Categoría: Anécdotas

Un amigo con rostro de desgracia

rostro Moro

En la entrega pasada te contaba de unos movedizos personajes que, de repente, tienen historia y familia por detrás. También, de otros personajes que todavía quedaban más perdidos. Uno de ellos, absolutamente.

Mientras el barco me llevaba de regreso a Montevideo, surcando las aguas del Río de la Plata, me vino a la mente una imagen de la Escollera Sarandí, ese parteaguas que marca una frontera entre la Bahía y el estuario. Un muchacho solitario, tirado ahí, la mirada perdida en el horizonte, el reflejo en el agua (no se sabe si del sol o la luna). Humo que brota de su boca, no importa lo que fuma. Nada importa. Nada tiene. Nada le queda. El rostro mismo de la desgracia.

Y es otro integrante del cuadro. Va a necesitar mucha ayuda de sus amigos para ponerse de pie y salir adelante. Porque le falta familia. Le falta dinero. Le falta apoyo. Le falta todo.

Muchos días después, con casi todos los personajes más definidos, este muchacho retomó vigor para pedirle cosas al autor. Le pidió un rostro, un físico, un lugar donde vivir. Y mi imaginación gritó: un indígena discriminado, con ecos del poema Tabaré. Pero viviendo en un apartamento viejo y horrible, como recalcando que no pertenece a ese lugar.

Las melodías que acompañaban mi proceso creativo eran todas tristes. Como esta.

Este es Moro, el personaje más triste. Para la semana próxima viene el personaje más amargado. Porque hay para todos los gustos.

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Rostros y mañas se hacen amigos

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En la entrada de la semana pasada te comentaba que necesité un papel aparte para que pudieran nacer más personajes, los integrantes de un equipo de fútbol de barrio. Pero lo bastante indefinidos como para que la imaginación no se quedase con ninguna idea fija. Tenés que poder imaginarte a ese flaco inquieto con tres piercings en la oreja izquierda que le guiña un ojo bandido al grandote musculoso que mete miedo… Eso quiere decir que ya hay una complicidad entre esos dos. Y también con el petisito ingenuo que se cree todo lo que le dicen pero que se siente seguro al lado de ellos porque en esa ciudad es un extraño. Ahí tenemos un trío de amigos.

Hay que darles permiso para que se expresen, no solo en el papel, también en el espacio. Imaginárselos con suficiente volumen como para asociar libremente con otras sensaciones. Paco, el grandote musculoso, es retacón, compadre, tiene el empaque de un guapo de barrio («guapo» en la acepción rioplatense del término, lo que en España llamarían «chulo»), es capaz de darle una piña al que hable mal de su abuelo que fue ministro mucho antes de que él naciera. Tóbal, el flaco de los tres piercings, es nieto de un sindicalista que tuvo que exiliarse. El petisito ingenuo es un paisanito de un pueblo del interior, desciende de una familia de caudillos de tierra adentro. Como ves, estoy pintando tres tradiciones políticas diferentes, pero en el país de ahora; trato de mostrar qué queda de todo aquello y qué fue lo que cambió. Porque hay algo que está claro. ¡Están juntos! ¡Son amigos! La metáfora de un país que camina unido, de una sociedad que se abraza (no es necesariamente el retrato de la realidad, pero sí el deseo de que así sea). Y además, jovencitos cómplices que se las saben todas para vivir la noche a pleno. Les gustan las chicas.

Los tres tienen padre y madre. Tóbal tiene un hermano mayor. El Paisa es el sexto de siete hermanos. Estos tres personajes ya tienen familias presentes con sus tradiciones detrás. Los demás integrantes siguen un poco indefinidos, o están como perdidos. Hay que dejar que esas sensaciones vibren solas hasta que esos otros personajes también pidan lo suyo. Ya vas a ver cómo piden. Hasta qué extremos llegan.

Los once adoptan rostros y mañas

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Te vengo contando el nacimiento de las primeras criaturas. Primero fue un jovencito de tierras lejanas, después fueron otros dos «de los míos», pero es el comienzo. Apenas un personaje tiene nombre. Hay mucha distancia entre el observador distante, muy discreto, y los otros dos que viven sus cosas con intensidad. Piden a gritos más personajes. Sí, piden a gritos. Porque esos personajes que ni siquiera tienen rasgos definidos ya están pidiendo un equipo.

Así es como se empiezan a delinear más personajes. De manera muy volátil, son gelatinosos, movedizos, inquietos, escurridizos. Pero además, no quiero distraerme del hilo principal del diálogo que hay entre el ligero y el tranqui, que a su vez retroalimenta los comentarios del observador exterior… Todo lo que ya empecé a escribir se necesita recíprocamente para seguir creciendo. Así que tomo otra hoja de papel, aparte, en vez de lapicera uso un lápiz, y empiezo a escribir características que podrían tener los demás. Y en qué contexto se mueven, por supuesto.

Me viene a la cabeza un cuadro de fútbol de barrio. En mi ciudad ha sido tradicionalmente un integrador social muy poderoso. El fútbol jugado en plena calle, en los terrenos baldíos, en el césped ralo de los parques. Es evidente que, además de diferentes posiciones en la cancha, son distintos físicos, temperamentos, rostros. Demasiado para hacer algo exhaustivo, por eso hay que ir sin apuro, poco a poco, darles permiso para que sigan siendo bastante indefinidos.

Son indefinidos. Son adolescentes. Son inmaduros. ¡Obvio que sí! Por lo tanto, si voy a seguir escribiendo sobre más personajes con estas características, no me voy a complicar mucho. En la hojita de papel, escribiendo con lápiz, empiezan a aparecer apodos provisorios para denominar al petisito que mira todo con cara de incrédulo, al forzudo que hace musculación y te da miedo acercarte, al alfeñique calladito y bandido que se las sabe todas, al pobre infeliz al que todo le salió mal, al flaco macanudo loco por los teléfonos celulares. Con esas definiciones se van enriqueciendo los personajes tan indefinidos, se llenan de gestos y mañas, adoptan actitudes reivindicativas de sus roles y espacios.

¡Queremos existir! Los personajes a la búsqueda de autor piden a gritos: ¡¡¡más!!!

La semana que viene vas a tener más, sin duda.

Nace la primera dupla de «Amigos orientales»

Te contaba en mi anterior entrada de un proceso creativo en una madrugada solitaria. Una reflexión fue tomando forma sola, fue adoptando un inesperado espesor, el de un personaje. Un «raro» que profería juicios de valor muy duros contra una sociedad. Un par de ojos ajenos que nos miraban a «nosotros» desde afuera. Ahora es el turno de mirar desde adentro. Bien adentro. Atención porque lo que vas a leer ahora fue saliendo todo así, casi sin reflexionar, tal cual.

gonza+fredoSiguen brotando las palabras de la lapicera. Siguen apareciendo rasgos faciales difusos. Todavía sin tener nombre ni rostros definidos aparece como insinuado un dúo de amigos muy jovencitos. Trece años, la edad en la que los cambios hormonales aparecen sin vuelta atrás. Como no tienen nombre (y no quiero apurar esa definición), voy a llamarlos «el ligero» (por apurado) y «el tranqui» (por tranquilo). Esos juegos de opuestos que tanto gustan, que tantas veces suceden en la vida. Que tantas veces me pasaron también a mí.

El ligero está muy apurado con las cosas que le pasan. Hace sin preguntar, lo tienen que frenar. Creció muy de golpe, ya mide un metro ochenta (estatura exagerada para ser latino), se da cuenta de que su estatura le permite pasar por grande si se hace el serio, aprovecha, es muy vivo, se hace el vivo. Muy diferente del tranqui, más sobrio, lento, viene despacito, todavía medio niño (aunque la procesión va por dentro). Este juego de contrastes me lleva a expresar las diferencias en un diálogo muy animado.

El propio juego de contrastes me dicta que el tranqui tiene ancestros nórdicos, tal vez un estereotipo de cabeza fría y racionalidad. Listo, la dupla está hecha, funciona, me sirve, es eficiente. Y pide más. Mucho más.

¿Qué pide? ¿Cómo les doy satisfacción al pedido? En la próxima te cuento.

Nace Amir, de «Amigos orientales»

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La semana pasada te traje el recuerdo de un personaje que nació de una madrugada de insomnio. Ahora lo vas a ver más en detalle.

En tu país estás acostumbrado a vivir de determinada manera. También es cierto que existen muchas personas que piensan distinto a vos. Y a la vez, ese «nosotros» colectivo tiende a ver a los de afuera como «otros» muy raros, que no pertenecen a «este» lugar, mío y tuyo. ¿Por qué me estoy poniendo así de reflexivo?

Sucede que en octubre de 2014, además de las noticias del ámbito político (se acercaban las elecciones presidenciales y parlamentarias, lo habitual cada cinco años), una novedad ocupaba un espacio importante en los medios: la llegada de familias sirias en calidad de refugiados de guerra. Toda una novedad para muchos. Porque es raro en Uruguay encontrarse con gente que hable árabe. Seguir leyendo «Nace Amir, de «Amigos orientales»»

Nace «Amigos orientales»: la previa

Libros Fabio

Como todo en esta vida, la creación literaria tiene un escenario en el que se desenvuelve. Amigos orientales, ese libro que ahora circula impreso, fue el resultado de un largo proceso que también tuvo su propia escena, su propio trasfondo. Intentaré describirlo de la manera más ilustrativa.

Dicen que detrás de un escritor hay un lector. Respaldo esa afirmación, porque mis letras abrevan en todas esas interminables horas de lectura a lo largo de más de cuatro décadas. Una absorción literaria que, ya antes de leer, comenzó con mis oídos, cuando me narraban cuentos infantiles con gran lujo de detalles. Ese mismo detallismo fue siempre parte inseparable de mi manera de apropiarme de los textos que pasaron por mis ojos. En español y también en otros idiomas que aprendí. En mi vida familiar y social, estudios, trabajo, viajes, sueños. Detalles, muchos detalles.

hotel-carsson-general-2fd80fcCorría octubre de 2014. Terminaba un intenso fin de semana en la hermana ciudad de Buenos Aires. Reencuentro con muchos amigos, adquisición de conocimientos profesionales, comidas elaboradas, compras apuradas, y dos noches de alojamiento en el Hotel Carsson de la calle Viamonte. Esa edificación también significó un reencuentro muy fuerte, porque allá por febrero de 1976 había estado alojado una semana con mis padres y hermana, en nuestro primer viaje fuera de Uruguay. Tenía a flor de piel muchos puntos de comparación, muchos recuerdos remotos que resaltaban con el recorrido por la vida. Todos esos contrastes también invitaban a proyectar escenas de futuro.

Y la soledad de la habitación. Comparando con los amplios espacios en los que alternaba con mis amigos y colegas traductores, de pronto esas paredes parecían muy estrechas. No faltaba confort moderno, tenía conexión a internet y televisión por cable, el contacto con mi familia al alcance de los dedos. Pero esos ratos de soledad en medio del trajín también pedían algo más. Mucho más. No me alcanzaba.

Todo ese cúmulo de detalles, más mi propio recorrido por la vida, deben de haber hecho erupción allá en el fondo de mi ser. De hecho, en el curso de marketing para traductores al que recién había asistido, una voz interior me taladraba la cabeza diciéndome «dale, es ahora, no esperes más». Así, en la madrugada del domingo 19 de octubre de 2014, me desperté sobresaltado con cualquier ruido y ya no pude dormir más. Pendiente de ese «algo más» que estaba esperando que sucediera.

Sucedía que mi cabeza estaba poblada de cosas que hacían fuerza por salir. Al tanteo encendí la luz, busqué en la mesa de luz lapicera y papel, escribí lo que sentía. No fue suficiente, seguí escribiendo. Al rato me di cuenta de que estaba naciendo un personaje, un jovencito que profería críticas contra una sociedad que consideraba perdida.

No es exageración decir que mi primera mesa para escribir literatura fue la almohada. Pero empecé a sentirme incómodo, por eso me senté frente al escritorio y seguí escribiendo. Más molesto todavía. La mesa no parecía la mejor solución, algo me quedaba lejos, necesitaba proximidad. Agarré un cuaderno grande que tenía en mi bolso, lo puse sobre el muslo y seguí escribiendo. Casi con los ojos cerrados. Una conexión de la mente creativa directamente con la mano que arroja tinta al papel.

Así, casi al impulso, salió otra cosa distinta a lo que estaba escribiendo sobre la almohada: el borrador de un diálogo entre dos personajes adolescentes. Muy impetuosas las palabras, sin filtro, se mezclaban el entusiasmo y la improvisación. Un desborde, un descontrol me brotaba, apenas se podía retener en el papel.

¿Quieren saber más de esos primeros personajes? Lo vemos el próximo martes.

Presentación de «Amigos orientales»

Presentación Amigos Orientales Amengual Zorrilla Salaverria
Finalmente llegó la noche soñada del lanzamiento de mi libro Amigos orientales.

El pasado martes 1 de agosto, la Sala Humboldt del Colegio Alemán de Montevideo estaba llena de gente que quiero mucho. Y en el escenario contaba con panelistas de lujo que engalanaron la cita.

De izquierda a derecha:

  • Juan Pablo Zorrilla, el ilustrador que llenó de vida y color la cubierta y el interior del libro.
  • Virginia Salaverría, psicóloga de profesión y compañera de clase desde chicos, comentó el libro como profesional y también como persona.
  • Quien estas líneas escribe fue el último en hablar. Ya te contaré de qué.
  • Claudia Amengual, una laureada novelista uruguaya, realizó un prolijo análisis técnico de la obra que nos maravilló a todos.

Tuve el enorme gusto de contar también con la estrecha compañía de mi familia. Una noche eufórica, plena de realización. Al final hubo un brindis y me dediqué a firmar los libros que me acercaban los lectores.

Es indescriptible lo que se siente al escribir más de treinta dedicatorias en una sola velada; se reafirma mi convicción de que a partir de ahora el libro ya no es mío, sino de los lectores. Aguardo con mucha expectativa los comentarios.

Me quedaba por decir de qué hablé en el escenario. Como el tiempo disponible me apremiaba, hice una síntesis muy apretada de los primeros meses de la fase creativa del libro, en la que desbordaban oraciones de mi pluma, más rápido de lo que podía elaborar. Verdadero material en crudo, como lana recién esquilada o troncos recién aserrados. Cuando parecía imposible sentir que a partir de todo eso se pudiera elaborar un libro coherente, digno de publicarse.

¿Querés saber más del proceso creativo? A partir de ahora, los martes me dedicaré a relatarlo. Con toda la espontaneidad que me sea posible, con todo el respeto que te merecés como lector.


Amigos orientales, por Fabio Descalzi. Baluarte, 2017, 184 páginas. ISBN 978-9974-91-583-1.

Si te interesa adquirirlo, en esta otra entrada están los detalles.

Once amigos. Aquellos primeros trazos.

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Un borrador, bosquejo, esbozo, como quieran llamarle. Cuando se te da por crear, siempre tenés cosas bosquejadas en los cajones, en la mesa, hasta en tu bolsillo.

Esta imagen es el borrador de una de las láminas para la serie ONCE relatos del juego de la vida. Un proyecto que me llena de ilusión.

Pero no podés vivir de ilusiones, tenés que hacerlas realidad. Por eso, cuando decidí publicar este proyecto (o su parte visible), resolví que era necesario tener un buen gancho visual. Con amigos que me asesoraron encontré un ilustrador excelente. Seguir leyendo «Once amigos. Aquellos primeros trazos.»

Celeste. Orientales en sus manos.

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Es increíble cómo los juegos de palabras ayudan.

En el título, los orientales (uruguayos) integran a un oriental (sirio).

En los contenidos, Celeste (argentina) les da una mano a los personajes con alma futbolera celeste (de la vecina orilla). Seguir leyendo «Celeste. Orientales en sus manos.»

Amigos orientales: el equipo (cont.)

Humberto+Nico

Porque el equipo de trabajo detrás de una obra es muy grande, te sigo trayendo sus integrantes a estas páginas. Días atrás me faltaban algunos, hoy aparecen dos más. Humberto (izq.) fue el encargado de subir el libro a Amazon en versión para Kindle. Nico (der.) domina las áreas de presupuestación y producción de impresos. Eso quiere decir que en esta foto aparecen los que tuvieron el libro en sus manos antes que vos (y que yo).

¡Gracias también a ellos y a todo el equipo de Mastergraf!

Me tiembla la mano. ¡El libro!

Karina+Fa+Mario

La maquetación a cargo de Karina (la chica a la izquierda en la foto) está impecable. Las páginas controladas, pruebas revisadas, los archivos aprobados. Que no falte ningún dato importante. Peor: que ningún dato sea erróneo (cosas del copyright, ¿viste?) para poder mandar el libro tranquilamente a imprimir. Las modernas máquinas de la imprenta de mi primo Mario (el de la derecha en la foto), operadas por eficientes obreros gráficos, hacen el resto del trabajo.

Y por fin llega el momento de tener Amigos orientales en versión impresa, como decís, «recién salido del horno». Una gran emoción me inunda. Entro a la oficina del departamento de arte, en donde trabaja Karina, y le exhibo lo que me acaban de entregar. Ya ni pienso, es todo alegría, tomo mi teléfono celular y empiezo a sacar fotos. La que subí a esta entrada es pasable, tengo otra mucho más borrosa en donde aparecen Nico y Humberto. A ellos les pido disculpas, juro que también quería que aparecieran acá, mismo lo tienen más que merecido. Si quieren verlos, en una próxima entrada están.

¿Sabés por qué me quedó borrosa la producción de fotos? Porque me tiembla la mano. Mis manos son mi vehículo expresivo por excelencia, comunican mi cerebro con el teclado, mi ser interior con lo que se muestra. Y en el momento en que se (de)muestra el sentimiento en el hacer (fotos), no me puedo controlar.

Me tiembla la mano. Así se expresa en gestos lo que siento al ver la criatura editorial recién nacida. Ahora es tiempo de que aprenda a caminar por el país y el mundo. A no quedarse en los estantes, a animarse a pasar de mano en mano.

¡Muchas gracias a todo el equipo de Mastergraf por hacerlo posible!

Celeste como el mar.

Mar Celeste publicidad
Decime la verdad, ¿no está buenísima esta imagen? Parece un cuadro constructivista en versión curvilínea. Con la redondez que lima las rasposas asperezas puntiagudas.

Es habitual que en toda publicación haya una editorial que se dedique a muchas tareas. Pero cuando el que publica es el propio autor, corrés el riesgo de equivocarte feo en un montón de detalles que te terminan afeando tu libro. Sí, el texto al que tanto trabajo le dedicaste. Vas muerto si no tenés quién te lo redondee.

Mar Celeste es el taller de corrección y edición de textos al que recurrí en esa instancia crucial de mi recorrido por el mundo literario. Celeste Moreno es la maravillosa persona que está detrás de ese cartel con el pececito. No solo realiza la corrección ortotipográfica, también se dedica con mucho amor al relato, a buscar la coherencia de los hilos narrativos, a comprender el desarrollo de la obra (y si está bien expresado). Con mucho tacto te va haciendo sugerencias para que tu obra quede mucho mejor. Ni te imaginás cómo con tan poco podés conseguir algo tan distinto. Que al fin quede por escrito esa palabra que tenías en la punta de la lengua (o de los dedos).

Muchas gracias, Celeste, por ayudarme a navegar en el mar de mis letras.


Página de Mar Celeste: https://www.facebook.com/guiadescritura/

Amigos orientales y colaboradores

FabioD+DiegoIpata_libroMe puse este libro al hombro para sacarlo adelante, pero miento si digo que lo hice solo.

Diego Ipata (Montevideo, 1995) es corrector de estilo profesional, con experiencia de trabajo para editoriales locales. Hace un tiempo participó en la primera fase de edición del libro. Me ayudó a adaptar la forma escrita de varias expresiones inventadas (cuando te gusta inventar palabras, después es un dolor de cabeza para los correctores). Quedé muy conforme con el resultado.

Quedó un libro montevideano, de estirpe oriental, con garra charrúa. ¿Frases hechas o realidades? Ya vas a tener ocasión de comprobarlo vos por tu propia cuenta.

Las pruebas en mis manos

Revisando pruebas

Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

De chico ayudé a papá a plantar más de un árbol frutal en el amplio jardín de casa.

Al cambiar el milenio Dios nos bendijo con la llegada de Natalia.

Hace algunos años se comenzó a gestar el manuscrito de un proyecto que sigue en marcha. Todo proyecto insume esfuerzo organizativo, recursos, colaboraciones. Ahora, acá está, en mis manos, una de las porciones más llamativas de la nueva criatura, mi libro Amigos orientales. Todo cuesta, todo lleva tiempo, todo merece su cuidado.

¡Me encanta ver y vivir cómo va naciendo el libro! Seguir leyendo «Las pruebas en mis manos»

¡Feliz día! ¡Qué alegría!

índice

Feliz día, mami. ¿Que por qué te escribo hoy? Qué pregunta. Porque nunca me pediste que te escribiera una composición. Menos, un poema. Pero igual, cada día, cuando me levantaba, me regalabas un poema de vida cotidiana, una composición de comida rica, un manual de consejos prácticos, una revista de moda (sí, sabías mucho de ropa y estilo), un libro de relatos. Cuando estabas con tiempo, me regalabas un anecdotario completo (inagotable) de tu larguísimo viaje por Europa. A veces, incluso, con fotos de ilustración. Entonces, la verdad, ¡dan ganas de escribirte! Si alguien pregunta por qué escribo, la respuesta es bastante evidente. Aprendí a escribir antes de saber empuñar un lápiz. Porque aprendí a ver la vida con tus ojos.

Siempre le quitaba los lentes de sol a mamá, así que ese día de 1970 accedió de buena gana a prestármelos para esta foto, que todavía guardo con cariño.

A mamá y a todas las mamis uruguayas, un muy feliz día. Seguir leyendo «¡Feliz día! ¡Qué alegría!»