioma, pero con otra lengua. Las caras son las mismas, pero distintos los gestos. Todos usan ropa, obvio, nadie sale desnudo a la calle, pero te sacan de lejos si sos pajuerano, porque te vestís raro. ¿Raro? Raros son los skaters, los planchas, los surfistas, los emos, los metaleros. Los que se hacen tatuajes hasta en la cara. Los que se pinchan piercings y porquerías de metal por cualquier lado. Pero, claro; un gurisito con la cara lavada y el pelo peinadito prolijo, es raro, ¿vio? No es un bicho de esta selva. Porque además, podrá ir de termo y mate a todos lados, como un vecino montevideano de ley que va a la rambla o un parlamentario trajeado que se sienta a charlar con los periodistas. Pero, si además de termo y mate, usa boina, ¡zas! Ya está. Canario a la vista. Aunque el Paisa no sea canario, sino floridense a mucha honra.


Este paisanito es uno de los personajes secundarios de mi libro Amigos orientales, disponible en Amazon y en librerías.