Etiqueta: Pobreza

Un amigo con rostro de desgracia

rostro Moro

En la entrega pasada te contaba de unos movedizos personajes que, de repente, tienen historia y familia por detrás. También, de otros personajes que todavía quedaban más perdidos. Uno de ellos, absolutamente.

Mientras el barco me llevaba de regreso a Montevideo, surcando las aguas del Río de la Plata, me vino a la mente una imagen de la Escollera Sarandí, ese parteaguas que marca una frontera entre la Bahía y el estuario. Un muchacho solitario, tirado ahí, la mirada perdida en el horizonte, el reflejo en el agua (no se sabe si del sol o la luna). Humo que brota de su boca, no importa lo que fuma. Nada importa. Nada tiene. Nada le queda. El rostro mismo de la desgracia.

Y es otro integrante del cuadro. Va a necesitar mucha ayuda de sus amigos para ponerse de pie y salir adelante. Porque le falta familia. Le falta dinero. Le falta apoyo. Le falta todo.

Muchos días después, con casi todos los personajes más definidos, este muchacho retomó vigor para pedirle cosas al autor. Le pidió un rostro, un físico, un lugar donde vivir. Y mi imaginación gritó: un indígena discriminado, con ecos del poema Tabaré. Pero viviendo en un apartamento viejo y horrible, como recalcando que no pertenece a ese lugar.

Las melodías que acompañaban mi proceso creativo eran todas tristes. Como esta.

Este es Moro, el personaje más triste. Para la semana próxima viene el personaje más amargado. Porque hay para todos los gustos.

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Botijas en cana. Acto II: en la cárcel de menores. Escena 1. Llegada

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: Encuentro).

El área de la escena equivale a la superficie de la cárcel. Los muros que la rodean están insinuados en el borde de la escena. Detrás hay una pared de tablas que esconde el inodoro. En el medio hay un rancho precario. En todas partes de la escena se acuclillan botijas en grupitos. Se paran y sientan todo el tiempo y se vuelven a amontonar, de modo que siempre hay movimiento en el fondo de la escena. Todos parecen aturdidos, se mueven lentos, perezosos y vacilantes, como si estuviesen drogados, pero sin aparecer al frente. Solo están en el fondo de la escena.

Delante del rancho están sentados Diego, Mariel y Ariel. Jonathan está parado, nervioso, al lado de ellos, y camina de un lado para el otro como fiera enjaulada.

DIEGO: Por lo menos podrían haber pintado desde la última vez que estuve. Un naranja fuerte o algo así, y entonces estaría más bueno esto.

JONATHAN (se queda parado y sorprendido): ¿Ya estuvieron acá?

MARIEL: Cuando vivís en la calle, siempre vas a parar acá.

ARIEL: Pero igual de rápido volvés a salir.

DIEGO: Tarde o temprano. Más tarde que temprano.

JONATHAN: Pero hay abogados que los pueden sacar de acá. Hay leyes.

DIEGO: ¿No te parece que vivís en otro planeta, vos? Seguir leyendo “Botijas en cana. Acto II: en la cárcel de menores. Escena 1. Llegada”

Botijas en cana. Acto I, escena 2. Encuentro

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

(Semana anterior: Perdido).

Del otro lado de la escena se acercan Ariel, Diego y Mariel. Al lado de Jonathan, que todavía está tirado en el piso, Sami dejó la bolsa con el pegamento.

ARIEL: ¿Cuánta plata te queda, Diego?

DIEGO: Mis bolsillos están tan vacíos como mi panza.

ARIEL: ¿Y vos, Mariel?

MARIEL: Mirá, ahí hay uno tirado.

DIEGO: Se la pegó feo. Mirá la bolsa.

Los tres se acercan. Diego levanta la bolsa con el pegamento.

ARIEL: Éste no se la pegó. Lo afanaron.

MARIEL: Lo tenemos que ayudar.

DIEGO: ¿Cómo? Nadie nos ayuda a nosotros.

Ariel y Mariel se arrodillan al lado de Jonathan, que vuelve en sí de a poco.
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Botijas en cana. Acto I, escena 1. Perdido

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Advertencia: no apto para menores de 12 años. Vocabulario incorrecto y escenas violentas.

Jonathan (de unos 13 años) tiene un plano de la ciudad en la mano. Lo mira inseguro, después da una vuelta en círculo. Es evidente que anda perdido. Jonathan viste vaquero, championes caros, remera de marca y un iPod. La escenografía muestra un callejón oscuro que se angosta hacia atrás. Jonathan mira inseguro a la derecha y a la izquierda, vuelve a mirar el plano y se aproxima a la escenografía, se entrevera con el impráctico mapa plegable y apenas puede volverlo a doblar.

De la izquierda vienen tres chicas a la escena: Pat, Sara y Sami. Sami tiene una bolsa con adhesivo en la mano, en la que aspira varias veces, y se la da a las otras. Las tres se empujan entre sí en broma y pasan al lado de Jonathan, quien les habla.

JONATHAN: Che, hola, perdoná, creo que me perdí. Me pueden decir cómo…

Las chicas quedan paradas. Pat, la más grandota, lo mira a Jonathan de arriba abajo.

PAT: ¿Así que te perdiste?

Mira riendo irónicamente a las otras dos, que devuelven una sonrisa sarcástica.

JONATHAN: Pah, creo que sí. Quiero volver al hotel. Es el Victoria. (SEÑALA EN EL PLANO.) Está como por acá. Pero no tengo ni la más pálida idea de dónde estoy. Seguir leyendo “Botijas en cana. Acto I, escena 1. Perdido”

Sufrido pesar

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Detalle de El Descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden (1435).

Una necrológica municipal. Un lugar vacío adonde no va nadie. Pero los amigos sí que fueron.

Moro les pidió para estar primero él solo.

—Déjenlo tranquilo. —Tris sabía que Moro no quería que vieran sus lágrimas.

Entró a ese lugar, donde el cajón descubierto lo hizo estallar en llanto. Moro pegó con los puños en la pared mientras seguía gritando y llorando. Todos se pusieron muy nerviosos con ese olor a plástico quemado y pétalos mustios. No era normal.

—¡Así no! ¡Este pibe se terminó de enloquecer! —dijo Pedri, ofuscado.

—Esto no me gusta. Voy a entrar ya mismo —dijo Tris, más enojado.

Gonza apartó con sus brazos grandotes a los demás. No se podían apurar a entrar. Tris lo conocía más, sabía lo que hacía. Cuando entró, vio a Moro tirado en un rincón, tapándose la cara con las manos. Frente al cajón había una gran corona de claveles rojos; en donde habría estado la cinta con el nombre, las flores estaban chamuscadas.


De a poco fueron entrando los demás.

Cuando hay duelo, uno tiene que hacer lo que siente.

El Paisa, con toda sencillez, se acercó al cajón, se santiguó, estuvo unos instantes con la cabeza gacha, los ojos semicerrados. Hizo una reverencia cortita, volvió a santiguarse y se apartó.

Casi todos se fueron persignando, algunos sin ganas. Les preocupaba más el dolor de Moro.

Pili les dio la mano a Andy y a Jagu. Con candor pronunciaron la plegaria a Dios y a la Virgen del Pilar, por el descanso de esa alma. Después, hicieron silencio.


Nadie se inmutó con lo que había en el cajón, justo al lado del rostro de la difunta.

Un clavel del aire.

Moro sí se imaginaba quién lo podría haber traído. Alguien que no tenía ni para comprar una margarita.

¿Gabi?

¡Cobarde! Entró, miró y voló. Antes que todos. ¿Cómo supo?

No.

Mejor dejar las cosas así. No preguntes nada. No cuentes nada.

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Río sin rumbo

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No tengo rumbo.

        No tengo cara.

No tengo historia.

        Nada.

                Tristeza.

        Soledad.

Silencio.

        Vacío.

                Miedo.

        Inmensidad.

La bahía se mece de un lado,

        el río color león se embravece del otro.

La escollera tiene ese qué se yo,

        que divide aguas, separa… aleja…

aparta del inalcanzable horizonte

        donde Yasí, desesperada, busca a su amado.

Ecos de la sirena nadadora entre las islas

         del Río Uruguay, que el corazón añora…

Flotando aguas abajo, los camalotes bajan,

        se depositan en las arenas de la taza de plata.

Un niñito que llora y gime

        como charaboncito en la inmensidad desolada.

Ecos que resuenan en la Gruta del Palacio;

        susurro de las hojas del ombú solitario.

Soledad que se refleja en las ondas

        de algún río ancho como mar.

(Disponible también en Wattpad)

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Sumiso lamento

Rosario_madera_sobre_piedras

La puerta gastada del apartamento se cerró chirriando. No es como en lo de Andy, que siempre hay alegría. Aquí pesa un silencio plomizo.

Moro se desplaza por las piezas, parco, con pereza. En el lecho yace la madre. Hace ya varias semanas que casi no se levanta. Las gastadas manos de india recorren las cuentas del rosario. Los ásperos labios murmuran mensajes mesurados.

En el patio vuelan dos colibríes. Buscan el néctar de unas florcitas blancas que crecen entreveradas con las verdes hojas de la enamorada del muro. Moro mira por la ventana. Cómo le gustaría ser colibrí para libar néctar…

Pero no tiene suerte. Bastante con que lo pusieron de delantero en el cuadro de fútbol. Se tiene que contentar con eso. No estudia, no trabaja, no hace más nada que ir al club, donde lo becaron. También le hace los mandados a la madre, le da de comer, la ayuda a levantarse. Siempre lo hacía todo ella sola. Pero ahora está cada vez más desganada. Está muy mal, pero lo resiste.

Moro la acompaña al baño. Espera afuera. Vuelve a entrar. Le da el brazo para que regrese a la cama. Después, vuelve al baño, tira la cadena del water. ¡Qué ganas que tiene de tirar la cadena a tantas cosas! Pero los ojos de mujer pacienzuda de su madre le siguen insistiendo sin hablar. Hay que consolarse con lo que se tiene.


Texto presentado al proyecto #TextosSolidarios.

Publicado también en Letras & Poesía, ver aquí.