Etiqueta: Punta Carretas

El ómnibus de juguete del banco

Banco Transatlantico omnibusMiro el ómnibus de juguete, ese que dice «BTU», y me llena de ternura. Me acuerdo cuando era un chiquilín, ¡cómo me gustaban esos chiches! En casa había de todo: camioncitos, autitos, un robot astronauta, un trencito a pila y los ladrillitos del Lego. Y, por si fuera poco, a la hora de la siesta me iba a la cocina, agarraba ollas y tapas, y me ponía a hacer ruido, copiando a un baterista. Digan que mi abuela dormía como un tronco, que si no, me hubiera dicho de todo… ¡el nene embromando a la hora de la siesta! Seguir leyendo “El ómnibus de juguete del banco”

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Diario de mi casa (parte II)

Los recuerdos que no fueron, a veces, parece que estuvieron. Reposan como polvillo en los anaqueles de la biblioteca. Las finas cenizas de la quema del diario se van posando en todas partes. Cuanto más adentro, más se palpan…

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Letras & Poesía

No sé si hice bien en cambiarme de colegio. Estaba incómodo en el británico, les insistí tanto a papá y mamá que quería cambiarme al de los vascos, que al final les gané por cansancio. Pensé que iba a estar mejor, que iban a ser más buenos conmigo. Pero no cambió nada. Los chiquilines seguían siendo los mismos brujos bestias que en todos lados. Me patoteaban, me bobeaban, me trataban de cualquier cosa. Muy mal. Nadie escuchaba mis quejas calladas.

Yo siempre volvía desganado a casa. Dejaba las cosas, cruzaba la calle, me iba un rato a lo de Ema, les tocaba timbre. Ahí, Noelia me servía un tecito y charlaba conmigo, me consentía un rato. Después venía Ema, ponía orden, yo me sentaba derecho, le decía que sí a lo que ella me decía, todo terminaba tranquilo. Les daba un beso a las dos, y me volvía a casa…

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Diario de mi casa (parte I)

Ya no quedan ni las cenizas de los recuerdos que no fueron. Un diario quemado en la hoguera del que se rescataron fragmentos. Cualquier parecido con la coincidencia es…

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Letras & Poesía

El cenicero está vacío en el medio de la mesa ratona. Papá dejó de fumar hace años. Mamá siempre se quejaba del olor a toscano. Ahora la alfombra está divina, bien tersa y con olorcito a lana. Da gusto tirarse y revolcarse. Uno de los gustos que me doy en casa.

Todavía no llegan papá y mamá. A veces se demoran, cuando hay tráfico para volver del Centro. O cuando tienen que pasar a hacer algún mandado por Dieciocho.

Hoy cumplo veinte. Tal vez fueron a comprar algún regalo, o alguna otra cosa.

No festejamos mucho. Yo nunca fui muy de las fiestas.

Pero ahora estoy empezando a pensar en otras cosas. Conseguirme un trabajo, a ver si hago experiencia y empiezo a tener mi plata.

La plata. Esa cosa por la que tanta gente discute. Que hace tanta falta para vivir y darse gustos. Pero que algunos amontonan sin…

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Enreda

Enreda

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Letras & Poesía

La hiedra cubre la pared de más de diez metros de alto; los bichitos se arrastran por entre las hojas amarronadas, algunos ciempiés se confunden con los tallos llenos de raicitas. También las arañitas se animan a anidar entre el follaje, seguro que ahí siempre llegan otros bichos para alimentarles la cría. Hasta un camino de hormigas se abre paso, como en busca de un tesoro perdido. En realidad, como nos dijeron en el vivero, son cuatro especies de planta trepadora: la hedera verde y blanca, la hiedra alemana de adusto verde petróleo, la ampelopsis de noble color rojizo, y la ficus con sus hojitas redondas; entre las cuatro forman una masa tupida y multicolor, llena de vida; todo un mundo en una pared alta.

Pero Lucas no está para disfrutar con eso hoy; mañana tiene que hablar con el jefe, y ¡cómo lo pone de mal humor bancarse a…

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Apagón con (des)conexión

iluminacion-faroles-antiguedades-18311-MLU20153269175_082014-YQuienes vivan inmersos en la modernidad tecnológica, tal vez se sorprendan de saber que todavía hay apagones, cortes de luz, interrupciones del suministro de energía eléctrica, o como les quieran llamar. Pero sí, existen. Hoy de mañana fue sorpresivo. A veces, son parte de un programa de mejora de infraestructura. En el pasado, hasta eran programados.

Estoy hablando de fines de los años 70, épocas de encarecimiento del petróleo, carencias de infraestructura energética, y otras yerbas que no vienen a cuento. Lo que sí les cuento es que en mi barrio tocaban apagones los domingos. Las familias preparaban sus faroles a mantilla, sus velas, sus braseros, sus estufas a leña. Todo lo que diera luz por combustión servía. Y por consecuencia tenía que toda la familia se reunía, como adorando el fogón. Porque ya fuera carbón o vela, no había novela en la televisión. Les confieso: me encantaba jugar con el sebo de las velas.

Hoy nos volveríamos locos. Pero en ese entonces, nos organizábamos un poco. Nada de entretenimientos electrónicos de ninguna especie. Apenas alguno que se animaba a leer o escribir a la luz del farol, si era suficiente. Pero la mente no descansaba. Muchos cuentos se contaban, muchas anécdotas llenaban las bocas. Las personas serían pocas, pero la curiosidad era grande. Porque siempre se aparecía algún nuevo-viejo cuento, algún olvidado pariente, algún recordable amigo en la narración.

¡Qué recuerdos de apagón!

¡Qué nochecitas con emoción!

Un rey llamado Juan Carlos

ONETTI
Foto de archivo (sin fecha) de Juan Carlos Onetti. Fuente: http://blogs.grupojoly.com/disidencias/tag/juan-carlos-onetti/

Quienes nacimos y vivimos en un país surgido bajo la bandera del republicanismo, vemos a la realeza como como algo lejano. Raro, remoto, rebuscado, un poco altivo, acaso distinguido del resto. Así las cosas, cuando vemos pasar a un legítimo miembro de una casa real, abrigamos una extraña mezcla de admiración y curiosidad. Así fue como me sentí, allá por 1983, cuando el penúltimo titular de la corona de los Borbones visitó Montevideo. Al igual que tantos vecinos de Punta Carretas, caminamos hacia Bulevar Artigas, importante arteria que homenajea al máximo prócer oriental (el mismo que casi dos siglos antes luchara contra el ejército de otro Borbón) para ver pasar, saludar y vivar a Juan Carlos. Horas después, muchos otros conciudadanos uruguayos aplaudirían a rabiar cuando el muy mentado monarca se daba el gusto de refregarle en la cara a un dictador militar las virtudes civiles y morales de los sistemas democráticos. Y también, de aludir elogiosamente a un rey de las letras, un uruguayo exiliado en España, su más insigne tocayo: Onetti.

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Punta Carretas de la infancia

La calle Joaquín Núñez, en la cuadra de Luis de la Torre a Benito Nardone, fue mi patria chica durante cuatro años. Ese viejo Punta Carretas con doñas que salían a barrer la vereda, con almacenes esquina por medio, afiladores de cuchillos, heladeros y vendedores de barquillos, estaba lleno de vida tranquila. Seguir leyendo “Punta Carretas de la infancia”