Etiqueta: Solidaridad

¡Los campeones leen!

Inauguración biblioteca setiembre 2019

Hace algún tiempo te pedí ayuda para un proyecto de biblioteca. ¿Querés saber más? Seguir leyendo “¡Los campeones leen!”

¡Campeones, a leer!

Logo C A Carabelas¿Quién dijo que los chiquilines no leen? Ahora, vos también podés ayudar a fomentarles este sano hábito. Es muy fácil.

El año pasado tuve el enorme gusto de conocer a Bruno Quarneti, director técnico de la Generación 2006 del Club Atlético Carabelas. Este entrenador de fútbol pone toda su pasión y empeño en hacer de un cuadro de barrio una verdadera segunda casa en donde no solo se aprende a jugar un deporte, sino también valores. El valor del esfuerzo, del trabajo en equipo, de la solidaridad. Y, no está de más recalcarlo: de la instrucción. Al respecto, vale la pena contar una anécdota, que a su vez nos lleva a un sencillo pero necesario llamado de colaboración a los lectores que lleguen a esta página. Seguir leyendo “¡Campeones, a leer!”

Solidaridad con el talento joven

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AEGIS es un equipo de jóvenes talentos nepaleses, estudiantes de Ingeniería en Computación en el campus de Pulchowk de la Universidad Tribhuvan. Fueron galardonados con el Hult Prize en su campus, y ahora van por el premio mayor, a participar en el 8th Annual Hult Prize Challenge, con la consigna “Refugiados: el renacer del potencial humano”.

Para poder participar, ellos merecen nuestra ayuda. Ante la extrema escasez de recursos reinante en su montañoso país, decidieron iniciar una campaña de micromecenazgo (anglicismo: crowdfunding). Lean más aquí: https://www.gofundme.com/sfkjnmph

(El de amarillo es Sushant Gautam, nos hicimos amigos a través de Wikipedia).

Crispín al poder

Dreadlocks back

Anoche murió la tradicional manera de hacer política.

Anoche se acabó el estilo políticamente correcto.

Anoche arrasó la llaneza. 9/11, 11/9… tanto da.

Se terminó de desdibujar la frontera entre un “disculpe” y un “no te soporto”. Se borronéo, desapareció. Lo que hay es lo que hay.

Y con esa misma llaneza, ahora viene la proclama.

Hablen claro. Abran la boca y díganlo: quiero poder y plata. O: quiero fiesta, quiero vivir sin trabajar, no me importa nada. O…

Solemos decir con ironía “mentime que me gusta”. Pero a Crispín no le gustan las mentiras. No sabe que le ocultan cosas, no sabe las falsedades, hasta que se entera. Y ahí, sí que cambia.

Si hay tipos capaces de detectar la frustración, la intolerancia y las ganas de odiar, e ir a buscar ese voto… también hacen falta otros tipos. Capaces de detectar a los millones de desencantados bienintencionados que andan por todos lados. A los pibes buena onda. A las chicas voluntariosas. A los que de verdad buscan comprensión, tolerancia, convivencia pacífica. Que les digan: ¡arriba que se sí puede!

¿Crispín candidato?


Nota inspirada en la inesperada victoria electoral estadounidense.

Que Dios ilumine a los de arriba y también a los de abajo. Sin más vueltas. Porque las palabras sobran. Ahora, más que nunca, están de más.

Que ocurran cambios como el que sucede entre la historia que pueden leer aquí y esta otra posterior.

Sufrido pesar

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Detalle de El Descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden (1435).

Una necrológica municipal. Un lugar vacío adonde no va nadie. Pero los amigos sí que fueron.

Moro les pidió para estar primero él solo.

—Déjenlo tranquilo. —Tris sabía que Moro no quería que vieran sus lágrimas.

Entró a ese lugar, donde el cajón descubierto lo hizo estallar en llanto. Moro pegó con los puños en la pared mientras seguía gritando y llorando. Todos se pusieron muy nerviosos con ese olor a plástico quemado y pétalos mustios. No era normal.

—¡Así no! ¡Este pibe se terminó de enloquecer! —dijo Pedri, ofuscado.

—Esto no me gusta. Voy a entrar ya mismo —dijo Tris, más enojado.

Gonza apartó con sus brazos grandotes a los demás. No se podían apurar a entrar. Tris lo conocía más, sabía lo que hacía. Cuando entró, vio a Moro tirado en un rincón, tapándose la cara con las manos. Frente al cajón había una gran corona de claveles rojos; en donde habría estado la cinta con el nombre, las flores estaban chamuscadas.


De a poco fueron entrando los demás.

Cuando hay duelo, uno tiene que hacer lo que siente.

El Paisa, con toda sencillez, se acercó al cajón, se santiguó, estuvo unos instantes con la cabeza gacha, los ojos semicerrados. Hizo una reverencia cortita, volvió a santiguarse y se apartó.

Casi todos se fueron persignando, algunos sin ganas. Les preocupaba más el dolor de Moro.

Pili les dio la mano a Andy y a Jagu. Con candor pronunciaron la plegaria a Dios y a la Virgen del Pilar, por el descanso de esa alma. Después, hicieron silencio.


Nadie se inmutó con lo que había en el cajón, justo al lado del rostro de la difunta.

Un clavel del aire.

Moro sí se imaginaba quién lo podría haber traído. Alguien que no tenía ni para comprar una margarita.

¿Gabi?

¡Cobarde! Entró, miró y voló. Antes que todos. ¿Cómo supo?

No.

Mejor dejar las cosas así. No preguntes nada. No cuentes nada.

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