Cuando vamos caminando plácidos por una calle concurrida pero amena, de repente sentimos algo pastoso que nos toca. «¡Aaaagh, me cayó!» es lo que nos nace decir cuando una paloma nos derramó sus excreciones encima. Bueno, no exactamente eso, creo que cometí un error de imprenta con la palabra de cuatro letras. O tal vez hayamos utilizado otra poderosa palabra de potentes propiedades provocativas, también de cuatro letras.
Parecería que esa economía de palabras también aparece en la lengua inglesa, si bien con otras características sonoras. Verán a menudo, en ciertos textos impresos, la expresión fuck (que también se suele sustituir por f * * k para saltear filtros informáticos de palabras). Sí, es un vulgarismo. Tan vulgar como la palabra castellana p * * a (aaah, ¿vieron cómo también la conocen? Y también la usan, no mientan…). Seguir leyendo «Palabrotas y palomas»→
–Mi rincón. Monoambiente en buhardilla. Y con vista sobre edificios antiguos. Tiene onda, ¿eh?
–Bien para vos. No sé por qué, siempre te imaginé en un lugar así.
–Sentate, te voy a servir algo para brindar. Mirá.
Le acerco la botella.
–Lambrusco. Siempre quise probarlo.
–Tinto y dulzón. Buenísimo.
Descorcho la botella. Sirvo dos copas, chocamos y probamos. Yo apenas mojo los labios, disfruto del sabor a bayas. Mi primo la olfatea, pone cara de deleite, degusta un poco. Supo ser un buen catador de vinos. Aunque últimamente, no tanto como antes. Después de paladear y saborearse el acabado, vuelve a acercar la copa a los labios. Para mi sorpresa, en un envión se la baja toda. Me pide más. Seguir leyendo «Tinto y tristón»→
Las funcionalidades de esta plataforma permiten elegir, a título oneroso, un dominio propio, mientras esté disponible. Tras averiguar que se podía seleccionar uno de mi agrado, y bastante obvio si vamos al caso, lo hice. Ya está, ahora me pueden buscar por blogdefabio.com que es más identificable que el confuso fadesga punto wordpress punto com de hasta hace poco (si bien este sigue vigente como redirección). Seguir leyendo «Blog de fulano, bitácora de tocayo»→
Quienes vivan inmersos en la modernidad tecnológica, tal vez se sorprendan de saber que todavía hay apagones, cortes de luz, interrupciones del suministro de energía eléctrica, o como les quieran llamar. Pero sí, existen. Hoy de mañana fue sorpresivo. A veces, son parte de un programa de mejora de infraestructura. En el pasado, hasta eran programados.
Estoy hablando de fines de los años 70, épocas de encarecimiento del petróleo, carencias de infraestructura energética, y otras yerbas que no vienen a cuento. Lo que sí les cuento es que en mi barrio tocaban apagones los domingos. Las familias preparaban sus faroles a mantilla, sus velas, sus braseros, sus estufas a leña. Todo lo que diera luz por combustión servía. Y por consecuencia tenía que toda la familia se reunía, como adorando el fogón. Porque ya fuera carbón o vela, no había novela en la televisión. Les confieso: me encantaba jugar con el sebo de las velas.
Hoy nos volveríamos locos. Pero en ese entonces, nos organizábamos un poco. Nada de entretenimientos electrónicos de ninguna especie. Apenas alguno que se animaba a leer o escribir a la luz del farol, si era suficiente. Pero la mente no descansaba. Muchos cuentos se contaban, muchas anécdotas llenaban las bocas. Las personas serían pocas, pero la curiosidad era grande. Porque siempre se aparecía algún nuevo-viejo cuento, algún olvidado pariente, algún recordable amigo en la narración.
Quienes nacimos y vivimos en un país surgido bajo la bandera del republicanismo, vemos a la realeza como algo lejano. Raro, remoto, rebuscado, un poco altivo, acaso distinguido del resto. Así las cosas, cuando vemos pasar a un legítimo miembro de una casa real, abrigamos una extraña mezcla de admiración y curiosidad. Así fue como me sentí, allá por 1983, cuando el penúltimo titular de la corona de los Borbones visitó Montevideo. Al igual que tantos vecinos de Punta Carretas, caminamos hacia Bulevar Artigas, importante arteria que homenajea al máximo prócer oriental (el mismo que casi dos siglos antes luchara contra el ejército de otro Borbón) para ver pasar, saludar y vivar a Juan Carlos. Horas después, muchos otros conciudadanos uruguayos aplaudirían a rabiar cuando el muy mentado monarca se daba el gusto de refregarle en la cara a un dictador militar las virtudes civiles y morales de los sistemas democráticos. Y también, de aludir elogiosamente a un rey de las letras, un uruguayo exiliado en España, su más insigne tocayo: Onetti.
Mucho solemos hablar de nuestra ciudad tranquila, de un pueblo grande en donde no pasa nada. Pero en medio de la rutina, hay personajes anónimos que corretean de un lado para el otro, viviendo aventuras y desdichas sin solución de continuidad. Alguno, ni sabe bien quién es, pero igual busca, bebe y baila. Y cómo. Seguir leyendo «Navegante del asfalto»→
A veces, (ning)una palabra cambia el sentido.
Por (no) decir algo disparatado, (nada) he sufrido.
Más de uno (dirá que este) está en crisis, no sabe lo que dice.
Termino de escribir mis líneas, y (ya ni siquiera) sé lo que hice.
Abramos la cabeza (con) un poco más (de paciencia).
Sabemos muy bien que (casi nada) tiene su ciencia.
Un jardín (de letras) estamos aquí cultivando.
Con mucho cariño, la florida (verba) plantando.
Hay muchas personas que dan dicha. También, algunos números. Y no es fácil expresarlo.
Es muy agradable escribir, eso lo sé desde hace mucho. Además, es un deleite disponer de un dispositivo dedicado a difundir lo digitado. Sin duda.
Pero es indescriptible la dicha de saber (y ver) que los lectores llegan. Y siguen.
¿Qué son cien seguidores? Es difícil definirlo, son cien personas que hicieron clic en el botón de seguir. Muchos otros habrán pasado y no lo hicieron. Pero pasaron. Vieron. Leyeron. Siguieron… ¿de largo, o leyendo? Seguir leyendo «Seguidores que suman y siguen»→
Detalle de El Descendimiento de la Cruz, de Rogier van der Weyden (1435).
Una necrológica municipal. Un lugar vacío adonde no va nadie. Pero los amigos sí que fueron.
Moro les pidió para estar primero él solo.
—Déjenlo tranquilo. —Tris sabía que Moro no quería que vieran sus lágrimas.
Entró a ese lugar, donde el cajón descubierto lo hizo estallar en llanto. Moro pegó con los puños en la pared mientras seguía gritando y llorando. Todos se pusieron muy nerviosos con ese olor a plástico quemado y pétalos mustios. No era normal.
—¡Así no! ¡Este pibe se terminó de enloquecer! —dijo Pedri, ofuscado.
—Esto no me gusta. Voy a entrar ya mismo —dijo Tris, más enojado.
Gonza apartó con sus brazos grandotes a los demás. No se podían apurar a entrar. Tris lo conocía más, sabía lo que hacía. Cuando entró, vio a Moro tirado en un rincón, tapándose la cara con las manos. Frente al cajón había una gran corona de claveles rojos; en donde habría estado la cinta con el nombre, las flores estaban chamuscadas.
De a poco fueron entrando los demás.
Cuando hay duelo, uno tiene que hacer lo que siente.
El Paisa, con toda sencillez, se acercó al cajón, se santiguó, estuvo unos instantes con la cabeza gacha, los ojos semicerrados. Hizo una reverencia cortita, volvió a santiguarse y se apartó.
Casi todos se fueron persignando, algunos sin ganas. Les preocupaba más el dolor de Moro.
Pili les dio la mano a Andy y a Jagu. Con candor pronunciaron la plegaria a Dios y a la Virgen del Pilar, por el descanso de esa alma. Después, hicieron silencio.
Nadie se inmutó con lo que había en el cajón, justo al lado del rostro de la difunta.
Un clavel del aire.
Moro sí se imaginaba quién lo podría haber traído. Alguien que no tenía ni para comprar una margarita.
¿Gabi?
¡Cobarde! Entró, miró y voló. Antes que todos. ¿Cómo supo?
No.
Mejor dejar las cosas así. No preguntes nada. No cuentes nada.
A modo de recopilación sin ánimo exhaustivo, se lista una colección de blogs uruguayos en WordPress, con énfasis en temas culturales y sociales. Para tenerlos todos juntos en un solo lugar. Seguir leyendo «Colección de blogs uruguayos»→
En Otoño un lunes, la autora Lorena Giménez nos lleva de viaje por las almas de dos personas que no encuentran su lugar en un mundo ancho y ajeno. Tal vez sea por sus orígenes familiares deslocalizados, o por sus disímiles ansias de vivir a pleno. La narradora sufre con su dificultoso amor por Dino, ese chiquilín grande que se encierra tras un infranqueable muro, pero igual la retruca en un onírico personaje literario. Seguir leyendo «Estaciones cambiadas»→
No tengo rumbo.
No tengo cara.
No tengo historia.
Nada.
Tristeza.
Soledad.
Silencio.
Vacío.
Miedo.
Inmensidad.
La bahía se mece de un lado,
el río color león se embravece del otro.
La escollera tiene ese qué se yo,
que divide aguas, separa… aleja…
aparta del inalcanzable horizonte
donde Yasí, desesperada, busca a su amado.
Ecos de la sirena nadadora entre las islas
del Río Uruguay, que el corazón añora…
Flotando aguas abajo, los camalotes bajan,
se depositan en las arenas de la taza de plata.
Un niñito que llora y gime
como charaboncito en la inmensidad desolada.
Ecos que resuenan en la Gruta del Palacio;
susurro de las hojas del ombú solitario.
Soledad que se refleja en las ondas
de algún río ancho como mar.
¿Cuánta gente usa un teclado? Celulares, tablets, portátiles, teclados convencionales… ejemplos sobran. ¿Cuántos escriben con un solo dedo o dos? ¿Cuántas consultas tendrán los reumatólogos dentro de unos años, lo pensaron? ¡Qué genial que es repartir el esfuerzo entre varios dedos! ¡Qué práctico que es poder usarlos todos, para algo los tenemos! Seguir leyendo «Digitación y dactilografía»→
La calle Joaquín Núñez, en la cuadra de Luis de la Torre a Benito Nardone, fue mi patria chica durante cuatro años. Ese viejo Punta Carretas con doñas que salían a barrer la vereda, con almacenes esquina por medio, afiladores de cuchillos, heladeros y vendedores de barquillos, estaba lleno de vida tranquila. Seguir leyendo «Punta Carretas de la infancia»→
Muchos recordamos esa frase «lo esencial es invisible a los ojos». Sí, una de las varias de El principito, del genial Antoine de Saint-Exupéry. Esa narración ilustrada por el propio autor, llena de minúsculos planetas cubiertos por mantos reales o la boa que se come un elefante. Muy inocente e infantil, y sin embargo tan cargada de críticas a lo que en aquella época se consideraba correcto o importante. Seguir leyendo «Invisible y esencial»→