Etiqueta: Sufrimiento

Déjame que te cuente lo de Beethoven.

El Destrio

Pero antes, si me haces el favor, vamos a ponerlo de fondo. Abajo tienes el vídeo de la 9ª sinfonía en versión de Karajan (ya ves que no he reparado en gastos) y te agradecería que fueras al tercer movimiento, en el minuto 25′ 26″.

¿Ya estamos? Bien.

La novena sinfonía es una de las piezas más importantes de toda la historia de la música. Es tan importante que cuando inventaron los Compact Disc y tuvieron que decidir cual tenía que ser su duración el criterio fue que cupiera la novena sinfonía completa.

No hay mejor descripción del sentido de esta obra que el propio poema de Schiller, la oda a la alegría, que conforma los coros del cuarto movimiento y que puedes leer completo haciendo click aqui. Constituye una proclama impresionante que empieza con estos versos:

¡Oh amigos, no en esos tonos!

entonemos otros más agradables

y llenos de…

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Sufrido pesar

Weyden,_Rogier_van_der_-_Descent_from_the_Cross_-_Detail_women_(left)
Detalle de El Descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden (1435).

Una necrológica municipal. Un lugar vacío adonde no va nadie. Pero los amigos sí que fueron.

Moro les pidió para estar primero él solo.

—Déjenlo tranquilo. —Tris sabía que Moro no quería que vieran sus lágrimas.

Entró a ese lugar, donde el cajón descubierto lo hizo estallar en llanto. Moro pegó con los puños en la pared mientras seguía gritando y llorando. Todos se pusieron muy nerviosos con ese olor a plástico quemado y pétalos mustios. No era normal.

—¡Así no! ¡Este pibe se terminó de enloquecer! —dijo Pedri, ofuscado.

—Esto no me gusta. Voy a entrar ya mismo —dijo Tris, más enojado.

Gonza apartó con sus brazos grandotes a los demás. No se podían apurar a entrar. Tris lo conocía más, sabía lo que hacía. Cuando entró, vio a Moro tirado en un rincón, tapándose la cara con las manos. Frente al cajón había una gran corona de claveles rojos; en donde habría estado la cinta con el nombre, las flores estaban chamuscadas.


De a poco fueron entrando los demás.

Cuando hay duelo, uno tiene que hacer lo que siente.

El Paisa, con toda sencillez, se acercó al cajón, se santiguó, estuvo unos instantes con la cabeza gacha, los ojos semicerrados. Hizo una reverencia cortita, volvió a santiguarse y se apartó.

Casi todos se fueron persignando, algunos sin ganas. Les preocupaba más el dolor de Moro.

Pili les dio la mano a Andy y a Jagu. Con candor pronunciaron la plegaria a Dios y a la Virgen del Pilar, por el descanso de esa alma. Después, hicieron silencio.


Nadie se inmutó con lo que había en el cajón, justo al lado del rostro de la difunta.

Un clavel del aire.

Moro sí se imaginaba quién lo podría haber traído. Alguien que no tenía ni para comprar una margarita.

¿Gabi?

¡Cobarde! Entró, miró y voló. Antes que todos. ¿Cómo supo?

No.

Mejor dejar las cosas así. No preguntes nada. No cuentes nada.

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Río sin rumbo

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No tengo rumbo.

        No tengo cara.

No tengo historia.

        Nada.

                Tristeza.

        Soledad.

Silencio.

        Vacío.

                Miedo.

        Inmensidad.

La bahía se mece de un lado,

        el río color león se embravece del otro.

La escollera tiene ese qué se yo,

        que divide aguas, separa… aleja…

aparta del inalcanzable horizonte

        donde Yasí, desesperada, busca a su amado.

Ecos de la sirena nadadora entre las islas

         del Río Uruguay, que el corazón añora…

Flotando aguas abajo, los camalotes bajan,

        se depositan en las arenas de la taza de plata.

Un niñito que llora y gime

        como charaboncito en la inmensidad desolada.

Ecos que resuenan en la Gruta del Palacio;

        susurro de las hojas del ombú solitario.

Soledad que se refleja en las ondas

        de algún río ancho como mar.

(Disponible también en Wattpad)

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Sumiso lamento

Rosario_madera_sobre_piedras

La puerta gastada del apartamento se cerró chirriando. No es como en lo de Andy, que siempre hay alegría. Aquí pesa un silencio plomizo.

Moro se desplaza por las piezas, parco, con pereza. En el lecho yace la madre. Hace ya varias semanas que casi no se levanta. Las gastadas manos de india recorren las cuentas del rosario. Los ásperos labios murmuran mensajes mesurados.

En el patio vuelan dos colibríes. Buscan el néctar de unas florcitas blancas que crecen entreveradas con las verdes hojas de la enamorada del muro. Moro mira por la ventana. Cómo le gustaría ser colibrí para libar néctar…

Pero no tiene suerte. Bastante con que lo pusieron de delantero en el cuadro de fútbol. Se tiene que contentar con eso. No estudia, no trabaja, no hace más nada que ir al club, donde lo becaron. También le hace los mandados a la madre, le da de comer, la ayuda a levantarse. Siempre lo hacía todo ella sola. Pero ahora está cada vez más desganada. Está muy mal, pero lo resiste.

Moro la acompaña al baño. Espera afuera. Vuelve a entrar. Le da el brazo para que regrese a la cama. Después, vuelve al baño, tira la cadena del water. ¡Qué ganas que tiene de tirar la cadena a tantas cosas! Pero los ojos de mujer pacienzuda de su madre le siguen insistiendo sin hablar. Hay que consolarse con lo que se tiene.


Texto presentado al proyecto #TextosSolidarios.

Publicado también en Letras & Poesía, ver aquí.