Categoría: Propio

Cómo cambia la moral con la lengua (II)

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La semana pasada te preguntaste si es posible que tu brújula moral cambie según la lengua que estés usando.

Los psicólogos que se dedican a estudiar los juicios de valor se han interesado en este tema. Muchos estudios recientes se enfocaron en cómo la gente piensa en la ética en una lengua no nativa, como podría ser el caso, por ejemplo, en un grupo de delegados en las Naciones Unidas que estén utilizando una lingua franca para debatir una resolución. Los resultados sugieren que, al enfrentarse a dilemas morales, la gente responde de manera diferente al hacerlo en una lengua extranjera, si se compara con cómo responden al hacerlo en su lengua materna.

En un artículo científico de 2014 realizado bajo la conducción de Albert Costa, a los voluntarios del proyecto se les presentó un dilema moral conocido como el «dilema del tranvía»: imaginá que un tranvía fuera de control se dirige hacia cinco personas que están en sus vías, sin posibilidad de moverse; estás cerca de un botón que puede hacer cambiar la marcha del tranvía hacia otra vía, pero eso causaría la muerte de otra persona que está inmovilizada en esa vía. ¿Qué hacés? ¿Pulsás el botón?

¿Querés saber los resultados de la investigación? Te los presento la próxima semana.

Cómo cambia la moral con la lengua (I)

Moral typewriter

Es increíble cómo puede cambiar la moral en una lengua extranjera. Un artículo de Scientific American por Julie Sedivy que encontré en la web procura desentrañarlo. Asumiré el desafío de traducirlo, a cuenta de la dificultad que esto entraña.

¿Qué define lo que sos? ¿Tus hábitos, tus gustos estéticos, tus recuerdos? Si te aprietan, vas a decir que, si alguna parte de vos que está en tu núcleo, que sea imprescindible en lo que sos, entonces es tu núcleo moral, tu sentido profundo del bien y del mal.

Y sin embargo, como le sucede a otra gente que habla más de un idioma, a menudo tenés la sensación de que sos una persona un poco distinta en cada idioma: más resuelto en inglés, más relajado en francés, más sentimental en checo. ¿Es posible que, además de estas diferencias, tu brújula moral apunte a direcciones un poco distintas según la lengua que estés usando en ese momento?

Próxima semana: la psicología estudia este fenómeno.

Hormigueo

Ants swarming

Le tengo acá. Le tengo allá.
No me aguanto ni un minuto más.
Por penetrar todos mis poros casi está.
Me pica y me sarpulle sin cesar.

Quiero quedarme acá tranquilo,
no pienso salir con nadie a ninguna parte.
Pero es imposible pensar sin perder el hilo
cuando algo en torno a mí tanto me arde.

No me aguanto el hormigueo,
la inquietud, el cutáneo bamboleo.
Quién sabe cómo acabe este presente,
quién sabe adónde me lleve esa corriente.

De Charly García, Rap de las hormigas (1987). Un despliegue de rebeldía en mis primeros años universitarios.

Originalmente publicado en Letras & Poesía.

Ready to jump

Jumping_violet_sky

No te reprimas ahora, vamos.
A explotar esa veta visceral.
Porque no te quepan dudas:
te brotará tu energía ancestral.

Ya no busques más ataduras.
De ahora en más, vida exultante.
Ya no hay pretextos que valgan,
solo queda todo por delante.

Y si al andar hay un tropiezo,
nunca te eches para atrás.
Hay que caer hacia delante,
siempre mucho más encontrarás.


Originalmente publicado en Letras & Poesía en enero de este año.

Identidad y escritura (VI)

Boy making a funny face

En la entrega anterior se veían las diferencias entre el decir y el escribir. Entre la ley y la justicia. Entre el «yo» escrito y el hablado.

¿La voz de quién tiene permiso para hablar? Solo la tuya. En las novelas de Beckett, el lector está perdido y confuso, entreverado en un embrollo de palabras que parecen concebidas para ser inhóspitas y excluir, acompañando algo que dice su incuestionable «yo digo yo» mientras que prohíbe cualquier identificación… hasta que te das cuenta de que la extraña voz fastidiosa que a veces se menciona, la que le dice a la gente qué hacer, la que está constantemente intentando llegar a un final pero nunca es capaz de parar de hablar por sí misma, es la misma voz que ha estado en tu cabeza todo el tiempo mientras leés. Es chocante, pero hay un sentimiento de alegría al mismo tiempo. Lo que distingue a la escritura real de la declaración legal o de la lista de lavandería es su capacidad ocasional de provocar un tipo de alegría, incluso en evocaciones de tristeza, soledad, miseria, pérdida, represión y horror, el mero placer de algo enteramente ajeno e íntimo, de una voz que es de todos y de nadie y tuya, ahí con vos en tu soledad, de lengua en el infinito de su juego y sustituciones, un momento de la libertad que todavía está por llegar.


Ver aquí el original en inglés.

Gracias a todos por seguir esta serie de traducciones.

Identidad y escritura (V)

Written justice

En entregas anteriores se viene reivindicando el derecho a escribir sobre lo que no se conoce, sobre lo que uno no es.

En su obra La farmacia de Platón, Derrida anota que «el sujeto hablante es el padre de su habla […] El logos es un hijo, pues, y que se destruiría sin la presencia, sin la asistencia presente de su padre. De su padre que responde. Por él y de él. Sin su padre no es ya, justamente, más que una escritura». No hay habla sin su anclaje en la persona que habla y su presencia física, pero en la escritura («signo sin aliento») siempre sucede que el autor simplemente no está ahí, incluso si tuviera una cuenta de Twitter activa. La escritura persiste sin su creador; lo que se te presenta es el texto, algo enteramente diferente. Si hablo y digo «yo», entonces ya sabés quién dijo la palabra; pero por el contrario, el «yo» escrito siempre es indeterminado, un enredo de mentiras y fantasías e ironías y pretensiones, es una persona como vos a medio mundo de distancia, la persona que sos vos, una cosa inmortal y cambiante. Si hablás y alguien interpreta lo que dijiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió es un malentendido; pero si escribís y alguien interpreta lo que escribiste de una manera que no pretendías, lo que sucedió se llama literatura. La demanda de legitimar cualquier texto con la autoidentidad de su autor es la demanda de un texto que se comporte más bien como el habla. Y no cualquier habla. La escritura que responda a esa demanda es escritura «testimonial» o «confesional», y el lugar en el que tienen lugar los testimonios o confesiones es un tribunal. En la sala de un tribunal domina el logocentrismo; la preferencia la tiene una persona hablante, cuya verdad está garantizada por un juramento dicho, quien está presente para hablar y responder por sus propios dichos. Aquí el discurso no es de justicia, en el sentido estricto, sino de ley. Es la ley que, en primer término, exige saber quién es una persona antes de decidir qué hacer con ella. No se trata necesariamente de conceptos opuestos, pero no son lo mismo. La ley se puede deconstruir, la justicia no.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

Identidad y escritura (IV)

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Veíamos en la entrega anterior la cantidad de personas consideradas «minoritarias» que se supone que escriban sobre sí mismas, o sea, que parecerían no tener derecho a escribir sobre «otros».

Pues bien: si debe de haber una regla, entonces que sea que no escribamos solo lo que conocemos. Si no escribimos sobre una ignorancia aparte de nosotros mismos, al final todo lo que queda es un yo mudo, rechinante, desamparado. No existe ninguna escritura que sea solo legible para gente que ocupe una determinada posición-sujeto y que haya sido creada por esa misma gente; sí existen experiencias que son únicas e inconmensurables, incluso incomunicables. Pero si este fuera el caso, entonces no habría posibilidad de escribir sobre ellas, porque cualquiera con entendimiento ya las sabría de antemano.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

Identidad y escritura (III)

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En la entrega anterior se trataba sobre los escritores profesionales, sus oportunidades en el mercado editorial, sus diferencias con el público al que sirven. Existe, es cierto, una tendencia a borrar esas diferencias.

Pero en vez de esto, en aquellos discursos que buscan la justicia como finalidad existe una tendencia a la subdivisión demográfica y selectiva en el campo del entendimiento humano. Así, los escritores afro deberán escribir sobre celebridades, música y experiencias afro; las escritoras pueden y deben escribir sobre feminismo, estilos de vida, tendencias y experiencias femeninas; las trans deben escribir sobre sus propias experiencias; los hombres musulmanes sobre sus experiencias (y las mujeres musulmanas sobre las suyas propias); los discapacitados sobre sus experiencias. En una publicación abiertamente feminista interseccional, las mujeres tienen acceso a una «encuesta de identidad», un cuestionario horrendo en donde se les pide que detallen todas las experiencias terribles a las que hayan sobrevivido y, a continuación, se les indica que las escriban en forma de breves artículos compartibles e intercambiables por jornales de 90 dólares. Me violaron, viví una relación abusiva, me hice un aborto, sufrí; como una minería a cielo abierto de identidades vendibles, una especie de acumulación primitiva sobre el territorio del trauma. Mientras tanto, el sujeto universal, el único que no necesita sufrir para que lo escuchen, sigue siendo blanco y masculino. El derecho de las mujeres negras a escribir sobre Beyoncé es importante, sí; pero también se supone que sean capaces de escribir sobre ecología de los fondos oceánicos, sobre filosofía kantiana, sobre la escritura en sí misma y sobre lo que no se sabe. Mientras que hay tantas personas que lo hacen, la subrepresentación de escritoras de otras etnias, trans y otras personas marginadas que se dedican a escribir sobre oceanografía, idealismo alemán, deconstructivismo e ignorancia es mucho más pronunciada. Es abrumadora la cantidad de hombres blancos a los que se les brinda la oportunidad de ser «otros», de no tener que decir todo el tiempo «yo»; y esto es así, porque la validez de su identidad ya está asegurada desde el vamos, porque el mundo ya está escrito a su imagen. Y mientras que para toda persona es esencial la capacidad de poder declararse frente a un mundo que preferiría que no lo hiciera, el dogma de que escribir puede y debe ser solo una autodeclaración abandona a las personas marginadas en su condición. La crítica a esto es muy limitada: dentro de este discurso se hace evidente que son la presencia y la particularidad del «yo» que legitiman la escritura, que la hacen adecuada o inadecuada, que la convierten en presencia o en ausencia de otra cosa. Y esto no ayuda en nada.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

Identidad y escritura (II)

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En la entrega anterior se veía que escribir se siente como una violencia; escribir implica una carencia del mundo que rodea a las palabras.

Un ejemplo del discurso en cuestión: no escribas nada sobre Beyoncé si no sos una mujer afro. No vas a entender del tema, no de manera adecuada, va a ser un desperdicio. No es para vos. (Como si la cultura-objeto comoditizada fuese realmente para cualquiera). Lo realmente notable aquí es dónde se ubica la demanda. Lo que se necesita, y lo que generalmente se articula, es una crítica de la economía periodística y sus prácticas de contratación desiguales, el espinoso nexo de las prácticas sociales que crean una clase de escritores profesionales que, en general, se parecen a la clase social de la que proceden. Pero a menudo puede ocurrir una metafísica del texto: lo ilegítimo de la escritura no es la escritura en sí, sino una ausencia, la ausencia de todo lo demás que podría estar allí en su lugar. Cualquier persona que esté escribiendo implica que hay otra que no puede hacerlo; el pecado está en lo que se escribió, la culpa es del escritor en sí. Pero, mientras que muchos escritos son intolerablemente malos, la única nota a su favor es que la posibilidad de escribir es ilimitada. Es el complejo industrial de la escritura que está restringido, con cierta cantidad de personas que pueden vivir de esta raída actividad: aquí, como en otras partes, se trata de reproducir en la economía a gran escala la infinidad que ya existe en la economía del lenguaje, abolir la diferencia entre el escritor profesional y el público al que sirve, o bien negarla para asegurar que nadie más pase hambre.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

Identidad y escritura (I)

En sucesivas entregas iré vertiendo conceptos de un interesante artículo, escrito originalmente en inglés por Sam Kriss y publicado en su blog hace casi un año.

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Hay también otros, en número infinito, la generalidad innumerable de los otros, a los que debería ligarme la misma responsabilidad, una responsabilidad general y universal. Yo no puedo responder a la llamada, a la petición, a la obligación, ni siquiera al amor de otro, sin sacrificarle el otro otro, los otros otros… Como resultado, los conceptos de responsabilidad, de decisión o de deber son condenados a priori a la paradoja, al escándalo y la aporía.

Jacques Derrida, Dar la muerte. Barcelona, Paidós, 2000.
(traducción de Cristina Peretti y Paco Vidarte).

Escribir se siente como una violencia. Todos somos mortales, pero el texto puede sobrevivir por mucho tiempo más tras la muerte de su autor. ¿Quién sos vos, cosa carnosa y circunstancial que querés vivir para siempre? Escribir es como manchar papel limpio, como apretar palitos en arcilla lisa; de alguna manera, siempre es como deformar el mundo. Anotar algo es convertir la posibilidad ilimitada de lo que podría ser en la presencia muerta de lo que ya fue. Una línea de Molloy de Beckett a la que siempre vale la pena volver, porque dice lo que no es: «sería preferible, es decir, por lo menos igual de bueno, borrar los textos que emborronar los márgenes, cubrirlos hasta que todo sea blanco y liso y la estupidez revele su verdadero rostro, sin sentido, sin salida».  Escribir oscurece la estupidez de lo que es, que no tiene palabras; teje un liviano velo de presencia alrededor de la eterna nada. Escribir es una carencia, pero una carencia que no es de palabras, sino del mundo que las rodea.


Ver el original aquí.

Continúa el próximo martes.

Novecientas manos

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Comienzo mi montevideana mañana con una linda noticia. Este blog cuenta ahora con novecientos seguidores.

Cada vez que se suma una nueva centena, le agradezco a la persona que tuvo la surte de hacer clic justo en ese momento (y les pido por favor a los demás que no se ofendan, porque es evidente que el momento de llegada es aleatorio). Esta vez le tocó en suerte a Javier Ruiz, bloguero animalista y amante de las humanidades.

Gracias, muchísimas gracias a todos por seguir sumando en este espacio. Ahora que la red social de abreviatura FB se está mercantilizando tanto (y apesta), es cada vez más un auténtico placer frecuentar las páginas de mis colegas de WP. Y una emoción que frecuenten las mías.

Reseña de Amigos Orientales por Luna Paniagua

TAPA AMIGOS ORIENTALES
Qué hermoso regalo para la Navidad. Ayer se me apareció en redes sociales una amiga bloguera, Luna Paniagua, para decirme que había leído mi libro, hacerme un par de preguntas (claro indicio de que le interesaba mucho comprender a fondo el texto) y contarme que hoy salía publicada en su blog una reseña.

Muy agradecido y contento, esta entrada es un broche de oro para un año que me trajo algo magnífico. Porque el esfuerzo que significó escribir Amigos orientales, estudiarme el mercado editorial, conseguir ilustrador, mandarlo imprimir, presentarlo, distribuirlo… me ha significado una cosecha riquísima de lectores y amigos que me han venido acompañando de las más diversas formas.


Esta novela nos da a conocer a un grupo de amigos residente en un barrio de Montevideo, Uruguay. Son once adolescentes muy próximos a la mayoría de edad y de distintos orígenes. Todos ellos son integrantes de un mismo equipo de fútbol.

Escrito en español rioplatense y lenguaje coloquial. Oriental, en este caso, es sinónimo de uruguayo y de ahí su título: Amigos orientales.

Está dividido en cuatro partes, centradas en cuatro de los jóvenes: Amir, Moro, Fredo y Gonza. A través de ellos y de su relación con el resto del grupo el autor aborda temas propios de la adolescencia como la amistad, la incertidumbre hacia el futuro, la relación con los padres y, muy en particular, la revolución hormonal y el despertar de la sexualidad. Seguir leyendo «Reseña de Amigos Orientales por Luna Paniagua»

Celebración

Misa alegre

Los padres de Gonza cumplían veinte años de casados. El mismo día, Inés cumplía los cuarenta. Quería festejar con toda su gente querida. Organizó un almuerzo para el primer sábado de marzo. Además, aunque no era muy practicante, se sintió muy a gusto con la idea de celebrar una misa, tenía ganas de festejar de varias maneras. Muy agradecida con Dios y con la vida. Imposible olvidarse que, tan solo cuatro años atrás, con su operación, había estado cerca de no poder contar el cuento.

Tras la bendición inicial, el cura párroco, de atildados modales franceses, agradeció la presencia de tantos visitantes, especialmente los jóvenes, en esa misa en la que se celebraban veinte años de casados de un feliz matrimonio. También pidió que, por favor, apagasen los celulares y se dedicasen a vivir ese rato que, lo sabía, iba a ser diferente para muchos.

Llegado el momento de la homilía, el párroco improvisó unas palabras para la ocasión. Tras la conversación previa con Inés, era consciente de que, además de los locatarios y otros feligreses católicos, había varios visitantes de otros credos, amigos de la familia. Evangélicos, valdenses, armenios, algún musulmán y por lo menos tres judíos, uno de ellos viejo amigo de la casa, el florista. El clérigo, de brillante cultura general, puso como ejemplo a esa pareja, integrada por una católica y un evangélico luterano que, si bien no se había convertido, había aceptado celebrar su boda en ese templo por puro amor a su compañera de vida. Un ejemplo para la historia; venían a cuento las memorias de siglos atrás cuando la ancestral Europa se destrozaba en guerras de religión, justamente entre católicos y luteranos. Profundizó en la necesidad de entendimiento y respeto entre las distintas culturas y religiones, más en el mundo de este tumultuoso siglo veintiuno.

Amir, con la ayuda de sus amigos, entendió perfecto la alusión a la necesidad de diálogo interreligioso. No era la primera vez que escuchaba eso en suelo uruguayo, se acordaba de la charla dictada por un rabino; había dicho lo mismo casi palabra por palabra. Por su cabeza pasaron las escenas terribles de lo que sufría su patria; ansiando un cambio profundo, le salió bien desde adentro un Insha’Allah!.

Una flecha

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Moro estaba sentado en el cordón de la vereda. Muy pensativo, seguía dándole vueltas a las confusas palabras de Amir. Significaba algo: tener pareja. Andar con alguien. O algo así. ¿Se le daría…?

Pasó Tris y lo saludó. Como Moro no le devolvió el saludo, Tris lo rezongó y le preguntó qué le estaba pasando.

—Ya sabés. Me pasaron cosas feas, por eso estoy mal. Siempre a mí.

—Moro, cortala con eso —Tris le hablaba muy duro, sin vueltas.

—No es broma. En el cuadro nos dicen “los amargos” a vos y a mí. Lo peor de todo es que es verdad.

—Vos no me estás escuchando. Atendeme, a ver si me seguís.

Tris se sentó al lado.

—De las cosas que te pasaron, no voy a opinar. Pero son cosas que “te pasan”, a todos nos pasan cosas. El asunto es cómo te las tomás. Y hay que tratar de estar bien uno, por uno mismo, para uno mismo. Si no, no te levantás más.

—¿Y qué querés que haga? ¿Cómo dejo de ser agrio?

—Perro, escuchame bien. A ver cuándo te sacás el balde y te mirás en el espejo.

—¿Qué tiene que ver eso?

—¿Qué tiene que ver? Yo te voy a contar qué tiene que ver. Tiene mucho que ver. Necesitás una mina que te levante el ánimo. Yo también estoy necesitando eso. Y vos tenés más cartas que yo abajo de la manga.

—Pará, me estás cargando. Yo, ¿más cartas que quién? Si no tengo nada… —la palabra “carta” lo ponía muy nervioso. Eso no se lo quiso contar a Tris.

—Tratá de mirarme fijo sin asustarte. Yo me miro al espejo, ya me acostumbré, pero a veces me daba miedo lo feo y deforme que soy, parezco un sapo trasnochado. Pelado me estoy quedando desde los quince, por eso me dicen Kojak. Si además le agregás que soy un antipático, con ácido en el estómago, que vivo encerrado en el sótano y que me caliento cuando me distraen de lo que estoy escribiendo o leyendo, entonces sí que tengo caso para ser “el amargo”. Pero vos, si te mirás, nada que ver. Usá el espejo, pedazo de un zapallo. Y si no, te presto uno. Sos lindo pibe, alto, flaco. Tenés esos ojos de chino que, si en vez de andar con la cabeza agachada, las mirases bien a los ojos, las matarías. Atendete lo que dice Fredo…

—Uh, no me banca.

—Es un nariz para arriba, ya sé. Pero siempre se fija en todo, piensa en todo. Aunque no lo creas, también piensa en vos. Nunca da puntada sin hilo, y tengo que reconocerle que cuando el flaco ese habla, es porque sabe. Dice que ese matorral de pelo que tenés, si te lo podaras y emprolijaras un poco, serías un langa; de la onda que quieras, pero langa al fin.

Moro se refregó las manos por el pelo. Como pensando hacerse algo.

—Además, vos que vas a la Rambla, haceme el favor de sacarte la remera y mostrar. Que te miren el físico. Esas remeras llenas de consignas políticas que ya nadie lee. Porque te aseguro, la gente de ahora ni lee.

—Pará, esta remera me la dio Tóbal el otro día, dice que me va a hablar…

—…esas remeras que no te sirven para nada, si las tiraras…

Tris ni escuchó el comentario del regalo de Tóbal y siguió con su propia línea de argumentos, mirándolo fijo a Moro.

—Si te sacás la remera y mostrás los ravioles que tenés, seguro que alguna te da bola.

—Bah, no me cargues, ravioles, si estoy más flaco… Hasta pasé hambre.

—Ravioles es como le dicen a la tabla de lavar, la barriga trabajada, con los músculos marcados. Te juro que los del trío de fierro te la envidian, la tenés así sin hacer nada. No como ellos, que se matan. A las mujeres les encanta, se enloquecen al ver eso. Pero claro, vos, te envolvés en trapos… Ahora entra el verano, el tiempo lindo, podrías hacerte ver sin problema.

—Pará, bestia, vos querés que se me tiren encima…

—Yo no digo que se te tiren encima, pero al menos, llamar un poco la atención. Te hace falta una novia a vos. ¿Entendés eso? Una novia, una mina que te banque, que te de vida.

—¿Y yo qué vida le voy a dar a ella?

—Mirá, no sigas. Los que saben, saben. Los que buscamos, por algo queremos. Yo me muero de ganas. Y fijate además que hasta Jagu, tan tranquilo siempre, me llegó a decir “cómo le hace falta una novia a Moro”. Y si no, miralo a Andy, lo bien que está con aquella.

(…)

Moro dio un paseo por el barrio. Picó tabaco y armó una chala. La luz del cigarrito le alumbró los pensamientos. Muchos amigos lo apoyan, lo aconsejan, dicen mucha cosa rara… Pero él va a ser él. Tiene casi diecisiete y va para adelante. Va a vivir, y mucho. Basta de lamentos. ¡A vivir, carajo!

Así que, a buscar una mina. Ya mismo. Sin intermediarios. Si no puede ser Susi, va a ser otra. Dicen que sobran…

Anduvo vichando a las chicas que pasaban. A alguna se animó a decirle algo. Trató de inspirarse copiando a alguno de sus amigos más atrevidos. Pero claro, si hay varios que se atreven. Se acordó de aquella tarde que recorrieron todo el barrio con Malik. A ser más deslenguado, a no importarle decir cosas.

Cuando estaba sentado en el banco de una plaza, Moro se animó a gritarle “¡Adiós, Daniela!” a una que pasaba, que se dio vuelta para hacerle una carita.

No supo que justo Susi pasaba por detrás. ¡Se puso celosa!


Extraído de Amigos orientales, disponible en Amazon y librerías.

La nena muestra al novio

elegant couple

Con diecisiete, Inés iba dejando atrás la adolescente para hacerse mujercita. Además, ella no quería ser la novia en secreto, no, señor. Quería mostrar a su novio. Ir con él a cualquier lado. Presentarlo a su familia, allá en el pueblo. ¿Cómo hacían? La nena menor de edad, ennoviada con alguien de… ¿cuánto?

—A ver, vos no tenés cara de tan grande, ni siquiera una arruguita, tenés rasgos de chiquilín y todo, pasás por menos. Veintitrés está bien. Mis padres se llevan ocho años. No van a decir nada.

Gofi quedó rojo de vergüenza ajena, ¡mentirles la edad del novio a sus propios padres!

—Por favor, no hagas eso, te lo pido, antes prefiero que me echen.

—No, a vos nadie te va a echar, dejámelo a mí. Capaz que ni tengo que decir nada. Tranquilo. Manso.

Dos intensos meses después de aquel primer beso, a Inés se le ocurrió la ocasión inmejorable para presentar a Godofredo en su casa. Y la hizo completa. No fue un aburrido domingo en familia, no. Había que evitar los interrogatorios, mostrar todo como algo consumado, sin vuelta atrás. Fue apenas unas horas antes de que todos fuesen al casamiento de su tía Evelyn. Todas las mujeres de la familia preocupadísimas con el maquillaje, el peinado, la ropa, los zapatos, todo. La casa era un lío, llena de parientes que habían venido por el día. Los dos baños llenos de toallas, petacas de maquillaje y lápices labiales. ¡Justo hoy se le ocurre a la nena traer al novio! Ella siempre termina haciendo lo que quiere, esta chiquilina y sus ideas. Pobre muchacho, no tiene la culpa. ¡Y miren qué cara de enamorado que tiene! Los ojitos lo regalan. Nunca debe de haber tenido novia, pobre. Inés lo lleva de la correa.

Gofi lucía jovencísimo y elegante en su traje azul nuevo. Inés se vistió y maquilló para parecer de mucho más de veinte. Todos los parientes, amigos y allegados quedaron impactados con la nena y el novio, fueron la atracción de la fiesta, parecía que eran ellos los que se casaban.


Extracto de Amigos orientales, disponible en Amazon y librerías.