Mauro se instaló en la puerta y la esperó a que llegara. Ahora, solo ella le importaba.
No le interesaba haber sido el goleador campeón de la cancha. Ahora buscaba otra cosa.
Ya no soportaba más así, sin poner en práctica de una vez lo que él sentía como su hombría. Era apenas un cachorro de dieciséis, pero ya nadie lo iba a frenar. Seguir leyendo «Primeros tantos»→
Amanece por la celosía.
Tahir entreabre los ojos, todavía rojizos.
Se los frota con fruición.
Sabe que dentro de un rato le traen a Tomás.
Precisa ese rato para volver en sí. De la resaca de sexo soez. Del grosero galope goloso.
Pero ese rato no es otra cosa que… la mañana después.
Impío vacío.
Se arrastra hasta la heladera.
Un cubo de hielo en la frente.
El agua helada chorreando en los ojos.
Listo. Me visto. Me alisto.
Justo a tiempo que toca a la puerta.
Abre.
—¡Papá! —se le abraza a la rodilla Tomás.
—Mañana a mediodía en la casa de mamá —dispone la voz de ella, sin mirar.
La puerta se cierra. La casa se llena.
Hasta mañana se sabe quién es el dueño de casa.
Llena, por fin.
La voz de Tomás le ocupa los pensamientos.
Mientras un cruel eco le retumba en el vacío del corazón.
Impío vacío.
El que queda tras la imperdonable traición al único amor que supo tener.
Pensar que fue hace tan poco…
¿Cuánto duró? Mejor ni pensarlo.
Tomás se arrodilla a jugar.
Tahir se arrodilla al lado.
No se puede decir, o el machismo que lo domina se va a enterar: Tahir juega a rezar.
Tahir quiere rezar en serio. No es juego. Pero no le sale.
Sabe que tiene que aprender a pedir perdón. No es juego. Pero no le nace.
Sufre.
Lo quisiera decir. Pero él es macho….
¿Aguanta?
Les Pleurs por el maestro violagambista francés Monsieur de Sainte-Colombe (siglo XVII). Esta melodía forma parte de la banda sonora de la película Tous les matins du monde (1991, dirección de Alain Corneau). El personaje de mi texto… ¿qué querés que te diga? «Tropezó de nuevo y con la misma piedra».
Ya publicado en Letras&Poesía el mes pasado.
Estoy huyendo y no puedo. Estoy desesperado y no sé de qué. El aire me falta, la garganta se me ahoga. Siento que me fallan las fuerzas.
… eppur si muove
Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Mis afectos se fueron casi todos. Solo me queda la esperanza de no fallarles a los que me quedan. Me faltan las fuerzas, me falla el pulso.
… eppur si muove
La seda sigue siendo sedosa. El color púrpura, como la sangre que me fluye. La tersura de su piel, como un terciopelo delicado. La fragancia natural, siempre atrayente. Como el encanto de su don de gentes. Me rechaza… me desespera…
… eppur si muove
2.9.1.0
Segundo movimiento (Andante) del Concierto de Brandenburgo nº 4 en si mayor, BWV 1049, por el insigne compositor barroco alemán Johann Sebastian Bach (1712). Si el mensaje llegara…
Un ave negra sobrevuela la plaza, como un ominoso presentimiento. Las nubes oscuras velan un interrogatorio inquisidor.
Allá abajo está el macho del barrio. Tirado en un rincón de la plaza, borracho de vino. Lo bastante como para no tenerse en pie, aunque no demasiado. Está justo a punto para taladrarle la cabeza a preguntas insidiosas, para tirarle de la lengua y, si tiene que sufrir para responder, que sufra. Para algo es macho y aguanta. Como él se jacta, el más macho de todo el barrio.
¿Qué tan feliz se siente serlo? ¿Existe esa palabra: feliz? ¿Se usa?
¿A qué precio?
¿A cuántas hembras usaste y lastimaste? ¿Lo pensaste? ¿Te cuidaste?
—Pero, Celina, te lo até como me pediste, bien alto a la cintura, con…
—No seas boba, vos sabés que te estoy hablando del otro nudo.
—No es nada, apenas…
—Dejate de inventos, ¿querés? Te hablo del nudo que me quedó en el pelo, abajo del tocado. ¡Justo hoy se me viene a anudar ahí el pelo! ¡Y con lo cara que me costó la peluquería! ¡Como si no hubiéramos hecho la prueba antes!
—Tranquila, Celina. Todo va a salir bien. Vos sabés que yo hago magia para maquillar errores ajenos.
Entrando en la plaza de comidas del centro comercial, Ismael lleva tomada de la mano a Alicia. Camina rápido, encuentra uno de los últimos lugares libres; ¡qué suerte a esta hora! Tiene la cabeza llena con otros asuntos que no se arreglan tan fácil.
—Isma, qué lindo que te queda ese equipo deportivo negro con las tres rayas blancas. ¡Parecés tan grande…!
—Dale, Ali, sentate ahí. Ya mismo.
Ismael agacha un poco la cabeza, que queda detrás de las hojas verdes artificiales. Alicia se acaricia los rulos, tranquila.
—Isma, ¿por qué nos sentamos así, como escondidos entre las plantas?
Lo de lindo es pretencioso, porque de eso, no tengo nada. Lo de loco es un poco más coherente, porque la gente me escucha decir cualquiera. Pero cualquiera se puede dar cuenta de que estoy, digamos, extrovertiendo algo de lo mucho que tengo para dar. A veces, hasta parece poesía. Otras, música.
Ayer terminábamos de hacer las compras en el súper. Una linda salida familiar de las de siempre, sin sobresaltos, la cajera muy atenta, los pibes muy diligentes, había poca gente. Nada que exaltase, nada que desbordase. Pero mi cabeza sí que desbordaba. Se cocinaba a fuego rápido todo lo que había en el fondo. En la superficie, estaba repasando el plato que iba a cocinar al wok, como debe ser, a fuego lento.
Mi hija, de chiquita, adoraba una melodía, «El meneaííííto». Haciendo eco de eso, mi respuesta a su reclamo de ayuda para estudiar fue «esperá un poco, que estoy haciendo el salteaííííto». Ella se rio de mi ocurrencia. El salteado de verduras al wok lleva tiempo y no hay que distraerse, de lo contrario, se quema. Pero un poco de humor, música y poesía siempre condimenta una rutina familiar tan intensa como alocada por lo interminable.
Inacabable es lo que se me da por escribir. Y aquí viene el parteaguas. La bajada a tierra súbita, el cambio de tema que rompe los esquemas.
Ya hacen unos años de ese primer rapto inspirador para escribir una novela sobre adolescentes. El inicio de una carrera literaria. Esto, dicho sin ninguna petulancia; la importancia de esta afirmación no va tanto por lo de carrera profesional, sino más bien, por lo de escribir a la carrera. Me sale todo rápido, escribo todo de corrido, sin pensar, sin editar, así es mejor, sale desde bien adentro lo mejor (y lo peor). Lo que quiero sacar. Lo que necesito sacar. Después, si publico o no, es mi problema. Pero eso es un cuento aparte.
La mejor (o la peor) parte es: estoy entrando a separar al escritor que produce, del personaje real. Lo de escritor que produce, está claro, ¿no? Escribir cosas para que alguien lea, no importa si por obligación o por devoción, pero que lea. A veces, solo para leerlas yo, porque lo que contiene ese texto es un verdadero papelón. Otras, para que lo lea cualquiera, porque total, son de palo los de afuera. Pero no los de adentro. Los que sí leen. Los que sí escuchan. Los que sí observan. Y critican. Y demandan. Y cuestionan. Y condenan. Y…
Solo este personaje real sabrá cómo se escribe esta historia.
Porque la memoria no juega chicanas. Siempre quiere gloria.
Y si la memoria quiere gloria, más vale que evite la tragedia.
Al remendar una media me pincho un dedo,
mientras pienso en escribir lo que puedo.
Se me acaban las palabras.
¿Por qué escribir al personaje real,
si es, humildemente, real?
Me canso.
Se me corta la racha.
Ya está.
Basta.
Ta.
Les petits moulins à vent (Los pequeños molinos de viento), exquisita melodía barroca compuesta por el francés François Couperin en 1722, describe a la perfección cómo se movían mis dedos en medio de ese torrente…
No me animo a mirarla. Ni menos, a nombrarla. Pero allí está, la mano de ella extendida hacia el costado.
¡Dios mío, qué momento! Estamos ella y yo acá, sentados en el mismo asiento del tren, y no me animo. ¡Pensar… la de veces que pasé a propósito frente a la puerta de su casa! Como tratando de encontrar el momento justo para verla salir y hablarle… ¿De qué, si ella ni siquiera me conoce?
O eso creía yo hasta hoy. Porque ahora estamos acá, ella y yo. Fue un poco por casualidad, claro. Pero enfrente se sentó esa afortunada desconocida. Esa buena señora, tan charladora, que llenó el tiempo de este largo viaje por más de tres horas. Como si intuyera una historia entre ella y yo, fue tejiendo frases al vuelo. Esa buena señora nos fue haciendo completar un fichero en el aire. Dónde vivimos (en el mismo barrio). Qué hacemos (estudiamos en facultades no muy lejos una de otra). Cómo se integran nuestras familias (nada raro ni sorprendente). Hasta qué películas nos gustan (solo le faltó ir y comprarnos entradas para el cine). Por no mencionar algunos gestos tan pícaros como sugerentes que hizo con sus ojitos. Como un hada madrina, casi se apuró a tendernos con una varita mágica una mesa en la que (espero) alguna noche cenaremos ella y yo. ¡Si hasta nos reímos mirándonos, como imaginando la efervescencia de las copas al chocarlas!
Ahora, la buena señora se bajó en ese pueblito. Nos queda más de una hora para llegar a la estación terminal. No sé cómo hacer para seguir con esto. Para rellenar este tiempo. Mi tímida mano quiere extenderse para el costado también… Ella no me rechaza…
¿Le hablo del próximo estreno…?
¿Viste esa escena del trailer? Qué fenomenal, ¿eh?
¿Te gustó el beso del final?
Un roman d’amitié (Friend You Give Me a Reason), canción bilingüe interpretada por el hawaiano-portugués Glenn Medeiros y la francesita Elsa (1988). Para los que creen que ya no existen los adolescentes inocentes de corazón. Para los que creen que la inocencia es sinónimo de estupidez. Para los que no creen…
Releía recién lo que escribí hace ocho años, cuando perdíamos en la semifinal. Lloraba de orgullo. Pero lo que viví ayer con la final fue para quedarme mudo. Otra cosa no se puede decir. Porque lo que sentí…
Pasó mucha agua bajo los puentes desde aquellas líneas. Hice mis estudios y los terminé. Mientras tanto, también empecé a competir en natación. Y me conseguí trabajo en un diario. Y empecé a ahorrarme lo mío.
Hasta tuve un golpe de suerte impresionante. Fui a hacer un mandado al supermercado enorme que queda a cinco cuadras de casa, con lo que compré pude entrar en un sorteo que hacían… y gané dos pasajes para ir al mundial. Increíble. Invité a un amigo a ir conmigo. Por mi silla de ruedas no iba a ser problema, en todos lados me abren paso.
La hiedra cubre la pared de más de diez metros de alto; los bichitos se arrastran por entre las hojas amarronadas, algunos ciempiés se confunden con los tallos llenos de raicitas. También las arañitas se animan a anidar entre el follaje, seguro que ahí siempre llegan otros bichos para alimentarles la cría. Hasta un camino de hormigas se abre paso, como en busca de un tesoro perdido. En realidad, como nos dijeron en el vivero, son cuatro especies de planta trepadora: la hedera verde y blanca, la hiedra alemana de adusto verde petróleo, la ampelopsis de noble color rojizo, y la ficus con sus hojitas redondas; entre las cuatro forman una masa tupida y multicolor, llena de vida; todo un mundo en una pared alta.
Pero Lucas no está para disfrutar con eso hoy; mañana tiene que hablar con el jefe, y ¡cómo lo pone de mal humor bancarse a ese tipo! Ahí no importan la instrucción, ni la decencia, ni el mérito, es todo cuestión de agarrarlo justo, distraído, y de ver quién puede más. Es más fácil que uno de esos ciempiés llegue arriba de todo y salte al vacío, que convencer a ese jefe de que uno hace las cosas como se debe. Pero no queda otra; ese ente autónomo, con tantos empleados públicos que lustran la silla, parece tan inmutable como otro muro de hiedra que también cubre su edificio. Pero más que una urdimbre de hiedras, más bien parece una gran red de telarañas. Telarañas de insidia, telarañas de desidia, telarañas de intrigas, telarañas de haraganería, telarañas de chismes, telarañas inútiles. Tanta urdimbre de telarañas le molesta a cualquier tipo sensato, pero es lo que hay. Hay que conformarse con ese ecosistema, porque si no te gusta, vas a la calle, y la calle está dura en estos tiempos, no hay trabajo por ningún lado, te tenés que ir. La hiedra tiene raíces adventicias para agarrarse firme a la pared; pero en estas telarañas, más que adventicios, hay advenedizos que se cuelgan por todos lados. En cualquier momento, a los muchachos se les ocurre sacar a los bichos que sobran en la telaraña, y chau inamovilidad.
Estaba empezando a pensarse un argumento para tratar de entrarle al jefe por algún lado que sirviera, cuando Pochita lo llamó a gritos. Le cortó la inspiración, igual que siempre. Y no era para menos: había dejado la canilla abierta, la manguera a medio enchufar se había zafado, y todo el patio estaba encharcado de agua.
—Pero… si serás distraído, Luqui… Vos sabés que a las espadas de san Jorge que tanto me costó plantar, les hace mal el agua. Vos siempre pensando en pavadas, y encima otra vez te olvidaste de ir a comprarme la leche para los chiquilines. Y mañana, ¿qué desayunan?
Allá va Lucas a tratar de conseguir leche; por suerte es amigo del almacenero. Le golpea, le llora la milonga, le compra una botella de a litro. Pero antes de volver, arranca para Veintiuno. Llega al quiosco, pide Nevada con filtro, saca los últimos veinte nuevos pesos que tiene en el bolsillo, paga, y se vuelve pitando. El humo lo ayuda a aclarar las ideas; pero el viento que sopla por Luis de la Torre le llena la cara de pelusa, y eso es muy fastidioso. Deja la botella de leche en un murito, se restriega los ojos y, al mirar para abajo, no puede creer lo que ve: tirado allá entre las malvas, medio tapado por la pelusa de los plátanos, un portafolio. No es cualquier portafolio, no; es de cuero de yacaré, de los buenos que ya no se consiguen. Tira el cigarro y se acerca al portafolio; lo mira, se muere de ganas de agarrarlo y abrirlo. Un follaje de ideas le bulle en la cabeza.
Mis dedos no se tuercen.
Mi boca ya no tiembla.
Mis ojos no se cierran.
Mis piernas nada pueden.
Busca que te busca esa ayuda,
piensa que te piensa esa idea.
Algo que me saque, lo que sea,
aunque sea un resabio de duda.
Quiero retozar en mi cuna
y así comenzar a vivir.
Ansío gozar mi ventura,
sea cual sea el sentir.
Richard Clayderman toca Balada para Adelina de Paul de Senneville y Olivier Toussaint (1976). Esta melodía parece dibujar los rasgos de una criatura recién nacida, frágil e indefensa en su cuna, que quiere aventurarse en el mundo que tiene por descubrir. Pasan las décadas y esta música se escucha con la misma sencillez de siempre.
Originalmente publicado en Letras & Poesía el pasado mes de abril.