Categoría: Escrito por Fabio Descalzi

El nudo

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—¡Ay, Floriana, me quiero morir, ese nudo…!

—Pero, Celina, te lo até como me pediste, bien alto a la cintura, con…

—No seas boba, vos sabés que te estoy hablando del otro nudo.

—No es nada, apenas…

—Dejate de inventos, ¿querés? Te hablo del nudo que me quedó en el pelo, abajo del tocado. ¡Justo hoy se me viene a anudar ahí el pelo! ¡Y con lo cara que me costó la peluquería! ¡Como si no hubiéramos hecho la prueba antes!

—Tranquila, Celina. Todo va a salir bien. Vos sabés que yo hago magia para maquillar errores ajenos.

—¡Y no me hables de errores el día de mi casamiento, que es desgracia! Seguir leyendo “El nudo”

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Alegre la mañana

Te deseo que estés viviendo un feliz año nuevo.

Con una mañana que digas: me atrevo.

Sigo escribiendo este blog, aunque cueste creerlo.

Gracias te doy, otra vez, por leerlo.


Melodía: “La mañana” de la suite Peer Gynt por Edvard Grieg (1886). ¿Se puede pedir algo más gratificante para comenzar el año en modo reposo?

Fraterno amor

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Entrando en la plaza de comidas del centro comercial, Ismael lleva tomada de la mano a Alicia. Camina rápido, encuentra uno de los últimos lugares libres; ¡qué suerte a esta hora! Tiene la cabeza llena con otros asuntos que no se arreglan tan fácil.

—Isma, qué lindo que te queda ese equipo deportivo negro con las tres rayas blancas. ¡Parecés tan grande…!

—Dale, Ali, sentate ahí. Ya mismo.

Ismael agacha un poco la cabeza, que queda detrás de las hojas verdes artificiales. Alicia se acaricia los rulos, tranquila.

—Isma, ¿por qué nos sentamos así, como escondidos entre las plantas?

—Eeeh… nada, Ali. Nada. Cosas mías. Seguir leyendo “Fraterno amor”

Testimonio de un loco lindo con pretensiones de poeta

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Lo de lindo es pretencioso, porque de eso, no tengo nada. Lo de loco es un poco más coherente, porque la gente me escucha decir cualquiera. Pero cualquiera se puede dar cuenta de que estoy, digamos, extrovertiendo algo de lo mucho que tengo para dar. A veces, hasta parece poesía. Otras, música.

Ayer terminábamos de hacer las compras en el súper. Una linda salida familiar de las de siempre, sin sobresaltos, la cajera muy atenta, los pibes muy diligentes, había poca gente. Nada que exaltase, nada que desbordase. Pero mi cabeza sí que desbordaba. Se cocinaba a fuego rápido todo lo que había en el fondo. En la superficie, estaba repasando el plato que iba a cocinar al wok, como debe ser, a fuego lento.

Mi hija, de chiquita, adoraba una melodía, «El meneaííííto». Haciendo eco de eso, mi respuesta a su reclamo de ayuda para estudiar fue «esperá un poco, que estoy haciendo el salteaííííto». Ella se rio de mi ocurrencia. El salteado de verduras al wok lleva tiempo y no hay que distraerse, de lo contrario, se quema. Pero un poco de humor, música y poesía siempre condimenta una rutina familiar tan intensa como alocada por lo interminable.

Inacabable es lo que se me da por escribir. Y aquí viene el parteaguas. La bajada a tierra súbita, el cambio de tema que rompe los esquemas.

Ya hacen unos años de ese primer rapto inspirador para escribir una novela sobre adolescentes. El inicio de una carrera literaria. Esto, dicho sin ninguna petulancia; la importancia de esta afirmación no va tanto por lo de carrera profesional, sino más bien, por lo de escribir a la carrera. Me sale todo rápido, escribo todo de corrido, sin pensar, sin editar, así es mejor, sale desde bien adentro lo mejor (y lo peor). Lo que quiero sacar. Lo que necesito sacar. Después, si publico o no, es mi problema. Pero eso es un cuento aparte.

La mejor (o la peor) parte es: estoy entrando a separar al escritor que produce, del personaje real. Lo de escritor que produce, está claro, ¿no? Escribir cosas para que alguien lea, no importa si por obligación o por devoción, pero que lea. A veces, solo para leerlas yo, porque lo que contiene ese texto es un verdadero papelón. Otras, para que lo lea cualquiera, porque total, son de palo los de afuera. Pero no los de adentro. Los que sí leen. Los que sí escuchan. Los que sí observan. Y critican. Y demandan. Y cuestionan. Y condenan. Y…

Solo este personaje real sabrá cómo se escribe esta historia.

Porque la memoria no juega chicanas. Siempre quiere gloria.

Y si la memoria quiere gloria, más vale que evite la tragedia.

Al remendar una media me pincho un dedo,

mientras pienso en escribir lo que puedo.

Se me acaban las palabras.

¿Por qué escribir al personaje real,

si es, humildemente, real?

Me canso.

Se me corta la racha.

Ya está.

Basta.

Ta.

Les petits moulins à vent (Los pequeños molinos de viento), exquisita melodía barroca compuesta por el francés François Couperin en 1722, describe a la perfección cómo se movían mis dedos en medio de ese torrente…

Treinta y poco

Smoke and head
Ella corre la cortina, que entre sol. Se agacha junto a él, le acaricia los pectorales bien trabajados, le habla al oído.

—¿Vas a quedarte a desayunar, mi negrito?

—Mmmh… ah, buen día. ¿Qué hora es?

—Mi negro, ¿modosito te pusiste hoy? Anoche estabas tan apasionado…

—¡Las diez! Se me hace tarde para empezar mi horario en el taxi. ¡Me voy ya mismo!

—Pero antes… —ella intenta arrancarle un beso de labios carnosos.

—Listo, bastó —él la aparta, aferrándole los hombros con sus manos fuertes.

—Pero… ¡no seas bruto! —ella se acaricia el hombro, no sin antes apretarle el bíceps con la otra mano.

—No seas larva. Dale que se me hace tarde —él manotea en el aire, evitándola al levantarse.

Se lava la cara, junta la ropa, se viste y se va. Lo que ella le lanza con la lengua le rebota en los oídos y en la piel.

—¡Qué poco lo tuyo! ¡Ojalá te atropellen! —se oye tras el portazo. Seguir leyendo “Treinta y poco”

Qué tímida manito

reaching out - two hands

No me animo a mirarla. Ni menos, a nombrarla. Pero allí está, la mano de ella extendida hacia el costado.

¡Dios mío, qué momento! Estamos ella y yo acá, sentados en el mismo asiento del tren, y no me animo. ¡Pensar… la de veces que pasé a propósito frente a la puerta de su casa! Como tratando de encontrar el momento justo para verla salir y hablarle… ¿De qué, si ella ni siquiera me conoce?

O eso creía yo hasta hoy. Porque ahora estamos acá, ella y yo. Fue un poco por casualidad, claro. Pero enfrente se sentó esa afortunada desconocida. Esa buena señora, tan charladora, que llenó el tiempo de este largo viaje por más de tres horas. Como si intuyera una historia entre ella y yo, fue tejiendo frases al vuelo. Esa buena señora nos fue haciendo completar un fichero en el aire. Dónde vivimos (en el mismo barrio). Qué hacemos (estudiamos en facultades no muy lejos una de otra). Cómo se integran nuestras familias (nada raro ni sorprendente). Hasta qué películas nos gustan (solo le faltó ir y comprarnos entradas para el cine). Por no mencionar algunos gestos tan pícaros como sugerentes que hizo con sus ojitos. Como un hada madrina, casi se apuró a tendernos con una varita mágica una mesa en la que (espero) alguna noche cenaremos ella y yo. ¡Si hasta nos reímos mirándonos, como imaginando la efervescencia de las copas al chocarlas!

Ahora, la buena señora se bajó en ese pueblito. Nos queda más de una hora para llegar a la estación terminal. No sé cómo hacer para seguir con esto. Para rellenar este tiempo. Mi tímida mano quiere extenderse para el costado también… Ella no me rechaza…

¿Le hablo del próximo estreno…?

¿Viste esa escena del trailer? Qué fenomenal, ¿eh?

¿Te gustó el beso del final?

Un roman d’amitié (Friend You Give Me a Reason), canción bilingüe interpretada por el hawaiano-portugués Glenn Medeiros y la francesita Elsa (1988). Para los que creen que ya no existen los adolescentes inocentes de corazón. Para los que creen que la inocencia es sinónimo de estupidez. Para los que no creen…


Entrada ya publicada en Letras&Poesía el mes pasado.

¡Y se colgó la bandera, nomá’!

Antoine Griezmann bandera UY

16 de julio de 2018 (página de mi diario)

Releía recién lo que escribí hace ocho años, cuando perdíamos en la semifinal. Lloraba de orgullo. Pero lo que viví ayer con la final fue para quedarme mudo. Otra cosa no se puede decir. Porque lo que sentí…

Pasó mucha agua bajo los puentes desde aquellas líneas. Hice mis estudios y los terminé. Mientras tanto, también empecé a competir en natación. Y me conseguí trabajo en un diario. Y empecé a ahorrarme lo mío.

Hasta tuve un golpe de suerte impresionante. Fui a hacer un mandado al supermercado enorme que queda a cinco cuadras de casa, con lo que compré pude entrar en un sorteo que hacían… y gané dos pasajes para ir al mundial. Increíble. Invité a un amigo a ir conmigo. Por mi silla de ruedas no iba a ser problema, en todos lados me abren paso.

Porque yo siempre hice fuerza para abrirme paso. Y así me está yendo. Seguir leyendo “¡Y se colgó la bandera, nomá’!”

Enreda

ivy-stone-wallLa hiedra cubre la pared de más de diez metros de alto; los bichitos se arrastran por entre las hojas amarronadas, algunos ciempiés se confunden con los tallos llenos de raicitas. También las arañitas se animan a anidar entre el follaje, seguro que ahí siempre llegan otros bichos para alimentarles la cría. Hasta un camino de hormigas se abre paso, como en busca de un tesoro perdido. En realidad, como nos dijeron en el vivero, son cuatro especies de planta trepadora: la hedera verde y blanca, la hiedra alemana de adusto verde petróleo, la ampelopsis de noble color rojizo, y la ficus con sus hojitas redondas; entre las cuatro forman una masa tupida y multicolor, llena de vida; todo un mundo en una pared alta.

Pero Lucas no está para disfrutar con eso hoy; mañana tiene que hablar con el jefe, y ¡cómo lo pone de mal humor bancarse a ese tipo! Ahí no importan la instrucción, ni la decencia, ni el mérito, es todo cuestión de agarrarlo justo, distraído, y de ver quién puede más. Es más fácil que uno de esos ciempiés llegue arriba de todo y salte al vacío, que convencer a ese jefe de que uno hace las cosas como se debe. Pero no queda otra; ese ente autónomo, con tantos empleados públicos que lustran la silla, parece tan inmutable como otro muro de hiedra que también cubre su edificio. Pero más que una urdimbre de hiedras, más bien parece una gran red de telarañas. Telarañas de insidia, telarañas de desidia, telarañas de intrigas, telarañas de haraganería, telarañas de chismes, telarañas inútiles. Tanta urdimbre de telarañas le molesta a cualquier tipo sensato, pero es lo que hay. Hay que conformarse con ese ecosistema, porque si no te gusta, vas a la calle, y la calle está dura en estos tiempos, no hay trabajo por ningún lado, te tenés que ir. La hiedra tiene raíces adventicias para agarrarse firme a la pared; pero en estas telarañas, más que adventicios, hay advenedizos que se cuelgan por todos lados. En cualquier momento, a los muchachos se les ocurre sacar a los bichos que sobran en la telaraña, y chau inamovilidad.

Estaba empezando a pensarse un argumento para tratar de entrarle al jefe por algún lado que sirviera, cuando Pochita lo llamó a gritos. Le cortó la inspiración, igual que siempre. Y no era para menos: había dejado la canilla abierta, la manguera a medio enchufar se había zafado, y todo el patio estaba encharcado de agua.

—Pero… si serás distraído, Luqui… Vos sabés que a las espadas de san Jorge que tanto me costó plantar, les hace mal el agua. Vos siempre pensando en pavadas, y encima otra vez te olvidaste de ir a comprarme la leche para los chiquilines. Y mañana, ¿qué desayunan?

Allá va Lucas a tratar de conseguir leche; por suerte es amigo del almacenero. Le golpea, le llora la milonga, le compra una botella de a litro. Pero antes de volver, arranca para Veintiuno. Llega al quiosco, pide Nevada con filtro, saca los últimos veinte nuevos pesos que tiene en el bolsillo, paga, y se vuelve pitando. El humo lo ayuda a aclarar las ideas; pero el viento que sopla por Luis de la Torre le llena la cara de pelusa, y eso es muy fastidioso. Deja la botella de leche en un murito, se restriega los ojos y, al mirar para abajo, no puede creer lo que ve: tirado allá entre las malvas, medio tapado por la pelusa de los plátanos, un portafolio. No es cualquier portafolio, no; es de cuero de yacaré, de los buenos que ya no se consiguen. Tira el cigarro y se acerca al portafolio; lo mira, se muere de ganas de agarrarlo y abrirlo. Un follaje de ideas le bulle en la cabeza.


Publicado en Letras&Poesía en noviembre de 2016.

Be free!

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Se me traba la lengua, no lo puedo expresar.
Está interdicho decir que lo tenga prohibido.

Se me asfixia el suplicio, no lo puedo soltar.
Está vedado insinuar que me sienta cohibido.

Se me angosta el pescuezo, no lo puedo tragar.
Está vetado intentar escupirlo siquiera. Inhibido.

Estiro la mano. Miro la foto. Pongo la radio.

Lo que sea, será. Lo que venga, vendrá. Es eso. Basta.

Suena bien fuerte. Entiendo bien todo. Ya nada más falta.

Una voz que lo dice en otra lengua.
La oigo muy clara.
Con eso me alcanza.

¡Sé libre!

Sing our own song por UB40 (1986). ¡Yo estuve allí! ¡En aquella época! ¡Con qué ansiedad esperaba poder oírlos!

Fuente de la imagen: OutfitTrends.


Originalmente publicado en Letras&Poesía el mes pasado.

Bebé (y porvenir)

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Mis dedos no se tuercen.
Mi boca ya no tiembla.
Mis ojos no se cierran.
Mis piernas nada pueden.

Busca que te busca esa ayuda,
piensa que te piensa esa idea.
Algo que me saque, lo que sea,
aunque sea un resabio de duda.

Quiero retozar en mi cuna
y así comenzar a vivir.
Ansío gozar mi ventura,
sea cual sea el sentir.

Richard Clayderman toca Balada para Adelina de Paul de Senneville y Olivier Toussaint (1976). Esta melodía parece dibujar los rasgos de una criatura recién nacida, frágil e indefensa en su cuna, que quiere aventurarse en el mundo que tiene por descubrir. Pasan las décadas y esta música se escucha con la misma sencillez de siempre.


Originalmente publicado en Letras & Poesía el pasado mes de abril.

Ella…

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No es prosa, tampoco es poesía.
Ni se trata de una vieja historia.
Son membretes que me pueblan la memoria
y que buscan su lugar todavía.

Un corazón se despliega,
un sentimiento se expande,
una mirada que ruega
que ya nadie más le demande.

Palabras voladas al viento,
andares llevados al tiento.
Mensaje de señas vibrante
cual luna de cuarto menguante.

No se traduce en palabras,
no se interpreta en centellas.
Alcanza un abracadabra.
Es simplemente… ella.

Ella, elle l’a por la exquisita cantante francesa France Gall (1987). Un tema que en aquel entonces inspiraba a este entonces joven soñador que iba a la búsqueda de… ella.


Ya publicado en Letras & Poesía el mes pasado.

¡A izar la bandera! (¡Gracias por dejarlo todo en la cancha!)

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6 de julio de 2010 (página de mi diario)

Estoy escribiendo esto y me emociono hasta las lágrimas. No quiero que mis amigos me vean así. Porque también me pasó hace un rato, viendo cómo perdíamos. Los holandeses casi nos llenan la canasta, de no ser por nuestro gol en la hora, pero ni con eso alcanzó. Adiós final. Adiós copa. Casi me tiro al piso a pegar con los puños. Lloré frente la tele como el peor.

La tele. Me la regalaron el mes pasado, cuando cumplí los diecisiete. Gracias a ella puedo ver muchas cosas que sino, no podría. Porque estoy en esta silla de ruedas desde los trece. Mejor ni acordarme de aquello que me pasó. Seguir leyendo “¡A izar la bandera! (¡Gracias por dejarlo todo en la cancha!)”

Diario de mi casa

Diario de mi casa

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El cenicero está vacío en el medio de la mesa ratona. Papá dejó de fumar hace años. Mamá siempre se quejaba del olor a toscano. Ahora la alfombra está divina, bien tersa y con olorcito a lana. Da gusto tirarse y revolcarse. Uno de los gustos que me doy en casa.

Todavía no llegan papá y mamá. A veces se demoran, cuando hay tráfico para volver del Centro. O cuando tienen que pasar a hacer algún mandado por Dieciocho.

Hoy cumplo veinte. Tal vez fueron a comprar algún regalo, o alguna otra cosa.

No festejamos mucho. Yo nunca fui muy de las fiestas.

Pero ahora estoy empezando a pensar en otras cosas. Conseguirme un trabajo, a ver si hago experiencia y empiezo a tener mi plata.

La plata. Esa cosa por la que tanta gente discute. Que hace tanta falta para vivir y darse gustos. Pero que algunos amontonan sin saber para qué. Seguir leyendo “Diario de mi casa”

Herida

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Tajo profundo,
sensación desastrosa
con sangre que mana
de herida tan grave.

Dolor tan profundo,
debilidad que domina
a un cuerpo cansado
de tanto doblarse.

Tiniebla profunda,
anhelando la luz
que me invite a soñarte
sin miedos ni afanes.

Corazón espinado por Santana y Maná (1999). Una melodía muy popular que, en bruto contraste con la experiencia reciente (hace un par de meses) de un accidental corte profundo en un brazo, invita a pensar en lo que es realmente importante.


Originalmente publicado en Letras & Poesía en abril de este año.